Muchas veces, luego de leer un libro, me encuentro rumiando la siguiente resignación: es cierto, no es una obra maestra, pero disfruté su lectura, y eso es lo importante… supongo. Hoy, luego de terminar de leer ‘Travesuras de la niña mala’, la última publicación de Mario Vargas Llosa, me he atrevido a llevar mi conformismo un escalón más arriba, haciéndome la siguiente pregunta: ¿quién y cómo se define lo que es o no es una “obra maestra”? ¿Será el número de ediciones, de ejemplares vendidos? No, no creo. Siempre están a la mano lecturas “de ascensor” o del tipo “light” que lo contradicen. ¿Serán los años, que se empeñan en proteger del olvido ciertos títulos, cierto autores? Puede ser, porque un libro que sobrevive a las exigencias de los años y a los cambios que sufre el lector, de generación en generación, es porque algo importante ha de proponer. ¿O será la crítica, ese mundo de pirañas con anteojos que hacen de una gota de sangre una razón para aniquilar a nóveles y consagrados, tantas veces por resentimiento y capricho, aunque otras con cierto atino? En este caso, mi opinión es que la crítica en general puede ayudar a descartar lecturas deficientes. Pero pocas veces es la responsable de haber catapultado un libro hasta convertirlo en una obra de culto, una obra maestra. Una exquisita excepción sería ‘Los detectives salvajes’, de Roberto Bolaño, que desde su publicación fue recibida con más fervor que la que le llegó a profesar su propio autor. La crítica, en cambio, tiende a acertar y desarrollar, en retórica académica, a la hora de confirmar lo que ya se sabe. Me explico. Esos libros que, como mencioné antes, se libran, en mayor o en menor grado, del quehacer del tiempo, y que calan en el gusto del lector exigente, son los que la crítica, ya con banderas y platillos, declara clásicos. Es el caso de ‘Ulysses’, de James Joyce, que confieso no haber podido terminar… todavía, porque me niego a leer una traducción y en inglés lo encuentro sumamente complicado. No olvidemos tampoco los premio literarios, que, en casos sonados como los de Planeta y Alfaguara, en el ámbito español, suelen conceder su dinero y sus placas a obras leíbles, sin duda, pero de temprana caducación y poco alcance, contrario a lo que la industria publicitaria detrás de los premios nos empuja a pensar. Diría que sólo el Nóbel se salva, porque contados son los casos en que un premiado despierta escepticismo. Lo único notable son los ausentes, que sólo en el ámbito castellano incluye a pesos pesados como Borges y, por qué no, Vargas Llosa y Julio Cortázar, este último un cuentista impecable.
Volviendo a la “niña mala” de Vargas Llosa, conviene decir que el autor no se ha propuesto una obra de envergadura, sino una narración literaria de un amor, entendiendo que “amor” se puede interpretar de maneras distintas, que viaja por varias de las ciudades míticas de la segunda mitad del siglo veinte. Sólo falta Barcelona, que merece que le hagan justicia, (aunque bastante pleitesía se le ha rendido con obras como ‘La sombra del viento’ y ‘La catedral del mar’, ambas bastante recientes). Es un amor complicado, que se apoya tanto en la lástima como en el masoquismo. Como habitante de una ciudad como Miami, melting pot de tantas culturas, sobre todo latinas, agradezco que se trate el tema de las nacionalidades con cierto abandono, asegurándole al lector que la tendencia es hacia lo globalizado. Vargas Llosa no propone un tratamiento del lenguaje experimental, como en otras títulos suyos, sino una narración fluvial, aferrada sólo al poder de la memoria, donde la anécdota cursi cobra a veces un lado oscuro, perverso.
Los protagonistas son fáciles de odiar, les aseguro. Ella por su frialdad, sus irreversibles ganas de escalar posiciones, su obstinación de que antes que la felicidad está el poder, el dinero. Él, por su falta de ambición, por su debilidad, por su resignación. Sin embargo la humanidad de ambos protagonistas llega a ser entrañable, porque ambos son presas fáciles de esos sentimientos que nos han plagado desde la Caja de Pandora: los celos, el amor, la envidia, la desidia, el rencor… Y es muy difícil no identificarse, hasta cierto punto, con uno y con otro de vez en cuando, la “niña mala” y el “niño bueno”. Aparte, la manera desenvuelta en que Vargas Llosa trata el tema de la sexualidad, así como la insidencia de lo que se plantea como amor, afincan aún más en la historia ese tono de cotidianidad que puede que le reste trascendencia a la vida publicable de la obra. No es algo que critique como lector, personalmente, pero plateándose en la discusión sobre cómo nace una obra maestra, me parece pertinente señalarlo. El carácter histórico de la novela no es desdeñable. Vargas Llosa plasma cómo el afán cultural de los cincuenta y sesenta parisinos es reemplazado por el nihilismo dervegonzado del Lóndres hippy, por ejemplo. Si bien sólo en los pasajes donde habla del Perú es que el autor tiende a ser más específico en términos de fechas y nombres, el boceto general sobre la situación, más que todo occidental, en términos de actitudes hacia la cultura y hacia la política, es bastante fiel, dentro del contexto correspondiente. Es importante destacar el esfuerzo por parte del autor de querer despertar en el lector la cursiosidad por lo ruso, sobre todo por la literatura de esa emblemática nación.
Para concluir, les advierto que no hay muchas sorpresas, aunque las que hay se reciben con agrado. En realidad, la novela puede llegar a antojarse predecible, pero de la pluma de Vargas Llosa siempre es grato recorrer esa aventura hasta el punto final. Recomiendo el libro sin urgencia, aunque sí con convicción. El amor es algo complicado, donde los buenos y los malos se intercambian los papeles. Esta novela nos ahorra parte de la especulación, porque la “niña mala” es una sola, aunque su nombre cambie de ciudad en ciudad, a pesar de la “miel oscura” de unos ojos que, mucho me temo, he imaginado con curiosidad.