Historiando, Siempre es hoyAugust 16, 2009 8:17 am

 La luz llega con sigilo a Lake Crescent. Va arrastrándose por el verde mojado de las montañas, rasgándose con las espinas de las moras, cubriéndose del pelillo que viste a algunos arbustos, fracturándose en sombras contra el grosor de las ramas desnudas de enormes árboles que han muerto en alguna pasada tormenta y que ahora, en los alrededores del lago, descansan en la dudosa paz de la voracidad de las termitas y del molecular quehacer del agua. Estos obstáculos retrasan a la luz cada mañana, que va llegando por pedazos y angulada, pastosa, cansada, difuminada, casi tangible. Por esta demora se tardan en llegar, a su vez, los colores. La aurora se estrena con un morado sedoso, que pronto es alcanzado por un azul desmenuzado que, optimista, predice acertadamente que pronto llegarán el verde, el marrón, el ocre, el naranja y, finalmente, el amarillo, para terminar de desplazar por completo la noche más negra.

 La manera paulatina de progresar que tiene el día en este remoto lugar del condado de Clallam, en el estado de Washington, lleva a pensar que el lago Crescent tiene vida propia, que respira, que en las mañanas se despierta y en las noches le alcanza un sueño distendido, como el león que se acuesta bajo una sombra de sabana a digerir el antílope. Como nosotros, este lago de más de 8 millas de largo también puede cambiar su humor y su parecencia, bajo la que guarda, en sus más de 200 metros de profundidad, muchos secretos e historias…

 Hace años, por ejemplo, la superstición de las tribus de indios S’Klallam - en honor a quiénes se nombró el condado - llegaba a tal extremo que rehusaban cruzar el lago en canoa por temor a que los “espíritus malvados” que lo habitan se los llevaran a la hondura helada y oscura de las aguas. Se especulaba, inclusive, que el lago no tenía fondo y que el agua orillaba en el centro de la tierra, donde vivían, además de los espíritus, otras criaturas míticas recreadas de boca en boca, año tras año, por los S’Klallam y, poco a poco, por los exploradores blancos que fueron llegando a la zona durante la fiebre maderera de finales del siglo XX o desviados de la ruta del oro de California a British Columbia, en Canadá. Sin duda alguna, la más popular de esas temibles criaturas que habitaban en Lake Crescent era una enorme serpiente acuática, muy al estilo de la del Lago Ness, y de la que existen cientos de declaraciones hechas por testigos que aseguran haber visto su cuerpo escamado ondulando en la superficie de las aguas, siempre al amanecer o al atardecer, con su cabeza triangular alta y hambrienta buscando algún venado sediento o algún pescador despistado. Se dice que varios hombres blancos usaron esta leyenda para alejar a los indios del lago, pero todos, indios y blancos, se asustaron cuando en 1934 encontraron en las arenas de Henry Island, en el estrecho de Juan de Fuca, una criatura delgada, de 30 metros de largo y con una cabeza enorme que se asemejaba a las descripciones que dieron los testigos de la serpiente de Lake Crescent. Esas semanas nadie osó meterse en las hermosas aguas zafiro y esmeralda del lago, aunque luego científicos canadienses hayan confirmado que no se trataba de una serpiente sino de un tiburón peregrino, especie inofensiva que abre su gigantesca boca para alimentarse del plancton cerca de la superficie. En Lake Crescent, pocos le creyeron a los científicos canadienses.

Snake or Basking Shark? 1934 

 Otra leyenda sobre el lago habla de su inquietante profundidad. Cuando a mediados del siglo pasado se quiso saber qué tan profundo era, se introdujeron en las aguas varias pesas con equipo especializado que pretendía medir y explorar el fondo del lago. Pero no dieron con su profundidad porque, al parecer, extrañas corrientes dañaron y rompieron el equipo. Tiempo más tarde se confirmó que el algo tenía una profundidad de unos 660 pies, pero el equipo extraviado nunca apareció. Lo que sí apareció, en el verano de 1940, fue el cuerpo de Hallie Illingsworth, una mujer de la zona que había desaparecido unos años antes. Su paradero era un misterio hasta que dos pescadores encontraron su cuerpo, hundido a muchos pies de profundidad. Lo más desconcertante no fue tanto dar con el cadáver, un hallazgo suficientemente macabro de por sí, sino el hecho de que éste no se había descompuesto; sus facciones, su cabello e inclusive sus ropas estaban muy bien conservadas. Los investigadores que identificaron el cadáver extraditaron a su esposo, que se había escapado a California, para juzgarlo por asesinato. Dr. Larson, el especialista consultado durante el juicio, confirmó que el cuerpo de la mujer se había conservado debido a una composición especial de calcio y alcalinos a partir de cierta profundidad del lago que se mezcló con los ácidos lípidos del cuerpo para crear una reacción conocida como saponificación, en el que la materia se convierte en jabón. Luego del juicio se estimó que puede haber hasta 100 cadáveres de gente desaparecida convertidos en jabón y suspendidos en la profundidad de las aguas del lago Crescent. Hallie Illingsworth, desde entonces, es conocida como the lady of the lake, una leyenda contada en las noches alrededor de las fogatas en los campamentos en la Península Olímpica de Washington. Si no hubiera sido por la saponificación, subrayó el Dr. Larson, es probable que no se haya podido identificar el cadáver y su marido asesino aún seguiría prófugo. En este contexto, el lago fue el testigo que condenó al señor Illingsworth.

 Hoy en día Lake Crescent parece descansar de siglos de especulaciones y supersticiones. Cada verano cientos de personas visitan sus aguas sin siquiera pensar o imaginar la historia que este lago de colores inéditos ha presenciado y protagonizado. Y probablemente sea mejor así, aunque el lago de aguas turquesa se empeñe de vez en cuando en recordárnosla.

Amanecer en Lake Crescent 

HistoriandoApril 13, 2009 5:45 am

Siempre había pensado que los taxistas eran como wikipedias rodantes, conocedores de lo popular y de lo secreto de las ciudades, sus historias y sus personajes. Buenos Aires, con sus más de 32.000 taxis, es una ciudad que depende en gran medida de esa inmensa red de taxis para que cada día se transporten miles de personas, un lugar ideal para comprobar la sabiduría taxista. No me acuerdo de todos los taxistas que conocí, por supuesto, aunque a todos les agradezco que me hayan llevado a mi destino sin contratiempos. Pronto me dí cuenta que la personalidad de cada taxista daba para temas diferentes, y que a cada uno de ellos había que hablarle, preguntarle, dependiendo de su estilo. Estas son las cortas historias, las casi anécdotas, de los taxistas que más recuerdo de Buenos Aires…

Gastón, el enamorado de la ciudad:
Mirando en su espejo retrovisor, Gastón me encontró secando con la manga derecha de la camisa el sudor que se había acumulado en mi frente. “¿Calor?”, preguntó mientras cerraba trabajosamente su ventana y encendía el rústico aire acondicionado del auto, un desgastado Suzuki Fun. Le respondí contándole que estaba llegando “del norte-norte, casi pegado a Canadá”, donde sólo dos o tres días antes había caído una larga nevada. “Ahh, claaaro, eso ashá es muuy frío”, afirmó con una seguridad que me hizo dudar si tal vez él hubiera llegado conmigo en el mismo vuelo. Estábamos camino al hotel y el cansancio del viaje me había alcanzado de repente, mientras miraba la pampa(¿?) verde que rodeaba el aeropuerto Ezeiza y se extendía hasta los primeros suburbios de Buenos Aires. En la autopista, antes de llegar al primer peaje, Gastón comenzó a hacerme las mismas preguntas que me harían otros taxistas durantes mi estancia en Argentina: de dónde era, cuál era mi profesión, si era mi primera vez en el país, cuántos días pensaba quedarme… Yo, por mi parte, le hice a él las preguntas típicas de un turista recién llegado: qué visitar y cuándo, qué lugares evitar y a qué horas, dónde comerme la mejor parrilla y las mejores empanadas, dónde ir para presenciar el mejor tango, qué plaza y qué parque eran sus favoritos… Fue entonces cuando escuché hablar por primera vez de los diferentes barrios de Buenos Aires: Boca, Recoleta, Palermo, San Telmo, Belgrano, Puerto Madero, Microcentro, Retiro, Almagro, Mataderos, San Nicolás, Montserrat, Constitución, Balvanera, etc. Si al principio Gastón me dio la impresión de ser un tipo callado, cuando comenzó a hablar de su ciudad lo hizo con una elocuencia y un fervor que dieron el tono de toda mi estancia en Buenos Aires. Era, según él, una ciudad maravillosa, llena de historia, de cultura, de la “mejor comida del mundo”, del mate, “oh, el mate”, de Boca (fútbol), de la mujer argentina, “por fuera como la europea pero por dentro con mucha más sazón”. Sus referencias constantes al ámbito culinario me dieron una simple explicación a sus muchos kilos de más, que le daban un aspecto de bonachón de serie televisiva. Cuando le pregunté qué parte debía visitar primero, me dijo: “no te lo creas, nene, que Buenos Aires es Puerto Madero, pero tampoco lo son Recoleta ni Palermo. Caminá a Boca, che, ese el corazón porteño”. Y me señaló que cuando pasara por San Telmo, “el barrio más antiguo de la ciudad”, me fijara en las calles de piedra, en los balcones coloniales, en “la pintura que había bajo de la pintura que se estaba desconchando. Allí, debajo, está el pasado de Buenos Aires, allí empezó todo.” Un detallista, Gastón me habló con esmero del termino perfecto de la carne, “seshada pero bien roja por dentro, jugosa como una fruta”. Tuvieron que pasar un par de días para entender a qué se refería, cuando probé, tarde en la noche del martes, un exquisito bife de chorizo preparado en su punto, jugoso como una granada. En media hora llegamos a mi hotel y, aunque le dije que no hacía falta, Gastón insistió en bajarse del auto para ayudarme a cargar mi equipaje. Su cara, ahora roja y un poco hinchada, me agradeció la propina con una sonrisa, que le duró muy poco porque le estaba costando trabajo recuperar su respiración regular.
Al día siguiente, en mi primera aventura por la ciudad, me fijé en el suelo antiguo de San Telmo. El puñado de cuadras que componen el barrio son, verdaderamente, una ventana al pasado de Buenos Aires. Seguí bajando por la Calle Defensa pero cuando llegué al parque Lezama, de camino a Boca, decidí detenerme. Boca será el “corazón porteño” pero cuando comenzó a escurecer preferí escuchar al mío, que me decía que se hacía oscuro y ya era hora de regresar. Eso sí, había que darle crédito a Gastón: había pasado la prueba de wikipedia rodante.San Telmo

