Historiando, Desde la butaca, The Robert ReportMarch 7, 2007 10:43 pm

Up yours, soledad...

 No es modestia, es que genuinamente creo que, al menos en este momento, no tengo absolutamente nada nuevo que añadir que ya no se haya dicho de Gabriel García Márquez. Las anécdotas que se cuentan de él todos las conocen: cómo se devolvió a México D.F. a mitad de viaje a Acapulco porque encontró, por fin, el tono adecuado para contar sus ‘Cien años de soledad’ – contarlo con “cara de palo”, la misma cara de palo “que ponía mi abuela cuando contaba” esas historias fantásticas en la infancia en Aracataca -; cómo casi perece junto al ex dictador Torrijos, de Panamá, cuando el avión de éste, en un viaje al que García Márquez estaba invitado, se estrelló en plena selva panameña; cómo conoció, junto a Carlos Fuentes, al ex presidente Bill Clinton en su casa de Martha’s Vineyard, y éste le preguntó su opinión sobre el recién electo presidente español, Aznar, a lo cual García Márques respondió, “I don’t like him”, aunque se sabía que lo decía por la posición derechista del político ibérico; el carácter mitológico de su amistad con el dictador cubano Fidel Castro, a quien el escritor colombiano ha tildado de “gran lector”; el fin de su amistad con Mario Vargas Llosa, sobre lo cual ya he hablado en este blog. Y como estas, tantas otras anécdotas que le han ganado al Nóbel del ochenta y dos una fama compleja y, de tanto en tanto, contradictoria, como sus amistades con el ex presidente y conocido corrupto venezolano Carlos Andrés Pérez y con el ex presidente socialista de Francia, Francois Mitterand, gran humanista y ferviente seguidor de las artes latinoamericanas. En fin, yo no puedo agregarle nada a esta abrumante biografía de este escritor seductor, único recipiente del Nóbel que asistió a la ceremonia de Estocolmo vistiendo un liqui-liqui, el traje formal caribeño, y no el frac acostumbrado.
 Ayer, seis de marzo, cumplió ochenta años, confirmando la entrada en el otoño de este patriarca de las letras nuestras. También este año se cumplen otros aniversarios suyos: los cuarentas años de la primera publicación de ‘Cien años de soledad’ y los veinticinco de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura. Sin duda se merece ese rosario de homenajes que le tienen preparado por todo el mundo.
 Respecto a sus libros, me quedo con estos tres, en el siguiente orden: ‘El coronel no tiene quién le escriba’, ‘El amor en los tiempos del cólera’, y ‘Cien años de soledad’. Imagino que en su lecho de muerte va a suplicar que no incluyan ‘Memorias de mis putas tristes’ en sus obras completas, porque fue un libro terrible.

 A veces me pregunto si le tengo envidia, y la respuesta es ¡por supuesto! ¿Quién no quiere una casa dentro de la ciudad amurallada de Cartagena? Pero no, no es sólo eso. Admiro la manera en que el Caribe se derrama de sus letras… Varias veces he soñado con él. Sueño que lo conozco o que estoy en su casa del D.F., repleta de rosas amarillas. Sueño que no somos amigos y que mi presencia le incomoda. Sueño que ha muerto y que me alegro. Sueño que ha muerto y que guardo luto por tres días. Sueño que me lleva a conocer el hielo. Sueño que se cae de una escalera tratando de alcanzar un mango. Sueño que a él no le gusta su ‘Cien años de soledad’. Sueño que detesta a Chávez. Sueño que he aprendido a tocar el acordeón y el violín. Sueño que compartimos juntos un último cigarrillo, sin hablar de literatura, tan sólo viendo ponerse el terrible sol de Cartagena, mientras el ocaso revela una suave bandada de insectos voladores que se acercan, unas tristísimas mariposas amarillas que vuelan todas juntas, pero que, en realidad, vuelan solas, cada una infinitamente sola.

