Mediados de mayo. Hoy, miércoles 13, cumplo 27, y perdonen el cliché, pero es que me parece que esto del cumpleaños es un tiempo propicio para una pequeña reflexión. Durante las últimas semanas me he sorprendido creyendo, como todos los años, que ver la fecha de mi cumpleaños en los avisos y sellos de expiración de leches, yogures, panes y otros perecederos es un augurio de buenas cosas venideras. No sé por qué no puedo evitar emocionarme, ligeramente, cuando me encuentro con la fecha de mi natalicio escrita en alguna parte, sea en tinta o en digital. No quiero basar ese hálito de esperanza en alguna superstición ligada a la numerología, o en la connotación, digamos, histórica de la fecha (aniversario de apariciones, atentados, aboliciones y guerras). Supongo que para mí, en el fondo, lo que hace especial esta fecha es que, justamente, es el aniversario de mi nacimiento; la oportunidad perfecta para hacerle un examen más o menos riguroso a ese trayecto que llamamos vida, con su pasado, presente y, por supuesto, su futuro. Es un ejercicio personal del que no pretendo demasiado, la verdad… Aplacar la conciencia, quizás, alimentar viejos dragones, tal vez, engrasar la eterna maquinaria de los anhelos, probablemente.
 No creo que lo importante de la reflexión sea sacar conclusiones definitivas. Uno de los errores potenciales en los que se puede caer cuando se embarca en un ejercicio de retrospectiva es desestimar el valor que tuvo el azar a la hora de trazar la secuencia de esos momentos que recordamos como “el pasado”. Y por azar quiero decir lo no planeado, lo fortuito. Pero el pasado sirve sólo como referencia, y un poco como piedra de toque para sentirse uno satisfecho o al menos agradecido con y por la vida. El presente, en cambio, es esa sensación de puntos suspensivos, el impulso inasible que promete que, pase lo que pase, todo continúa. El presente es la prueba de que no existe el fin del mundo, sólo la muerte, que es algo así como el fin del mundo para cada uno de nosotros… En el presente se destila lo que importa, eso que merece de nosotros un pensamiento o una acción, una fracción de nuestro tiempo.
 ¿Qué nos queda, entonces? El futuro, con sus avisos de curva, con toda su escarcha y luces de neón, con su promesa de aguardo, como sinónimo de expectación. Aprovecho que es hoy para esbozar lo que espero de esta nueva edad, que no he pedido pero de la que tampoco me puedo despojar. Quiero llevar mis 27 años a nuevos lugares y recorrer nuevas rutas, conocer con Mariana las playas de Cuba, ir al festival de Holi (colores) en la India, nadar en las costas de Menorca, pisar África y dominar un camello, jugar con un pulpo en las aguas de Maui en Hawaii, acampar en la costa de Washington y despegar de las piedras estrellas de mar. Quiero escribir, regalarle cosas importantes a mi ahijada y conocer a mi nuevo sobrino en Barcelona, ser y tener la mejor compañía, pasar más tardes y veladas con amigos, resolver el dilema de la espontaneidad, minar mi curiosidad, aprender una que otra cosa, recordarme de más chistes (pero saberlos contar ya es otra cosa), ver la aurora boreal, fotografiar un nido con pichones de águila calva, contar una familia de castores trabajando en una represa, leer más libros de Orhan Pamuk, de Roberto Bolaño, y de esos autores que escriben para cortarte el aliento, ir a más conciertos y shows, tenerle más cariño a los museos, cocinar comidas memorables, aprender a preparar un buen roll de sushi, acercarme más al mundo perfumado de los vinos, pescar el primer escurridizo salmón, jugar más tenis y fútbol, hablar del gimnasio sin nostalgia, ser más hábil trabajando con las manos, ganarme un premio en algún concurso o sorteo, aprender a soportar mejor el frío, ir por fin a una montaña nevada en vez de sólo verlas desde lejos, recoger más frutas en los sembradíos de Snohomish, tener más aciertos a la horas de escoger películas, ser más green y ganar más “greens”, seguir bailando casino y rueda, conocer nueva música y cruzar los dedos para que haya otra gira de Drexler, de Sabina, o de Juan Luis Guerra, visitar y que me visite la familia, no conformarme… pero sabiendo adaptarme y encontrando el balance de las cosas.
 Tristemente, la primera adaptación  que tengo que hacer con mis 27 es no esperar la llamada o las palabras de un gran amigo que hace poco dejó de estar físicamente con nosotros y que cada año, sin importar en qué parte del mundo él o yo nos encontráramos, siempre se acordaba de mi cumpleaños, mi “aniversario”, como Joaco le decía. Era una oportunidad para ponernos al tanto y contarnos nuestros planes, un poco como lo que he escrito aquí. Lo que no cambia es que aún pienso pedir dos deseos, como siempre, cuando sople las velitas. El primero nunca cambia: deseo que la torta esté buenísima. El segundo… bueno, ese ya veremos.

Birthday candles