Historiando, Siempre es hoyApril 5, 2009 1:25 am

 Fue un viaje largo: Seattle – Los Angeles – Santiago de Chile – Buenos Aires. El trayecto desde Washington a California fue blanco, mirando desde la ventanilla la nieve que cubría de polvo y hielo las montañas, y luego sobrevolando las nubes, limpias y acolchonadas, llenando de inmensas sombras el verde díficil de Oregon y la costa espumosa de la California de los acantilados.
 El vuelo de Los Ángeles a Santiago iba casi lleno, pero ahora sólo recuerdo a otros dos de los pasajeros. Era una pareja de ingleses, o que hablaban con acento que yo interpreté como inglés, de unos treinta o treinta y cinco años (ella lucía mayor y era un poco más robusta que el muchacho). Sus ropas delataban el gusto de las personas que han salido de sus casas para no volver por muchos meses, quizás años (ella llevaba una amplia falda verde muy hippie, una camiseta blanca con estampado de flores, y un pañuelo naranja escodiéndole los cabellos mal teñidos, y él andaba con unos bermudas de blujean, posiblemente recortados por él mismo, y una desgastada camisa manga corta de lino beige, estilo safari). Ambos cargaban sendos bultos de excursión, y en algún momento me pareció que hablaban de visitar el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia, pero no estoy seguro (¡ése acento inglés…!).  Estos detalles no fueron, sin embargo, los que me hicieron que reparara en ellos de esta forma tan detenida. Fue más bien su feliz descaro al sentarse en los asientos de clase ejecutiva de la fila detrás de la mía. Cuando vino una aeromoza y les pidió que le enseñaran sus pases de abordaje, ellos, sin pedir perdón, rompieron a reírse y se limitaron a decir, en inglés, “al menos lo intentamos”. La aeromoza les dijo, en lo que inicialmente me pareció un educado toque de humor, que la próxima vez que intentaran algo parecido se aseguraran de no sentarse en “la silla del piloto”. Horas más tarde me di cuenta que no había sido un chiste sino que esos dos asientos eran, literalmente, los asientos donde los pilotos se alternaban su tiempo de descanso… Para no rebajar la altura a la que había puesto a la aeromoza del lío (cuesta mucho cambiar de parecer sobre la idea que nos hemos hecho de alguien, así se trate de una persona extraña), me dije que no importaba si no había sido una broma; ella había dicho lo del asiento del piloto de buena manera, casi sonriendo, con un trato y un tono mucho menos cargantes que el de otra aeromoza en su posición, me parece.
 No dormí durante el viaje. Vi un par de las películas de las que tenían disponibles, leí, comí, y aprendí un poco de los vinos chilenos, gracias a la amabilidad o al aburrimiento de una de las aeromozas (“Eva, de Copiapó. Mucho gusto, señor”). El avión era un 767 muy cómodo, y en estos momentos no me acuerdo de que nos haya alcanzado alguna perturbadora turbulencia.
 Aterrizamos en Santiago en la madrugada, cuando la noche estaba todavía demasiado negra para saber por dónde iban el norte, el sur, y el resto de las coordenadas (una obesión del autor). Poco a poco la luz fue llegando y entrando por las ventanas. Recuerdo pensar que, por la lentitud con la que aparecía, me pareció que la luz no viajaba tan rápidamente como aseguran los físicos, o al menos no allí, en Santiago, ese ocho de febrero. La mañana me alcanzó mirando las vitrinas de las tiendas aún cerradas del terminal: franelas, llaveros, vinos, dulces, libros y recuerdos, todos a precios que no quise convertir a dólares, un poco por cansancio y otro poco por no quitarles ese aire de misterio monetario, pistas de cómo sería la vida en Chile.
 Cuando despegó el avión rumbo a Buenos Aires advertí al fin en que, de verdad, el hemisferio sur estaba en pleno verano. La cordillera andina brillaba bajo un sol inexorable, y el calor se metía por el espacio de la ventanilla hasta calentar la hebilla de mi cinturón de seguridad, obligándome a pensarlo dos veces antes de desabrocharlo cuando el vino completó su trepidanete viaje dentro de mi cuerpo y requerí usar del mínimo baño de la aeronave.  Mientras el avión ascendía pude ver un país hermoso, de un color que hechizó como lo hizo a las benditas lenguas de Neruda, de Mistral, de Parra, de Bolaño. Me despedí de Chile prometiendo regresar y, entonces sí, salir del aeropuerto, caminar la ciudad, visitar el mar y el campo. Me dio consuelo saber que el viaje sobre Los Andes era corto y que del otro lado de aquella pared barroca de piedra afilada y nieve quedaba Argentina, la aventura de una semana en Buenos Aires.

Andes

 Luego de aterrizar en el aeropuerto Ezeiza me di cuando de que sí, estaba en Suramérica, pero una muy distinta a la Venezuela del Caribe, donde nací y me crié. Pronto iba a darme cuenta que las diferencias eran todas agradables y que Buenos Aires es una ciudad de la que uno puede llevarse sólo los mejores recuerdos, “ché”.

HistoriandoApril 23, 2008 2:38 am

 La princesa ya no lloraba. Había algo de orgullo en su resignación: que el dragón la encontrara firme – imaginaba -, con su crineja fúnebre acomodada y con el pecho y la frente en alto, a pesar de las cadenas que la sujetaban al tronco del viejo cerezo y del frío, que esa mañana manaba espeso del lago y le tocaba los pies desnudos con su neblina, la misma que escondía casi por completo el color carmelita de las aguas. Cuando oyó los primeros bramidos cerró los ojos, le habían advertido lo terrible y monstruoso que era el dragón y sabía que si le veía iba a desmoronarse. Apretó con más fuerza los párpados y esperó con el cuerpo tenso el primer soplo de fuego (ella, como todos en Silene, sabía que los dragones sólo comen sus alimentos calcinados). En ese breve instante recordó su vida, ese puñado de instantes desde la tempranísima muerte de su madre hasta el momento en que el azar la escogió a ella, hija única del buen Rey, para aplacar la violencia del dragón luego de que el cordero acostumbrado no calmara su furia, lo cual sucedía cada vez con más frecuencia. Antes de ella habían sido otros los niños que el azar colocó allí, donde ahora ella esperaba la muerte, y el recuerdo de esos otros sacrificados le dio fuerza y cierto consuelo: tendría su compañía en el inframundo. La princesa tragó de golpe la saliva que se había acumulado. La moneda debajo de su lengua le hacía salivar demasiado, pero sabía que sin aquél óbolo no podría pagarle a Caronte por el cruce del río Aqueronte hasta el Hades, en cuyas puertas la estaría esperando el Can Cerbero, con sus tres cabezas de serpiente. Pero los bramidos le eran demasiado familiares para que fueran del dragón y decidió abrir los ojos. Frente a ella, sobre un caballo blanco y magnífico, cabalgaba un soldado romano de mirada templada pero que a la princesa le pareció íntima y bondadosa. "¿Qué hace una doncella tan hermosa e indefensa así atada y abandonada?", preguntó el jinete. Ella supo al momento que se trataba de un forastero de paso y aunque se alegraba por disfrutar un poco de alguna compañía, le rogó que la dejara sola de inmediato y continuara su camino porque su vida peligraba. El hombre notó el desespero de la princesa y en vez de obedecerle y partir, le exigió que le explicara qué hacía allí amarrada y por qué habría de peligrar su vida. Ella, de nuevo vencida por el desespero, comenzó a contarle entre sollozos la triste y larga historia del dragón que había hecho su nido en el lago donde el pueblo de Silene iba a recoger agua, y que para apaciguarle había que ofrecerle corderos y hasta niños, que eran escogidos a la suerte cuando la carne animal no le complacía. Y ese día la fatalidad la había escogido a ella. Mientras le contaba al soldado que ella era una princesa y que el Rey, su padre, había ofrecido toda su fortuna a quien diera muerte al terrible dragón y salvara la vida de su única hija sin que nadie se le midiera a la hazaña, apareció de entre las aguas la bestia, silbando con su aliento encendido y mostrando sus afilados dientes. El hombre rápidamente blandió su lanza y se interpuso entre la princesa y el dragón, que volaba hacia ella batiendo sus alas de murciélago gigante. Con una señal de la cruz, el guerrero se preparó para la llegada del monstruo, y cuando lo tuvo a distancia estiro su brazo con fuerza hasta que su lanza, llamada Ascalón, alcanzó el cuello del dragón; de la herida comenzó a manar una sangre verde esmeralda por entre las escamas perforadas. El monstruo, abatido, se retorcía en el suelo. La princesa, boquiabierta, apenas pudo bajar la cabeza cuando el guerrero la desató y le dijo, para luego besarle la mano, "Jorge de Capadocia, a su entero servicio." Le pidió a la princesa su cinturón, lo ató a la cabeza del dragón y le dijo a ella, "toma y llévale, vamos al pueblo". La princesa obedeció, tirando del dragón de la misma manera que el soldado llevaba su caballo. Mientras caminaba, él le contó a ella de sus aventuras con el ejército romano pero nada le dijo de los problemas que le había traído su fe entre las filas. Al llegar a Silene, la visión del dragón espantó a todos en el pueblo, que fueron a encerrarse a sus casas implorándoles a los dioses misericordia. Jorge de Capadocia habló: "No busco el oro ni las fortunas del Rey. Pero prometo dar muerte, aquí, frente a todos ustedes, a este malvado dragón, si el Rey y el pueblo de Silene adoptan la verdadera fe y se convierten al cristianismo." Fueron más de quince mil personas las que se bautizaron en esos días en Silene… Y son muchos más los que hoy en día celebran el 23 de abril como el Día de San Jorge en el mundo entero, que coincide con el Día Mundial del Libro. En Cataluña, además, se han fusionado estas dos celebraciones con el Día de los Enamorados. Por eso es que en Barcelona cada 23 de abril, durante la Diada de Sant Jordi, se regalan libros y rosas, de las que cada espina recuerda a Ascalón, la valiente lanza de San Jorge, el mártir que abatió al dragón y salvó a la princesa de Silene y que poco tiempo después fue decapitado por ser cristiano y negarse a renunciar a su fe.