Historiando, Desde la butaca, Politik, The Robert ReportDecember 8, 2006 9:10 pm

Pamuk, Nobel del 2006 entre libros Probablemente nunca habías escuchado o leído su nombre hasta el pasado mes de octubre, si acaso. Sin embargo, el nombre de este prestigioso y recién galardonado escritor, Orhan Pamuk (Estambul, 1952), autor de Nieve y La maleta de mi padre, entre otros, llegó a los periódicos mucho antes, hace más de un año, cuando unas declaraciones suyas sobre el genocidio armenio y la matanza de otros miles de kurdos fueron publicadas en un medio suizo, en 2004. Meses luego fue detenido y enjuiciado en su natal Turquía por disidente, por haber denunciado a voz suelta un tema que él acusa de “tabú”, de sesgado. Los cargos: traición y “denigrar públicamente la condición turca”, en palabras del fiscal del distrito de Sisli, en Estambul. Fue absuelto,  pero su absolución fue motivada por una fuerte presión por parte de una élite cultural mundial y por parte de la Unión Europea, que por entonces – y aún ahora – se encontraba en pleno debate sobre si aceptar o no a Turquía dentro de la Unión. Recuerdo haber leído una carta escrita por Mario Vargas Llosa para la ocasión, que hablaba de la libertad y de los derechos humanos, y que contó con el apoyo de otros escritores de gran influencia, como Carlos Fuentes, José Saramago, Günter Grass, García Márquez, Juan Goytisolo, Humberto Eco, y John Updike.
Con el paso de los meses, el hervidero se calmó. Turquía parecía haberse mordido la lengua y Pamuk seguía recluido en su casa, escribiendo. Y así hasta el pasado doce the octubre, cuando su nombré pobló de nuevo las noticias, ahora con la imprevista noticia de haber ganado el Premio Nóbel de literatura del 2006. Casi de inmediato comenzaron de nuevo las acusaciones: que la concesión del premio fue por razones políticas, que su intromisión en el asunto armenio fue por conveniencia y oportunismo, que sus méritos literarios son cuestionables… Pamuk, por su parte, dijo que al conocer la noticia se sintió “como la víctima de un accidente; herido pero sin capacidad de sentir nada”, y no podía “sentirse feliz” porque demasiados colegas y detractores envidiaban su galardón. Decidió entonces partir de Turquía y permanecer en los Estados Unidos hasta cercana la víspera de su viaje a Suecia para recibir el premio. Su regresó a Estambul coincidió con la visita del Papa Benedicto XVI, que bastante polvo había levantado, así como con otros escándalos que sacudían la política interna del país. En fin, si en octubre la sociedad turca había reaccionado al Nóbel de Pamuk con ambigüedad, al regresar en diciembre el ambiente era más bien apático, desinteresado. Y eso, tal vez, era justamente lo que el escritor – conocido por sus largos períodos de encerramiento y reflexión – había buscado al ausentarse del país.
Ayer, siete de diciembre, Pamuk estaba en Estocolmo recibiendo el galardón. Su discurso se distanció de lo político, enfocándose más en lo literario y defendiendo con encendidos argumentos la importancia de la literatura para la humanidad, “en su intento por entenderse a sí misma”. Sus pareceres sobre la literatura  y su futuro fueron siempre optimistas, contrastando con la opinión de tantos otros escritores que han vaticinado el fin del libro y la literatura tal y como los conocemos. Para Pamuk, un escritor es alguien que tiene fe en la humanidad, así sea de manera inconsciente, ya que al escribir, al ir descubriendo a ese otro ser interno, propone que todos los seres humanos nos parecemos y, por ende, nos comprendemos, porque sufrimos y anhelamos de similar maneras. También habló, y mucho, de su padre, un escritor frustrado que le mostró ese otro rostro - el de la ingratitud - en el  oficio de escribir, y le acercó a la literatura europea, la de escritores occidentales que influenciaron la obra del turco, como Montaigne, Proust, y Dostoevsky. Volvió a hacer referencia de su progenitor al recordar el día en que, orgulloso, le había dado a leer su primera novela, Cedved y sus hijos, y le había prometido ganar un día el Nóbel. Con esta dulce anécdota, y lamentando que su padre no estuviera allí, entre el público – falleció en el 2002 -, cerraba Pamuk su intervención, y cerraba el Premio Nóbel otro capítulo más en su historial de premios a escritores polémicos. Nadie es perfecto, diría alguno, ni siquiera los turcos.

Desde la butacaJuly 9, 2006 12:41 am

Travesuras de la niña mala Muchas veces, luego de leer un libro, me encuentro rumiando la siguiente resignación: es cierto, no es una obra maestra, pero disfruté su lectura, y eso es lo importante… supongo. Hoy, luego de terminar de leer ‘Travesuras de la niña mala’, la última publicación de Mario Vargas Llosa, me he atrevido a llevar mi conformismo un escalón más arriba, haciéndome la siguiente pregunta: ¿quién y cómo se define lo que es o no es una “obra maestra”? ¿Será el número de ediciones, de ejemplares vendidos? No, no creo. Siempre están a la mano lecturas “de ascensor” o del tipo “light” que lo contradicen. ¿Serán los años, que se empeñan en proteger del olvido ciertos títulos, cierto autores? Puede ser, porque un libro que sobrevive a las exigencias de los años y a los cambios que sufre el lector, de generación en generación, es porque algo importante ha de proponer. ¿O será la crítica, ese mundo de pirañas con anteojos que hacen de una gota de sangre una razón para aniquilar a nóveles y consagrados, tantas veces por resentimiento y capricho, aunque otras con cierto atino? En este caso, mi opinión es que la crítica en general puede ayudar a descartar lecturas deficientes. Pero pocas veces es la responsable de haber catapultado un libro hasta convertirlo en una obra de culto, una obra maestra. Una exquisita excepción sería ‘Los detectives salvajes’, de Roberto Bolaño, que desde su publicación fue recibida con más fervor que la que le llegó a profesar su propio autor. La crítica, en cambio, tiende a acertar y desarrollar, en retórica académica, a la hora de confirmar lo que ya se sabe. Me explico. Esos libros que, como mencioné antes, se libran, en mayor o en menor grado, del quehacer del tiempo, y que calan en el gusto del lector exigente, son los que la crítica, ya con banderas y platillos, declara clásicos. Es el caso de ‘Ulysses’, de James Joyce, que confieso no haber podido terminar… todavía, porque me niego a leer una traducción y en inglés lo encuentro sumamente complicado. No olvidemos tampoco los premio literarios, que, en casos sonados como los de Planeta y Alfaguara, en el ámbito español, suelen conceder su dinero y sus placas a obras leíbles, sin duda, pero de temprana caducación y poco alcance, contrario a lo que la industria publicitaria detrás de los premios nos empuja a pensar. Diría que sólo el Nóbel se salva, porque contados son los casos en que un premiado despierta escepticismo. Lo único notable son los ausentes, que sólo en el ámbito castellano incluye a pesos pesados como Borges y, por qué no, Vargas Llosa y Julio Cortázar, este último un cuentista impecable.

