El juego se decidió en la novena entrada: perdieron 4 a 2 los Seattle Mariners contra los Yankees de Nueva York luego de un home run de Mike Teixeira. Ninguna sorpresa. La noche ya era completa cuando el estadio Safeco comenzó a vaciarse lenta pero fluidamente. La gente avanzaba cabizbaja.
En una esquina al suroeste del estadio se reunió un grupo de gente. Por el aroma, traído por la brisa, y por el humo que se desvanecía bajo los faroles, supe de inmediato que se trataba de un puesto de perros calientes. En Seattle, la especialidad callejera es una salchicha gourmet dentro de un suave pan blanco untado de queso crema y tapizado con el dulce sabor de la cebolla frita; cualquier otra salsa o aderezo que se le añada es lujo, pero no son muchas las opciones que se ofrecen. Era allí, en esa esquina, donde la gente parecía más feliz, bromeando en voz alta y hablando de cualquier cosa, mientras el asiático y el mexicano que preparaban los perros calientes aceptaban con una sonrisa las propinas que se amontonaban dentro del envase de vidrio. Allí ya nadie recordaba la derrota de los Mariners; reinaba, en esa esquina, un aire de nocturna alegría. La comida y el calor que subía del fuego hermanaban a la gente. Para bien o para mal, la cultura estadounidense no es exclusiva, sino para el que quiera y pueda pagarla.
Viendo aquella esquina de Seattle, donde hambrientos de diversas procedencias comían con gusto sus perros calientes, recordé los puestos de comida rápida de Caracas. No porque sea una ciudad tan internacional como Seattle, sino porque allá, como aquí, el perro caliente se ha adaptado al gusto local; en el caso de Caracas, el gusto caraqueño por la variedad. Por eso me ha parecido absurda la reciente resolución de la Alcaldía Libertador de prohibir la venta de perros calientes y hamburguesas callejeras, mientras que a los vendedores de comida criolla (arepa, cachapa, etc.) sí se les renovará el permiso. Las razones que ha dado la municipalidad han sido dos, principalmente: de salud, porque al parecer el perro caliente no es tan sano como una empanada frita, y cultural, porque el perro caliente no es tan venezolano como un tequeño o un golfeado. El gobierno asume que es su deber prohibir los productos extranjeros (entiéndase “imperialistas”) que intenten desplazar la cultura local, en vez de crear un plan de educación alimenticia para que el pueblo se informe sobre qué opciones son las más adecuadas en cuanto a su nivel nutritivo. Además, el tinte político de la prohibición niega la trayectoria culinaria del perro caliente, que, aunque hoy se conozca como una comida rápida “gringa” de dudoso valor nutritivo, su nacimiento en Alemania, su perfección en Austria, su viaje a América y su adopción por parte de la nueva cultura de consumo le dan un carácter tan mestizo como el mismo pueblo venezolano. Por ahora, la suerte del asquerosito, jerga juguetona que el caraqueño usa para referirse al perro caliente callejero, parece ser la del exilio, de Las Mercedes y Plaza Venezuela a Miami, a Barcelona o a dónde sea que al venezolano le pille la nostalgia. Así que no juzguen cuando vean a alguien poniéndole a su perro caliente un poco de papitas fritas trituradas, cebolla picadita, tomate, repollo, zanahoria, guasacaca (salsa de aguacate), pimentón, queso rallado, salsa rosada, picante, o hasta perejil. Se trata, probablemente, de un venezolano comiéndose un asquerosito, y en su país se podría ganar una multa o una pedrada por su atrevimiento.


yo quiero uno!!!! bien asqueroso con todos lo hierros!
Comment by Mariana — August 19, 2009 @ 9:45 pm
Hasta donde ha llegado Venezuela!! =/ Que lastima!
Yo digo que formemos un exilio de ‘asquerositos’ aca tambien….un puestico de eso no vendria mal aca, jejeje
Comment by sailyn — August 24, 2009 @ 10:57 pm