St. George

Historiando, Siempre es hoy, The Robert ReportMarch 14, 2007 8:59 pm

 Gaviota y Bay Bridge

 Si no fuera por los edificios, muchos altos y refulgentes, se diría que en San Francisco no hay oficinas, que nadie trabaja. Las calles están llenas de gente, aunque nunca hasta el punto de abarrotarse, y nadie parece tan apurado como en Tokio o en Nueva York, donde cada cambio de semáforo asemeja más bien una estampida. Quien corre por las calles y aceras de San Francisco lo hace por ejercicio (el cuidarse es, más que un pasatiempo, un modo de vida), al igual que los ciclistas, todos con su invariable Ipod entonando una música chilling electrónica. Los cafés (aún más que en Seattle, increíblemente) son bastantes, variados, y siempre frecuentados por una abundante, desenfadada y atractiva clase media. En San Francisco el reloj camina más lento, y siempre hay tiempo para dejar que un peatón cruce la calle o para detenerse a admirar una tienda o una galería. El clima viene de la receta perfecta: sol, mar, brisa y una temperatura de montaña fresca. La comida es cara, eso sí, y sólo en los buenos restaurantes se consigue un almuerzo o una cena de calidad, según mi experiencia.
 Con sus subidas y bajadas, San Francisco es una telaraña de paisajes, donde la bahía alterna con verdes lomas y con delgadas casas caprichosas, cada una con personalidad, con carácter propio. El encanto de la ciudad reside en el juego con la naturaleza, a la que tienta con su arquitectura característica pero que al final respeta y hasta promueve, inclusive cuando se trata de los grandes puentes, edificios y monumentos. En el aire puro también se respira la dejadez de la armonía. (¿Será porque la ciudad fue bautizada con el nombre del Santo de Asís, el Francisco que hablaba con los animales y las plantas?) Por supuesto, no todo es color rosa, ni siquiera en San Francisco. También la pobreza tiene un espacio en sus calles, sobre todo en las áreas del Downtown (Union Square, Commercial District, y partes de Chinatown). La mayoría de los homeless, como en otras ciudades de los Estados Unidos, son afro-americanos, aunque también están algunos blancos, veteranos de guerra, y los enfermos, con sus tristes carteles ilegibles. Ellos son el contraste más fuerte que tiene San Francisco, la ciudad que una vez fue cuna de la paz y del amor, de la rebeldía sin ropas, de una mentalidad de la que sólo quedan – por lo que percibí - unos contados esnobs.
 Ahora esta ciudad lidera un individualismo flagrante, cosmopolita, culto, educado y tolerante, aunque sin un mayor sentido de la tradición. ¿Positivo? Probablemente sí, ya que no creo que pueda salir nada mejor de esto que está tan de moda y que parece que ha traído sus maletas para quedarse: la globalización.
Sin embargo, en San Francisco existe una cierta presión por saber vivir, por vivir bien. Es una ciudad donde no hay cabida para los deprimidos, para la tristeza patológica. Es algo que ellos mismos saben, por eso es que tantos desesperados deciden suicidarse lanzándose desde el puente Golden Gate, del que se calcula que unos dos mil han saltado, por las razones que sean. Supongo que esa ha sido la suerte de muchos hippies, esa generación que pudo haber cambiado el mundo y… ¡en fin! ¿Qué queda de aquella revolución? ¿La música? De la canción de Scott McKenzie (“If you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair…”) sólo un alucinante remix hecho por Benny Benassi. Como dirían en San Francisco: que cada quien que lidie como mejor pueda y quiera con sus ganas de bailar…

Historiando, Desde la butaca, The Robert ReportMarch 7, 2007 10:43 pm

Up yours, soledad...

 No es modestia, es que genuinamente creo que, al menos en este momento, no tengo absolutamente nada nuevo que añadir que ya no se haya dicho de Gabriel García Márquez. Las anécdotas que se cuentan de él todos las conocen: cómo se devolvió a México D.F. a mitad de viaje a Acapulco porque encontró, por fin, el tono adecuado para contar sus ‘Cien años de soledad’ – contarlo con “cara de palo”, la misma cara de palo “que ponía mi abuela cuando contaba” esas historias fantásticas en la infancia en Aracataca -; cómo casi perece junto al ex dictador Torrijos, de Panamá, cuando el avión de éste, en un viaje al que García Márquez estaba invitado, se estrelló en plena selva panameña; cómo conoció, junto a Carlos Fuentes, al ex presidente Bill Clinton en su casa de Martha’s Vineyard, y éste le preguntó su opinión sobre el recién electo presidente español, Aznar, a lo cual García Márques respondió, “I don’t like him”, aunque se sabía que lo decía por la posición derechista del político ibérico; el carácter mitológico de su amistad con el dictador cubano Fidel Castro, a quien el escritor colombiano ha tildado de “gran lector”; el fin de su amistad con Mario Vargas Llosa, sobre lo cual ya he hablado en este blog. Y como estas, tantas otras anécdotas que le han ganado al Nóbel del ochenta y dos una fama compleja y, de tanto en tanto, contradictoria, como sus amistades con el ex presidente y conocido corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez y con el ex presidente socialista de Francia, Francois Mitterand, gran humanista y ferviente seguidor de las artes latinoamericanas. En fin, yo no puedo agregarle nada a esta abrumante biografía de este escritor seductor, único recipiente del Nóbel que asistió a la ceremonia de Estocolmo vistiendo un liqui-liqui, el traje formal caribeño, y no el frac acostumbrado.
 Ayer, seis de marzo, cumplió ochenta años, confirmando la entrada en el otoño de este patriarca de las letras nuestras. También este año se cumplen otros aniversarios suyos: los cuarentas años de la primera publicación de ‘Cien años de soledad’ y los veinticinco de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura. Sin duda se merece ese rosario de homenajes que le tienen preparado por todo el mundo.
 Respecto a sus libros, me quedo con estos tres, en el siguiente orden: ‘El coronel no tiene quién le escriba’, ‘El amor en los tiempos del cólera’, y ‘Cien años de soledad’. Imagino que en su lecho de muerte va a suplicar que no incluyan ‘Memorias de mis putas tristes’ en sus obras completas, porque fue un libro terrible.

 A veces me pregunto si le tengo envidia, y la respuesta es ¡por supuesto! ¿Quién no quiere una casa dentro de la ciudad amurallada de Cartagena? Pero no, no es sólo eso. Admiro la manera en que el Caribe se derrama de sus letras… Varias veces he soñado con él. Sueño que lo conozco o que estoy en su casa del D.F., repleta de rosas amarillas. Sueño que no somos amigos y que mi presencia le incomoda. Sueño que ha muerto y que me alegro. Sueño que ha muerto y que guardo luto por tres días. Sueño que me lleva a conocer el hielo. Sueño que se cae de una escalera tratando de alcanzar un mango. Sueño que a él no le gusta su ‘Cien años de soledad’. Sueño que detesta a Chávez. Sueño que he aprendido a tocar el acordeón y el violín. Sueño que compartimos juntos un último cigarrillo, sin hablar de literatura, tan sólo viendo ponerse el terrible sol de Cartagena, mientras el ocaso revela una suave bandada de insectos voladores que se acercan, unas tristísimas mariposas amarillas que vuelan todas juntas, pero que, en realidad, vuelan solas, cada una infinitamente sola.

