Nos separan palabras imperfectas,

inmensas pieles secas

que el tiempo ha mudado

en el hiato de dos respiraciones

que se encuentran.

 

En una esquina de ciudad,

sobre la taza

de un café que se despierta,

se hilvanan la cordura del bonsai

con la felicidad blindada

detrás de un argumento

de sonrisa o de sospecha.

 

Es fácil pensar que todo tiembla,

porque siempre hay un vaho

equino en el vidrio

de las ventanas cerradas

de la sombremesa;

porque un atisbo de reina

prepara una jugada de jaque

en medio de la siesta

del bemol y la lenta

calefacción eléctrica.

 

En tardes como esta

descubro que hay lugares

que poco me interesan,

donde no caben

ni la circunstancia más perfecta

ni la promesa

de una vida cordial

o apenas eterna.

 

Es la hora del comercio

de  las almas artesanales

hechas a mano

para la venta.

Viene el paréntesis

del teatro, el estupor

de no haberse enterado antes

de esta tendencia

de darle al corazón

un alcafor de soledad

con gotas de decadencia.

 

Vuelve el sabor de la tiza

a la sopa grial de la costumbre;

la cenicienta certeza

de que es difícil

la operación

de suma y resta

del que se dice

que ha aprendido

y escarmienta.