El fuego de los colores

del otoño

se apaga con la lluvia,

que no merma

en esta noche de golpes atrasados

al teclado donde me ocupa

la tormenta.

Hubo brisa

la tarde del funeral

de las altas flores sin nombre,

con sus pétalos de seda

vieja besándome

el pudor y el tacto,

Iluminados por el rayo,

que se reúne

como un asalto de luz

tan afilado

y parecido a una sonrisa.

 

Se fueron las últimas aves

al encuentro de un sol

irreprochable.

El encabalgamiento de sus alas

en el cielo

habla en verso

de la extraña y nómada

proeza del tiempo

que se alarga

mientras se va repitiendo.

Es una escena que me rodea

aun cuando el atardecer

quedó horas lejos,

meciéndose en la hamaca

de unas mentiras que me plantean

el cansancio y el sueño,

como una pesada serenata

que doblega a otro enamorado

del verano, a pesar de sus defectos.