HistoriandoJanuary 21, 2007 7:44 pm

Cacaotero

 No fui yo quien le puso ese nombre: Theobroma cacao L. Sólo quien sabe griego puede entender que theobroma significa “comida de los dioses”, un equivalente al néctar y la ambrosía que se servían en las liadas alturas del Olimpo. La palabra ‘cacao’, por su parte, viene de “cacahualt”, en náhuatl, la lengua principal de los aztecas. El mérito del naturalista sueco Carl von Linné, aparte de haber fundado las bases de la taxonomía moderna y ser uno de los padres de la ecología, fue juntar palabras del griego y del náhuatl y agregarle una ele al final, para que nadie se olvide que fue él quien le dio un credencial científico a esta planta, conocida comúnmente como ‘cacaotero’. Por cosas de abejas y flores, en este caso pequeñas flores rosadas, de la fertilización se desarrollan un manojo de frutos alargados, que nacen directamente del tronco y de las ramas más antiguas. El cacao viene a ser el nombre de este fruto y de su semilla. Esta última será fermentada - proceso que dura entre tres y siete días - y luego secada, al sol. Moliendo estas semillas, extrayendo total o parcialmente la manteca (grasa) de cacao, se obtiene un polvo al que también se le tiene por ‘cacao’. Son este polvo y la grasa de cacao los componentes básicos de – lo reconozco, no sin cierto orgullo - mi mayor adicción: el chocolate. Y depende de cómo se combinen estos ingredientes con otros como leche, azúcar y nueces, se obtienen el chocolate negro, el blanco o el de leche, y todas sus variaciones.
 Creo que nadie es inmune a la nostalgia, pero esa no es la razón por la cual prefiero el cacao venezolano. Aunque este fruto se cultiva en todos los continentes menos en el europeo, sólo el venezolano, el cacao “criollo”, nutre al chocolate con ese complejo sabor que se desnuda en la lengua, que ablanda los labios y desarma a la mente y al corazón, reviviendo los pilares de la sensualidad. La localización geográfica del país (en el oriente, occidente y sur es donde se encuentran los mayores cultivos) es ideal para que esta planta frágil y  reticente crezca. No es sólo mi humilde opinión de chocohólico empedernido; catadores especializados de todo el mundo están de acuerdo en que el cacao venezolano tiene la pureza y el equilibrio químico ideal para la confección de los chocolates más finos. Incomparable con cacaos como los de Côte d’Ivoire, Ghana, Indonesia, Nigeria, Brasil o Cambodia, los mayores exportadores del planeta, pero cuyo cacao es de sabor más bien rudo, elusivo. Estadísticamente, el cacao criollo equivale, apenas, al diez por ciento de la producción mundial. Si bien en el ámbito artesanal el venezolano ha sabido utilizar el cacao de forma provechosa, su industrialización dentro del país ha sido más bien escasa, y han debido ser los suizos, los italianos y los franceses, entre otros, los encargados de la manufactura de finos chocolates con el cacao criollo. En el juego de la oferta y la demanda, el este cacao es de elevada cotización, adecuadamente, igual que en los tiempos precolombinos en los que el chocolate azteca era una bebida elitista, exclusiva de los reyes, la nobleza, los guerreros y los mercaderes de largas distancias. Además, el cacao hacía las veces de moneda, con un importante valor adquisitivo. Con esto se aclara que, de hecho, sí una hubo una época en que el dinero crecía “en los árboles”. El cacao formaba parte del rito religioso, del cortejo sexual, de la medicina y de lo económico. Pertenecer a la cultura del cacao era, ante todo, un modo de vida.

                 De la fruta al chocolate


  Hoy en día al chocolate se le siguen adjudicando poderes mágicos, que poco a poco la ciencia ha ido confirmando. Como antioxidante y como estimulante mental, por ejemplo, su valor ya ha sido comprobado. Sus facultades afrodisíacas y su capacidad de alimentar la parte espiritual son cuestiones que todavía residen en la creencia popular, aunque nadie puede negar que, en el aspecto social, regalar un chocolate es otra manera de alfombrar un acercamiento hacia esa otra persona. Es una de las maneras más clásicas y elegantes de romper el hielo o de derretirlo, si ya está roto. Y hablando de estados físicos: uno de los mayores atributos del chocolate es que, en general, la temperatura mínima que necesita para derretirse es, justamente, sólo un par de grados menos que la temperatura promedio humana, que es 98.6° F.
 La reacción neurológica que desata el consumo del chocolate es, como todo lo que concierne al cerebro, muy compleja. Naturalmente, el cacao contiene sustancias sumamente adictivas, como lo son la teobromina – alcaloide estimulante, parecido a la cafeína, y en gran parte culpable del efecto placentero que trae el chocolate -, la anandamida – un cannabinoide endógeno, un mensajero intercelular-, el triptofan – un diligente aminoácido crucial en la neurotransición -, la cafeína – que no necesita carta de presentación -, y la feniletilamina – conocida en el medio como “el químico del amor” -. La manera en que el sistema nervioso transmite que tengo un exquisito trozo de chocolate derritiéndose en mi boca hace que mi cerebro secrete serotonina, un neurotransmisor relacionado con los estados de placer, felicidad, sensualidad y control del apetito. (Bajos niveles de serotonina se asocian con ciertos desórdenes como la depresión y la migraña). Del mismo modo, comer chocolate activa la emisión de dopamina en las áreas del cerebro que controlan los sistemas de refuerzo. Esto hace del chocolate un magnífico estimulante, aunque, sutilmente adictivo. Pero siempre un fiel compañero de los corazones enamorados, además de ser la terapia más barata contra de la depresión casera y el regulador natural de los altibajos del entusiasmo. En mi caso, opino que un buen chocolate es el que te cuenta historias, el que te dispara la imaginación, de forma legal. Otro aspecto curioso del consumo de chocolate es el sentimiento de culpa que ataca a ciertas personas que, obesesionadas con cuestiones de dietas, encuentran que comerlo, con toda esa azúcar añadida, equivale a un pecado de primera categoría, lo que, por cuestiones de la personalidad humana, lo convierte en algo mucho más atractivo.

 A mí me gusta que vengan divididos en cuadros, aunque se presta a la confusión de que, por venir subdivididos de antemano, sea preciso repartirlos. Insisto en que el chocolate sigue siendo elitista y exclusivo, porque sólo debe ser compartido con quienes gozan de un alto ranking en la tabla de la estima personal. Un chocolate, ante todo, no se presta para juegos de hipocresías. Tanto tiene de tradición y de leyenda este alimento de los dioses, que comerlo es, sobre todo, rendirle a la Historia un homenaje. Soy emperador, soy guerrero, soy conquistador y soy conquistado, soy ladrón y comerciante, soy rey y soy rebelde, soy otro enamorado. Soy tradición y soy liberal. Soy un chocohólico del siglo XXI.

Historiando, Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoy, The Robert ReportJanuary 13, 2007 12:38 am

 Un clavo saca otro

 La amistad. Se le compara con el trabajo del labrador: sembrar, regar y abonar, cosechar y disfrutar del resultado, luego de un arduo y gratificante trabajo. Asemeja mucho a la metáfora nerudiana, sin duda, pero no explica el complejo proceso de cómo un ser humano llega a confiar en otro y establecer una amistad, un cariño sincero que va desde el apoyo hasta la crítica constructiva, pasando por los altibajos de las personalidades de cada cual. Ahora los periódicos aseguran que pronto dos grandes escritores que hace treinta años eran los mejores amigos se encuentran en la víspera de la reconciliación. ¿Será cierto? Los unió, primero que nada, la pasión por la literatura, y luego los lazos se fueron estrechando hasta el punto de que uno llegó a ser el padrino del hijo del otro. Asimismo, la tesis del doctorado de éste trataba sobre un conocido libro del primero, que se dedicó a estudiar con furioso empeño, y que resultó en ‘García Márquez: historia de un deicidio’. Sus esposas eran comadres y los hijos de ambos, inevitablemente, crecieron siendo amigos. Era una amistad arrolladora y total. ¿Cómo fue, entonces, que pudo romperse de una manera tan tajante y por tanto tiempo? Se dice que sólo la gente que queremos tiene el poder de lastimarnos, y está aquí, en estas palabras de calendario rosa, la clave. ¿La fecha? Un día del febrero mexicano del año 1976, en el D. F., después de la proyección del filme ‘Los supervivientes de Los Andes’ en la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica. Sobre el episodio se escribió en Impacto literario, de fecha 15 de marzo de 1976, en Lima, Perú, una versión del conflicto: “Terminada la proyección, el autor de ‘Cien años de soledad’ se acercó al peruano con la aparente intención de abrazarlo. Para su sorpresa (y la de todos) fue recibido con un tremendo golpe de puño que lo derribó con la cara totalmente bañada en sangre. ¿Qué había ocurrido? Las palabras con que Vargas Llosa rubricó su puñetazo, no contribuyeron a aclarar las cosas: ‘¿Cómo te atreves a querer abrazarme –dijo— después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona?’. Patricia es la esposa de Vargas Llosa, pero… ¿Qué podría haberle hecho García Márquez para provocar reacción tan violenta?”. Esta versión nunca ha sido confirmada por ninguno de los dos escritores; pero fue así, con un golpe y un escándalo, que mermó una de las amistades más legendarias de las letras latinoamericanas. Lo único cierto es que se trató de un problema del tipo personal, en el que las diferencias políticas sólo sirvieron para terminar de quebrar lo fracturado. Hasta esta semana…
 Un empleado de la Real Academia Española, que decidió permanecer en el anonimato, confirmó que el próximo marzo se va a publicar una edición conmemorativa durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena de Indias por los cuarenta años de ‘Cien años de soledad’, que, además, coincide con el octogenario cumpleaños del colombiano, así como con el veinticinco aniversario de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura, en 1982. Pero el empleado fue más lejos y confirmó que “ambos están de acuerdo”, cuando se le preguntó si los rumores sobre Vargas Llosa prologando dicha edición conmemorativa son ciertos. Ello constituiría un primer y firme acercamiento amistoso por parte de estos compañeros del “Boom latinoamericano”, como se conocen esas décadas de los sesenta y setenta en que nuestra literatura llegó a todos los rincones del planeta.

