Siempre había pensado que los taxistas eran como wikipedias rodantes, conocedores de lo popular y de lo secreto de las ciudades, sus historias y sus personajes. Buenos Aires, con sus más de 32.000 taxis, es una ciudad que depende en gran medida de esa inmensa red de taxis para que cada día se transporten miles de personas, un lugar ideal para comprobar la sabiduría taxista. No me acuerdo de todos los taxistas que conocí, por supuesto, aunque a todos les agradezco que me hayan llevado a mi destino sin contratiempos. Pronto me dí cuenta que la personalidad de cada taxista daba para temas diferentes, y que a cada uno de ellos había que hablarle, preguntarle, dependiendo de su estilo. Estas son las cortas historias, las casi anécdotas, de los taxistas que más recuerdo de Buenos Aires…

Gastón, el enamorado de la ciudad:
Mirando en su espejo retrovisor, Gastón me encontró secando con la manga derecha de la camisa el sudor que se había acumulado en mi frente. “¿Calor?”, preguntó mientras cerraba trabajosamente su ventana y encendía el rústico aire acondicionado del auto, un desgastado Suzuki Fun. Le respondí contándole que estaba llegando “del norte-norte, casi pegado a Canadá”, donde sólo dos o tres días antes había caído una larga nevada. “Ahh, claaaro, eso ashá es muuy frío”, afirmó con una seguridad que me hizo dudar si tal vez él hubiera llegado conmigo en el mismo vuelo. Estábamos camino al hotel y el cansancio del viaje me había alcanzado de repente, mientras miraba la pampa(¿?) verde que rodeaba el aeropuerto Ezeiza y se extendía hasta los primeros suburbios de Buenos Aires. En la autopista, antes de llegar al primer peaje, Gastón comenzó a hacerme las mismas preguntas que me harían otros taxistas durantes mi estancia en Argentina: de dónde era, cuál era mi profesión, si era mi primera vez en el país, cuántos días pensaba quedarme… Yo, por mi parte, le hice a él las preguntas típicas de un turista recién llegado: qué visitar y cuándo, qué lugares evitar y a qué horas, dónde comerme la mejor parrilla y las mejores empanadas, dónde ir para presenciar el mejor tango, qué plaza y qué parque eran sus favoritos… Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez de los diferentes barrios de Buenos Aires: Boca, Recoleta, Palermo, San Telmo, Belgrano, Puerto Madero, Microcentro, Retiro, Almagro, Mataderos, San Nicolás, Montserrat, Constitución, Balvanera, etc. Si al principio Gastón me dio la impresión de ser un tipo callado, cuando comenzó a hablar de su ciudad lo hizo con una elocuencia y un fervor que dieron el tono de toda mi estancia en Buenos Aires. Era, según él, una ciudad maravillosa, llena de historia, de cultura, de la “mejor comida del mundo”, del mate, “oh, el mate”, de Boca (fútbol), de la mujer argentina, “por fuera como la europea pero por dentro con mucha más sazón”. Sus referencias constantes al ámbito culinario me dieron una simple explicación a sus muchos kilos de más, que le daban un aspecto de bonachón de serie televisiva. Cuando le pregunté qué parte debía visitar primero, me dijo: “no te lo creas, nene, que Buenos Aires es Puerto Madero, pero tampoco lo son Recoleta ni Palermo. Caminá a Boca, che, ese el corazón porteño”. Y me señaló que cuando pasara por San Telmo, “el barrio más antiguo de la ciudad”, me fijara en las calles de piedra, en los balcones coloniales, en “la pintura que había bajo de la pintura que se estaba desconchando. Allí, debajo, está el pasado de Buenos Aires, allí empezó todo.” Un detallista, Gastón me habló con esmero del termino perfecto de la carne, “seshada pero bien roja por dentro, jugosa como una fruta”. Tuvieron que pasar un par de días para entender a qué se refería, cuando probé, tarde en la noche del martes, un exquisito bife de chorizo preparado en su punto, jugoso como una granada. En media hora llegamos a mi hotel y, aunque le dije que no hacía falta, Gastón insistió en bajarse del auto para ayudarme a cargar mi equipaje. Su cara, ahora roja y un poco hinchada, me agradeció la propina con una sonrisa, que le duró muy poco porque le estaba costando trabajo recuperar su respiración regular.
Al día siguiente, en mi primera aventura por la ciudad, me fijé en el suelo antiguo de San Telmo. El puñado de cuadras que componen el barrio son, verdaderamente, una ventana al pasado de Buenos Aires. Seguí bajando por la Calle Defensa pero cuando llegué al parque Lezama, de camino a Boca, decidí detenerme. Boca será el “corazón porteño” pero cuando comenzó a escurecer preferí escuchar al mío, que me decía que se hacía oscuro y ya era hora de regresar. Eso sí, había que darle crédito a Gastón: había pasado la prueba de wikipedia rodante.San Telmo