A Yaofei Huo y Li Chen

Cae el polvo
y cubre
con su peso invisible
el primer tacto de las cosas.
Un viento amarillo y alto
entibia la ciudad
con su aire del desierto.
En China se respira
un aroma denso
de papiros secuestrados.

 

Beijing se viste
de nuevo esta noche
con zapatos de marca,
motores alocados
y un millón difuso de bicicletas
enfiladas.
En una misma calle
caben mil años
de una historia
que se alarga.

 

Esta primavera pincelada
llega de Mongolia
con retoños verdes
que suben por los muros
e invaden
los nuevos peldaños
olímpicos
hasta tocar el viejo mar
oxidado, desde Tianjin
hasta Taipei y las orillas
intranquilas de Korea.

 

Pekín se desborda
entre hutongs y edificios,
estadios y apretadas autopistas,
templos y palacios
de concubinas, placeres,
leyes y caprichos.
Una ciudad de mercados
y plazas concurridas,
con un metro que avanza
bajo una ciudad
de ruidos y silencios.
En medio de su corazón
de madera, metal, de vidrio y de concreto,
ríen los pekineses
alrededor de una mesa
de comida variada y colorida.
Afuera saltan y suenan
los fuegos,
aún sabiendo que el incendio
puede descender desde cualquier techo,
en alguna esquina cerca de Guomao,
por desgracia, por ejemplo.

 

Old man flying a kite behind the National Theater