 El desenlace sería que, de nuevo, la esperanza saldría victoriosa. No lo digo sólo porque triunfaría el valor incalculable de la amistad, sino la reconciliación de las dos corrientes ideológicas que llevan tanto tiempo confrontándose en nuestros países cansados: la izquierda, ahora en pleno auge, y el centro y la derecha, ahora confinados a un par de países. Sin embargo, las posibilidades de una reconciliación plena son muy estrechas. Por ejemplo, el mismo García Márquez ha llegado a decir que no sabe cuándo publicará el segundo tomo de su autobiografía porque no se quiere enfrentar con episodios donde debe hablar de asuntos sumamente “personales”. Y en una entrevista concedida por el Premio Nóbel el año pasado a un diario catalán, el periodista le pregunta sobre la posibilidad de restaurar la amistad. La esposa del escritor, Mercedes, que está presente durante la conversación, “se adelanta en la respuesta: «Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años». «¿Tantos?», pregunta el escritor sorprendido. «Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada», apostilla Mercedes.” Me atrevo, entonces, y ya para concluir, a regalarles una de las citas más conocidas de Vargas Llosa: “sólo un idiota es completamente feliz”.

Historiando, Peliculeando, The Robert ReportJanuary 3, 2007 11:28 pm

 Todo vuelve, sin duda, para bien o para mal. Lo hizo Almodóvar con ‘Volver’, otra rebuscada maraña que abarca tres generaciones de mujeres de la misma familia, pero tan bien expuesta – en parte gracias a las magníficas actuaciones de la Cruz y de la Saura, y de todo el elenco - que reduce el estirado argumento hasta convertirlo en una hermosa y cómica historia de la relación humana. La voz de Estrella Morente resucita aquel tango de Gardel y nos lo devuelve agitanado, con una nueva fuerza. Me quedo con este par de escenas, entre otras: Raimunda filmada desde arriba mientras lava la vajilla y la madre emocionada escuchando desde el coche a su hija, mientras ésta canta una canción que no entonaba desde su primera adolescencia.

 

 Ha vuelto también ETA, ahora con una bomba que destruyó un estacionamiento de cuatro pisos en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. La razón: el grupo separatista se ha cansado de esta mal llamada tregua, ya que el gobierno de Zapatero no había otorgado ninguna concesión luego de más de nueves meses de un escéptico alto al fuego. A propósito, estas palabras del filósofo Fernando Savater publicadas en El País: “Es lógico que ETA intente cobrar el subsidio de paro en forma de premio político por una "tregua" más o menos imaginaria, pero el Estado democrático ni puede ni debe ceder ante esta exigencia de los terroristas desempleados: no les queda otro camino, antes o después, que deponer definitivamente las armas y confiar en la generosidad penal de quienes demasiado tiempo les han sufrido. Aunque aún esté en su mano darnos algún sobresalto a título póstumo, su ciclo criminal ha concluido…, si no se les reanima con alguna torpeza”. Según él, a pesar de esta última atrocidad por parte de ETA, el futuro nos depara con un desarmamiento definitivo, tal vez más tarde que temprano, para el pesar de ese pueblo fracturado que llamamos español.

 

 La muerte también ha regresado, esta vez para llevarse a dos personajes totalmente distintos, aunque, de alguna manera, desempeñaron labores fundamentalmente similares. Se trata del ajusticiado dictador Saddam Hussein y del ex presidente norteamericano Gerald Ford, quien falleció a los 93 años en su rancho de California. Husseim, aunque muerto, sigue generando polémicas, ya que hoy se ha arrestado al militar iraquí que grabó con su teléfono celular el video de la ejecución en la horca del difamado ex dictador. Ford, al contrario, ha conseguido unificar, al menos por un par de días, al pueblo norteamericano, devolviéndole la esperanza al recordarle que sí existen presidentes preocupados más allá de su ego, mucho más allá del beneficio personal. Ford, el único presidente de los Estado Unidos de A. que no fue elegido por medio del voto, sacrificó su reelección al perdonar incondicionalmente a Richard Nixon, quien debió renunciar al ejecutivo luego del escándalo de Watergate. Este perdón fue, ante todo, una manera de calmar los ánimos de un pueblo enardecido, lo que le costó a Ford ser el blanco de dos atentados contra su vida en un período de tres semanas. Sensato o no, al menos no se puede negar que fue un hombre valiente.

 

Y, por último, vuelve a empezar otro año. Que el 2007 le traiga al mundo sentido común. Leyendo las noticias, creo que es mucho pedir.

HistoriandoDecember 16, 2006 12:45 am

A Tina, a la diana de una noche “grobaniana”

 Saquen la cuenta, existen sólo tres canciones de alcance universal (sin contar ‘Hips don’t lie’ de Shakira). La primera es la canción del cumpleaños, ‘Happy birthday to you’ – ‘Feliz cumplaños a ti’, en castellano -compuesta en Kentucky por las hermanas – ambas profesoras – Patty y Mildred Hill en el año 1893, y que está bajo protección de copyright hasta el año 2030. Por esta razón es que las cadenas de restaurantes tienen sus propias y patéticas versiones de canción de cumpleaños, ya que de cantar la original podrían ser demandados.
 La segunda es “An die Fraude” –  ‘An ode to joy’, en inglés, o ‘Himno de la alegría’, versión en castellano con letra de Miguel Ríos - cuya música es el quinto movimiento de la Novena sinfonía del compositor alemán Ludwig von Beethoven (1770 – 1827), ya sordo cuando la compuso. Fue estrenada el siete de mayo de 1824, y cabe destacar que fue la única sinfonía de este maestro que tuvo más de cuatro movimientos, además de ser el único movimiento coral en todas sus sinfonías. La letra original en alemán viene de un poema de Friedrich Schiller (1759 – 1805), poeta, filósofo, historiador y dramaturgo alemán, de gran relevancia en su contexto histórico. La Unión Europa adoptó esta canción como símbolo musical común, es decir, como el “himno europeo”.
 Y de tercera, aunque el orden de esta numeración ha sido por meras razones estratégicas, tenemos al villancico universal, traducido a más de trescientos idiomas, ‘Stille nacht’ – ‘Noche de paz’, en castellano, y ‘Silent night’, en inglés -. Su letra original, en alemán, es un poema escrito por el Padre austriaco Joseph Mohr, en 1816. Poco después fue transferido como párroco de la iglesia católica de San Nicolás, en una pequeña ciudad llamada Oberndorf. Dos años más tarde, en diciembre de 1818, le pidió a su amigo Franz Gruber, profesor en el pueblo cercano de Arnsdorf, que compusiera la música en guitarra para su poema, para cantarlo en la misa de medianoche del próximo veinticuatro, en la víspera de Navidad. Esa noche ambos cantaron la canción, acompañados por la guitarra de Gruber y de un modesto coro, sin saber que se iba a convertir en el aguinaldo más conocido en todo el mundo. Se especula que el órgano de la iglesia no estaba funcionando y que por eso debieron usar una guitarra, pero esto nunca ha sido confirmado. La pregunta relevante es, ¿cómo fue que esta modesta pero poderosa composición salió del ámbito de Oberndorf para llegar a todos los rincones del planeta? El difundirla quedó en manos de Karl Mauracher, un artesano constructor y reparador de órganos, que visitó varias veces San Nicolás para hacerle mantenimiento al instrumento de la iglesia. En una ocasión obtuvo una copia de la composición, que ya se había convertido en el villancico oficial del pueblo, y en algún momento la entregó a un grupo de artistas itinerantes, que la incluyeron en su repertorio. Fue así que ‘Noche de paz’ se cantó en varias ciudades austriacas y alemanas hasta que llegó a Leipzig, en diciembre de 1832. Y de allí pronto saltó a Berlín, y poco después a América, en 1838. Durante estos años gitanos, algunas notas de la melodía cambiaron con respecto a la composición original de Gruber, hasta quedar como se le conoce hoy en día. Cuando la canción llegó a ser famosa por todos los rincones de Europa, el Padre Mohr ya había muerto (en 1848), y Grober intentaba en vano que las autoridades musicales en Berlín le acreditaran por haber compuesto ‘Noche de paz’, que, por el contrario, se creía era una composición perdida de grandes maestros como Mozart o Beethoven. La controversia fue resuelta hace unos pocos años, cuando apareció un manuscrito de Joseph Mohr fechado en 1820 que verificó la versión de Grober.
 No existe la receta infalible para empezar nuevas tradiciones, pero hay algo que todas tienen en común: nacen muchas veces de lo genuino y van trepando los días y los años, con paciencia pero a paso seguro, hasta irse ganando el corazón de la gente. Muchos damos estas tradiciones por sentado, como si hubieran sido creadas con el mundo, sin ponernos a meditar sobre sus orígenes. El mérito de ‘Noche de paz’ es haberse globalizado en una época en que la globalización era una quimera, una fantasía muchas veces en contra del reinante nacionalismo que por entonces asfixiaba a muchas naciones. Un villancico supo abrirse paso, y ahora no hay Navidad completa sin ‘Noche de paz’. No existe una mejor manera de invocar la paz y el amor, los recuerdos de esa infancia blanca, roja y verde, las lágrimas que sólo esa melodía puede exigirnos cuando le atina directo al corazón.

* villancico

Noche de paz (Stille Nacht)

Noche de paz, noche de amor,
todo duerme en derredor.
entre sus astros que esparcen su luz
bella anunciando al niñito Jesús.
Brilla la estrella de paz,
brilla la estrella de paz.

Noche de paz, noche de amor,
todo duerme en derredor.
Sólo velan en la oscuridad
los pastores que en el campo están 
y la estrella de Belén, 
y la estrella de Belén.

Noche de paz, noche de amor,
todo duerme en derredor.
Sobre el santo niño Jesús
una estrella esparce su luz,
brilla sobre el Rey,
brilla sobre el Rey.

Noche de paz, noche de amor,
todo duerme en derredor.
Fieles velando allí en Belén
los pastores, la madre también, 
y la estrella de paz, 
y la estrella de paz.

Historiando, Desde la butaca, Politik, The Robert ReportDecember 8, 2006 9:10 pm

Pamuk, Nobel del 2006 entre libros Probablemente nunca habías escuchado o leído su nombre hasta el pasado mes de octubre, si acaso. Sin embargo, el nombre de este prestigioso y recién galardonado escritor, Orhan Pamuk (Estambul, 1952), autor de Nieve y La maleta de mi padre, entre otros, llegó a los periódicos mucho antes, hace más de un año, cuando unas declaraciones suyas sobre el genocidio armenio y la matanza de otros miles de kurdos fueron publicadas en un medio suizo, en 2004. Meses luego fue detenido y enjuiciado en su natal Turquía por disidente, por haber denunciado a voz suelta un tema que él acusa de “tabú”, de sesgado. Los cargos: traición y “denigrar públicamente la condición turca”, en palabras del fiscal del distrito de Sisli, en Estambul. Fue absuelto,  pero su absolución fue motivada por una fuerte presión por parte de una élite cultural mundial y por parte de la Unión Europea, que por entonces – y aún ahora – se encontraba en pleno debate sobre si aceptar o no a Turquía dentro de la Unión. Recuerdo haber leído una carta escrita por Mario Vargas Llosa para la ocasión, que hablaba de la libertad y de los derechos humanos, y que contó con el apoyo de otros escritores de gran influencia, como Carlos Fuentes, José Saramago, Günter Grass, García Márquez, Juan Goytisolo, Humberto Eco, y John Updike.
Con el paso de los meses, el hervidero se calmó. Turquía parecía haberse mordido la lengua y Pamuk seguía recluido en su casa, escribiendo. Y así hasta el pasado doce the octubre, cuando su nombré pobló de nuevo las noticias, ahora con la imprevista noticia de haber ganado el Premio Nóbel de literatura del 2006. Casi de inmediato comenzaron de nuevo las acusaciones: que la concesión del premio fue por razones políticas, que su intromisión en el asunto armenio fue por conveniencia y oportunismo, que sus méritos literarios son cuestionables… Pamuk, por su parte, dijo que al conocer la noticia se sintió “como la víctima de un accidente; herido pero sin capacidad de sentir nada”, y no podía “sentirse feliz” porque demasiados colegas y detractores envidiaban su galardón. Decidió entonces partir de Turquía y permanecer en los Estados Unidos hasta cercana la víspera de su viaje a Suecia para recibir el premio. Su regresó a Estambul coincidió con la visita del Papa Benedicto XVI, que bastante polvo había levantado, así como con otros escándalos que sacudían la política interna del país. En fin, si en octubre la sociedad turca había reaccionado al Nóbel de Pamuk con ambigüedad, al regresar en diciembre el ambiente era más bien apático, desinteresado. Y eso, tal vez, era justamente lo que el escritor – conocido por sus largos períodos de encerramiento y reflexión – había buscado al ausentarse del país.
Ayer, siete de diciembre, Pamuk estaba en Estocolmo recibiendo el galardón. Su discurso se distanció de lo político, enfocándose más en lo literario y defendiendo con encendidos argumentos la importancia de la literatura para la humanidad, “en su intento por entenderse a sí misma”. Sus pareceres sobre la literatura  y su futuro fueron siempre optimistas, contrastando con la opinión de tantos otros escritores que han vaticinado el fin del libro y la literatura tal y como los conocemos. Para Pamuk, un escritor es alguien que tiene fe en la humanidad, así sea de manera inconsciente, ya que al escribir, al ir descubriendo a ese otro ser interno, propone que todos los seres humanos nos parecemos y, por ende, nos comprendemos, porque sufrimos y anhelamos de similar maneras. También habló, y mucho, de su padre, un escritor frustrado que le mostró ese otro rostro - el de la ingratitud - en el  oficio de escribir, y le acercó a la literatura europea, la de escritores occidentales que influenciaron la obra del turco, como Montaigne, Proust, y Dostoevsky. Volvió a hacer referencia de su progenitor al recordar el día en que, orgulloso, le había dado a leer su primera novela, Cedved y sus hijos, y le había prometido ganar un día el Nóbel. Con esta dulce anécdota, y lamentando que su padre no estuviera allí, entre el público – falleció en el 2002 -, cerraba Pamuk su intervención, y cerraba el Premio Nóbel otro capítulo más en su historial de premios a escritores polémicos. Nadie es perfecto, diría alguno, ni siquiera los turcos.

HistoriandoAugust 16, 2006 6:19 pm

Antigua postal de Vizcaya

 Miami, al parecer, sí tiene historia. Ésta empieza, en su etapa moderna, como la de tantas otras geografías de las Américas, con la llegada, o, mejor dicho, con la expectativa de la llegada del tren. Julia Tuttle, una residente del sur de la Florida, convenció al magnate Henry Flagler – no se sabe con certeza con qué argumentos – a que extendiera la ruta del ferrocarril que ya estaba construyendo más al norte del estado. Así fue que Miami se abrió al mundo, y así fueron adquiriendo forma y fama los pequeños pueblos que la circundaban, como Miami Springs, Cutler y Coral Gables. La esperanza del comercio y la expectativa del transporte dieron paso a un auge de inversiones en bienes y raíces, con proyectos arquitectónicos tan disímiles como los de Art Deco en Miami Beach en la década de los 1920’s o los de inspiración Mediterránea de la década anterior, como en Coral Gables. Fueron años de lujos, excesos, cultura y extravagancia. Dos de sus mayores protagonistas fueron los hermanos Deering, James y Charles. Con su fortuna, amasada en la exitosa fabricación de maquinaria para la agricultura, crearon dos de los legados arquitectónicos más emblemáticos y contrastantes de la zona: Vizcaya (1916 – 1925), de inspiración Veneciana, financiada a su exigente antojo por el bachelor James; y Deering State at Cutler (1916 – 1922), donde se tocan en un vértice dos edificios completamente distintos: la casa de piedra gruesa, que sigue el rudimentario modelo de villa toscana, – sin cocina y a prueba de incendios – donde Charles, severo hombre de familia y varios años menor que su medio-hermano James, guardaba su prestigiosísima colección de arte, y una casa de madera mucho más modesta, que ya estaba en pie cuando Charles adquirió la propiedad, y que se trataba del único hotel – el Richmond Cottage - entre Miami y los Cayos, por lo que llegó a gozar de cierto renombre. La distinción entre los gustos de los hermanos Deering hacen que Vizcaya, más relacionada con los carnavales temáticos del renacimiento que se celebran allí cada año, contraste fuertemente con la paz, el paisaje amable, y el legado arqueológico que guarda Deering State. Ambas mansiones reflejan no sólo las personalidades de dos hermanos cultos y adinerados, sino que revelan dos matices distintos de una época desbordante de Miami, cuando los delfines y los manatíes eran cosa de todos los días y los huracanes un castigo divino.

Vieja postal del Deering State

HistoriandoMay 22, 2006 12:17 am

Ro en Paseig de Gracia 

Barcelona es una ciudad amable, si se quiere, una ciudad donde se toma en cuenta la vida de ciudadano en todas sus facetas: el peatón, el conductor, el ciclista, el anciano, el minusválido y hasta el turista. Caminarla es inevitable, porque es una ciudad influyente que sabe dialogar con quien la pisa, habita y visita.

 Me parece que es esta la primera foto mía que publico en Entre el lenguaje y la anécdota. Me encuentro en una pequeña fuente, de bronce ya verde, a una cuadra de Diagonal y Paseo de Gracia. Por el sombrero de paja, por la ranita verde que el niño sujeta en sus manos, porque el agua es siempre agua y el agua de esa fuente me recuerda al Mississippi, me gusta creer que me encuentro al lado de Huckleberry Finn o de Tom Sawyer. No hay placa que me respalde o contradiga, y eso, en una patria y en una ciudad que ya no siento extranjeras, ya es bastante.

 Nota especial: Han sido muchas cosas. El matrimonio de mi hermana, por ejemplo, mi cumpleaños el pasado trece de mayo, la victoria del F.C. Barcelona en la final de la Champions League en París… y, además, el seguir conociendo, el seguir adentrándome en esta ciudad tan provocativa que es Barcelona. Prometo más fotos, así como alguna que otra anécdota o acercamiento. Gracias.

HistoriandoMay 4, 2006 2:13 pm

Kafka? Kafka dijo alguna vez - es decir, escribió - que es imposible poder recordarlo todo. Por supuesto, no parece de ningún modo un gran descubrimiento, ya que no conozco a la primera persona que me diga cómo eran las manos del doctor que atendió su nacimiento, por ejemplo, o qué color y qué forma tenía la primera flor que dibujó. Entiendo que es siempre fácil usar la infancia como ejemplo del olvido, pero olvidar es que algo que hacemos constantemente y – es obvio – sin darnos cuenta. Viniendo de la pluma de este Franz escritor - específicamente de sus ‘Cuadernos en octavo’, como el misterio editorial ha decidido titular esos pasajes introspectivos - la frase cobra un tono de suma observación, de rompimiento crucial de la misma monotonía que, justamente, implica el ir olvidando cada vez más instantes de la vida. He querido entender que no lo exclama, que no se trata de un reclamo. Todo lo contrario. En sus palabras se encuentran la lentitud del tiempo y la vergüenza – producto de la terrible humildad - de haber sido parte de él sin llegar a afectarlo, como sí ocurre con las dimensiones donde podemos exhibir nuestra tendencia por la pasión.  
            Sin embargo Kafka – como ya perpetué líneas antes - era un escritor, alguien que pescaba palabras para salvarlas del caudal del tiempo. Y sólo lo que está fuera del alcance del tiempo puede despreocuparse de la diligencia del olvido y de la tímida victoria que significa el recordar. Visto de este modo, arribamos al cul de sac de toda paradoja, donde dar marcha atrás no es necesariamente lo sensato, pero tampoco es actuar con cobardía. La paradoja es la siguiente: es una quimera tratar de justificar el olvido a través de la escritura, siendo ésta – como cualquier otra manifestación artística - una entidad incompatible con la facultad de olvidar por ser impermeable al tiempo. Aceptar esto sería conformarse de la misma manera que nos conformamos al idolatrar imágenes, como videos y fotografías, cuyo único valor es su capacidad invocadora, y nada más. Entiendo que al escribir esto caen mis palabras – también - en esta lúdica envoltura que es la palabra escrita, pero la historia ha sabido mostrar que al tiempo se le ha de combatir nunca desde adentro. Es importante entender que la moda es esclava del tiempo y no al revés.

            Espero que no me malinterpreten. He querido decir con esto que olvidar lleva consigo innumerables beneficios. Por ejemplo, qué catástrofe sería que recordáramos todos los días nuestra microscópica mortalidad y que todo lo que pensamos de nosotros mismos no es mucho más que la suma y la resta de lo que nuestras acciones reflejan en la sociedad. Pero, ¿qué dijo Kafka exactamente? Escribió: “5 de febrero. Mañana buena, imposible recordar todo”. No puedo pensar en una mejor manera de describir el olvido. (En la literatura, buena y bueno son los adjetivos preferidos en el menú de ese buitre que gira y gira – en espiral – sobre ésta y sobre tu muñeca).

HistoriandoApril 20, 2006 4:12 am

Picasso - The Restaurant: turkey with truffles and wine

                          (Picasso - The Restaurant: turkey with truffles and wine)

Hay muchas razones para dejarse seducir por la cultura del vino. Están su historia milenaria, su aire de tradición, su capacidad alquímica de transformarse en sangre… de Cristo. A través de mis ojos, el vino siempre ha gozado de una cierta aura burguesa, en el sentido más hollywoodense y excéntrico de la palabra. Es una bebida sagrada y condenada a la vez, que se encuentra en las alturas del Olimpo, en los vericuetos de Las mil y una noches, en los días victorianos de Wilde, en las plazas ensangrentadas de la Francia convulsa, en las revoluciones menos acomplejadas, en el Barroco, en el Romance, en el Rococó y en los altares del nihilismo. El vino es poesía, salud y enfermedad, beso y cachetada, situaciones que no pueden darse el lujo de deshermanarse.

 

Aunque su misterio me intimidó por tantos años, en las últimas semanas entendí que sólo estudiando el mundo del vino podría alguna vez mirarlo sin exagerada reverencia. Después de todo, sólo se trata de uvas aplastadas… ¿no? Sí, pero las cosas se complican cuando existen cientos de tipos de uvas y maneras de preparación. Por eso he decidido condensar mi experiencia investigativa – que, no se crean, no sobrepasa el nivel de amateur - para al menos establecer los aspectos generales del vino, sus modales, su cuerpo y su color.

 

Empecemos con un diccionario de términos sobre la uva, el vino, su cuidado y producción.

 
Acidez. Conjunto de los ácidos orgánicos que se encuentran en el mosto o en el vino. Puede ser fija (depende de la uva) o volátil (depende la fermentación). Su valor es un índice de la degradación del vino.
Añada. Año en que ha tenido lugar la vendimia a partir de la cual se ha elaborado el vino. Es lo mismo que cosecha o vendimia.
Barrica. Recipiente de madera de roble que se emplea para la crianza del vino. A barrica: olor particular conferido al vino por el recipiente de madera en el que ha tenido lugar su crianza.
Carácter. Personalidad o singularidad de un vino. Con carácter: se aplica a los vinos que ejercen una viva y grata impresión.
Cata. Acción de valorar el vino por medio de los sentidos, de forma técnica, analítica y objetiva. No debe confundirse con la degustación, en la que intervienen elementos más subjetivos.
Crianza. Proceso controlado de envejecimiento y maduración de un vino mediante el cual desarrolla caracteres especiales. Se suele aplicar de forma genérica a todos los vinos sometidos a envejecimiento. Vino de crianza: vino de calidad sometido a envejecimiento en madera y botella al menos durante dos años naturales.
Cuerpo. Sensación de consistencia del vino en la boca. Extracto seco del vino. Es una cualidad apreciada en los grandes vinos.
Decantación. Operación de trasiego de un vino viejo de botella a otro recipiente con el fin de eliminar depósitos sólidos alojados en el fondo. Se realiza tan sólo con vinos muy viejos. También sirve para airear ciertos vinos que necesitan abrirse y expresar todas sus cualidades y aromas.
Enólogo. Persona licenciada en Enología que se dedica a la elaboración del vino.
Gran reserva. Expresión que define ciertos períodos mínimos de crianza en los vinos.
Hollejo. Piel delgada que cubre algunas frutas, como la uva.
Joven. Vino nuevo del año sin crianza.
Macerar. Ablandar algo estrujándolo o golpeándolo. Mantener sumergida una sustancia sólida en un líquido a temperatura ambiente, con el fin de ablandarla o extraer de ella partes solubles, condimentar o agregar sabores.
Mosto. Zumo exprimido de la uva, antes de fermentar y hacerse vino.

Nervio. Término que se aplica a un vino rico en componentes ácidos, materias minerales y taninos. Vino con carácter.
Polifenoles. Sustancias químicas orgánicas naturales en el vino de gran importancia pues de ellas depende el color, la suavidad y otros aspectos del vino.
Reserva. Vino sometido a un período concreto de crianza en madera y botella.
Sumiller. Experto en vinos que lleva las bodegas de los restaurantes y confecciona la carta de vinos, puros y destilados. Realiza la cata de los vinos y aconseja a los clientes.

Vino. Bebida obtenida de la uva mediante fermentación alcohólica            de su mosto o zumo. La fermentación se produce por la acción de levaduras, que transforman los azúcares del fruto en alcohol y anhídrido carbónico.

 

Hasta hace poco, escoger un vino no pasaba de la pregunta “¿carne o pescado?” Si se trataba de carne, no se pensaba más y se tomaba un tinto seco. Si la respuesta era pescado, se bebía un vino blanco, que no fuera demasiado dulce o ácido. Si se trata de una persona que nunca se ha sentido seducida por la experiencia de escoger un buen vino – pues no se puede afirmar que existe un vino correcto -, actuar de esta manera es proceder con la prudencia que le amerita. Como generalización, esta escogencia no es totalmente equivocada, pero no se están tomando en cuenta la variedad de la uva - de gran influencia e importancia en cuanto a la calidad y el sabor del vino -y la forma en que se ha cocinado el plato.

 

Antes de entrar con más detalles en los tipos de uvas más conocidos, es importante diferenciar cómo se producen los vinos tinto, blanco y rosado.

 

Vinos tintos. Son producidos en su mayoría con uvas oscuras, pues el color está en el hollejo. La fermentación se realiza con éste junto con el mosto, y sólo después de que se complete – luego de unos veinte días – se procede al sangrado. El vino tinto se pyede envejecer, y dependiendo del tiempo que pase en tonel, barrica y botella, se puede clasificar en:

            - Joven: Entre cero y seis meses en barrica de madre

            - Crianza: Dos años, de los cuales al menos seis en madera.

            - Reserva: Tres años de vejez, de los cuales al menos uno en madera.

            - Gran Reserva: Cinco años, con un mínimo de dos en madera.

En caso de no especificarlo, se asume que el vibo es joven.

 

Vinos blancos. Se pueden producir con uvas blancas o tintas, separando el mosto del hollejo inmediatamente en el segundo caso para que no tome color. La fermentación se realiza con mosto, cuidando de separar las semillas, pieles, y cualquier otro sólido. Aunque no se suelen añejar los vinos blancos, existen variedades de crianza.

 

Vinos rosado. Se producen a partir de uvas tintas, con la diferencia de que en la elaboración del vino rosado se permite cierta maceración de la fruta antes del prensado del mosto, para que éste tome algo de color. Luego se fermenta el mosto filtrado.

 

Vinos espumosos. Estos vinos contienen anhídrido carbónico, producido de forma natural gracias a una segunda fermentación alcohólica en envase cerrado. La calidad de estos vinos depende del tipo de envase en que se lleve a cabo esta segunda fermentación. Se pueden clasifiicar en tres, a partir de este criterio, los tipos de vinos espumosos.

            - Cava o Champagne: Segunda fermentación en botella. Se obtiene de la uva Pinot Noir.

            - Transfer: Segunda fermentación en envsases de gran capacidad, para luego terminar su maduración en botella.

            - Gran Vas: Envases de gran capidad cerrados a presión.

 

Vinos fortalecidos. Son vinos a los que se le agregan otros licores, por ejemplo, que hace que aumente su porcentaje de alcohol. Mi ejemplo preferido es el Oporto, de Portugal, cuyo nombre significa “vino del puerto.” Este es un vino, generalmente tinto, producido con uvas Tinta Roriz, Tinta Barroca, Touriga y Tinta Cao, que es luego fortalecido con Brandy, llegando a un porcentaje de alcohol de entre diecisiete y veinticinco por ciento.

 
 

TIPOS DE UVAS

Los tipos de uvas se clasifican, generalmente, dependiendo del tipo de vino que producen. Estos son las cepas principales:

 

VINOS BLANCOS

- Sauvignon Blanc: Cosechada principalmente en el sudoeste de Francia, su difusión es muy amplia alrededor del mundo, como Nueva Zelanda y Chile. Con esta uva se logran vinos blancos de aroma intenso, no tan secos.

- Torrontés: Esta uva da origen al típico vino blanco argentino. Su aroma recuerda a los moscatales, y se le tiene por un vino más bien ligero, de aroma liviano y agradable.

- Semillón: Variedad típica de la región de Bordeaux, Francia, que se caracteriza por producir vinos blancos secos y dulces de gran calidad.

- Riesling: Esta uva se considera la cepa característica de la vinicultura alemana. Produce vinos blancos secos, más bien dulzones, de perfume particular.

- Chardonnay: Esta es la uva blanca por excelencia. Con ella se producen varios de los vinos blancos más prestigiosos del mundo, sobre todo en la región de la Borgoña francesa. Su aroma voluptuoso la convierte en el cultivo ideal para la fermentación y el estacionamiento en barriles de roble nuevo, una de las formas más costosas de fermentación. Esta uva es también muy usada para la obtención de vinos espumosos como la champaña.

- Chenin: Esta uva, de gran calidad, es originaria del valle del río Loire, en Francia. Con ella se obtienen vinos blancos ligeros y frescos, bastante aptos para afrutar. Se le conoce tambiém con el nombre de pinot o pienau.

 

VINOS TINTOS

- Tempranillo: Cepaje típico español, esta uva es ideal para el vino común (vino casero) y el vino de mesa. Pero tambiém se pueden lograr vinos tintos sólidos e intensos, apropiados para la crianza en roble americano nuevo.

- Bonarda: Una variedad de uva italiana, específicamente de Piemonte. Sólo en años recientes se le ha reconocido como una uva capaz de lograr vinos tintos de calidad.

- Sangiovese: Otra variedad de uva italiana, esta vez de la Toscana. Con esta uva se produce el afamado Chianti, de agradable aroma frutal y floral, de ciertos matices violetas.

- Pinot Noir: Cepaje con que se producen los Borgoñas tintos franceses. A diferencia de otras variedades, el Pinot Noir no se ha adaptado bien fuera de Francia. Cuando se usa para vinos blancos, esta uva integra muchos de la línea de vinos espumosos.

- Shiraz (o Syrah): De supuesto origen persa, desde donde fue llevada a Francia en los tiempos de las cruzadas. Hoy su expansión mundial es palpable en lugares como Australia y Chile. Produce vinos de gran calidad, de un rojo intenso, aroma porfundo y sabor templado. Madura muy bien en botella, donde adquiere matices especiados.

- Cabernet Sauvignon: Considerado el monarca de los cepajes tintos, esta uva, oriunda de Bordeaux, Francia, es la responsable de la producción de uno de los vinos tintos más populares de la historia. Es ahora cultivada con éxito a nivel mundial. Produce un vino robusto, sólido, que añeja muy bien y con elegancia, dando paso a sabores complejos y distinguidos.       

- Merlot: Esta uva de Bordeux, una de las regiones más viníficas de Francia, tiene un aroma y sabor gozan de un fuerte parecido con los del Cabernet Sauvignon, pero al gustarse, el Merlot resulta un poco más débil, más delicado. Aunque el Merlot puede alcanzar altos niveles de calidad por sí mismo, este vino se usa también para cortes con otros vinos más robustos, como el mismo Cabernet Sauvignon.

 

Con esta información, podemos ahora hablar de lo que más nos importa, de cómo escoger un vino a la hora de comer o, simplemente, a la hora de una buena copa.

 

Siguiendo la ideología de los sumilleres, en el momento de escoger un vino se debe tomar en cuenta el tipo de uva y la preparación del plato, si es el caso. Propongo, entonces, lo siguiente.

 

CARNES

Para las carnes rojas, un vino tinto. En este caso no se toma tanto en cuenta la variedad de la uva, sino que el vino sea bien elaborado, de cierta reserva, robusto, potente y concentrado.

Si la carne es más liviana, como el cerdo o el cordero, se recomienda un vino tinto más ligero y especiado, como un tempranillo, un cabernet o un shiraz.

Una regla básica es que, cuando se prepara cualquier tipo de carne previamente macerada o con una salsa de vino, debe servirse en la mesa el mismo de tipo de vino utilizado en la preparación del plato.

 

POLLO

El pollo es considerado una carne neutra que permite diferentes tipos de vino, que se escogen a partir de la preparación y de los acompañates. Si el pollo es frito, por ejemplo, se recomienda un vino tinto estrcturado, pero no demasiado robusto, de mediana crianza, ligera carnosidad y de aroma agradable aroma frutal.

Si el pollo se acompaña con champiñones o con acompañates de sabor fuerte, habría que decidirse por un vino tinto con más cuerpo, como un merlot o un cabernet sauvignon.

Cuando el pollo se prepara al horno, con hierbas y condimentos aromáticos, como el tomillo o el curry, se apreciaría mejor con un vino blanco, de aroma frutal o cítrico, como un Chardonnay. En estos casos se buscaría un vino joven, fresco y de adecuada acidez.

 

PESCADO

El pescado no se acompaña automáticamente de un vino blanco. Si el pescado se sirve con champiñones, por ejemplo, no estaría mal abrir un vino tinto ligero. Si el pescado se cocina con pimientos y tomate, un vino rosado resultaría ideal. Pero si se trata de mariscos y pescados blancos, el vino blanco es, simplemente, el más adecuado. Un pescado con salsa cremosa, por ejemplo, pide un vino blanco fermentado en barrica, como un sauvignon blanc o un chardonnay.

 

PASTAS

Cuando se trata de escoger el vino para acompañar una pasta, la salsa lo es todo. La salsa bolognesa es ideal cuando se acompaña con un vino tinto joven. Si la salsa es napoletana o de tomate y verduras, vendría bien un into ligero o un vino rosado. La salsa pesto, en cambio, necesita de un vino blanco con crianza para su mejor degustación. Similar es si la salsa es cremosa, como la Alfredo, que siempre es recomendable comer junto con una copa de vino blanco joven, aromático y frutal, como el chardonnay u otro de media crianza.

 

La verdad es que de tanto escribir sobre vinos y comida se me ha abierto el apetito. Espero que esta peqeuña guía le abra a ustedes la curiosidad y las ganas de seguir sabiendo sobre el aromático mundo del vino. ¡Bon appetit!