Volviendo a la “niña mala” de Vargas Llosa, conviene decir que el autor no se ha propuesto una obra de envergadura, sino una narración literaria de un amor, entendiendo que “amor” se puede interpretar de maneras distintas, que viaja por varias de las ciudades míticas de la segunda mitad del siglo veinte. Sólo falta Barcelona, que merece que le hagan justicia, (aunque bastante pleitesía se le ha rendido con obras como ‘La sombra del viento’ y ‘La catedral del mar’, ambas bastante recientes). Es un amor complicado, que se apoya tanto en la lástima como en el masoquismo. Como habitante de una ciudad como Miami, melting pot de tantas culturas, sobre todo latinas, agradezco que se trate el tema de las nacionalidades con cierto abandono, asegurándole al lector que la tendencia es hacia lo globalizado. Vargas Llosa no propone un tratamiento del lenguaje experimental, como en otras títulos suyos, sino una narración fluvial, aferrada sólo al poder de la memoria, donde la anécdota cursi cobra a veces un lado oscuro, perverso.

            Los protagonistas son fáciles de odiar, les aseguro. Ella por su frialdad, sus irreversibles ganas de escalar posiciones, su obstinación de que antes que la felicidad está el poder, el dinero. Él, por su falta de ambición, por su debilidad, por su resignación. Sin embargo la humanidad de ambos protagonistas llega a ser entrañable, porque ambos son presas fáciles de esos sentimientos que nos han plagado desde la Caja de Pandora: los celos, el amor, la envidia, la desidia, el rencor… Y es muy difícil no identificarse, hasta cierto punto, con uno y con otro de vez en cuando, la “niña mala” y el “niño bueno”. Aparte, la manera desenvuelta en que Vargas Llosa trata el tema de la sexualidad, así como la insidencia de lo que se plantea como amor, afincan aún más en la historia ese tono de cotidianidad que puede que le reste trascendencia a la vida publicable de la obra. No es algo que critique como lector, personalmente, pero plateándose en la discusión sobre cómo nace una obra maestra, me parece pertinente señalarlo.             El carácter histórico de la novela no es desdeñable. Vargas Llosa plasma cómo el afán cultural de los cincuenta y sesenta parisinos es reemplazado por el nihilismo dervegonzado del Lóndres hippy, por ejemplo. Si bien sólo en los pasajes donde habla del Perú es que el autor tiende a ser más específico en términos de fechas y nombres, el boceto general sobre la situación, más que todo occidental, en términos de actitudes hacia la cultura y hacia la política, es bastante fiel, dentro del contexto correspondiente. Es importante destacar el esfuerzo por parte del autor de querer despertar en el lector la cursiosidad por lo ruso, sobre todo por la literatura de esa emblemática nación.

Para concluir, les advierto que no hay muchas sorpresas, aunque las que hay se reciben con agrado. En realidad, la novela puede llegar a antojarse predecible, pero de la pluma de Vargas Llosa siempre es grato recorrer esa aventura hasta el punto final. Recomiendo el libro sin urgencia, aunque sí con convicción. El amor es algo complicado, donde los buenos y los malos se intercambian los papeles. Esta novela nos ahorra parte de la especulación, porque la “niña mala” es una sola, aunque su nombre cambie de ciudad en ciudad, a pesar de la “miel oscura” de unos ojos que, mucho me temo, he imaginado con curiosidad.

Desde la butaca, Nostalgias y otros harakirisJuly 5, 2006 4:32 pm

 ¿Cómo desempolvar este espacio? Escribiendo, me imagino. Y eso mismo pretendo hacer este mediodía del cinco de julio, todavía con el cambio de horario jalándome los párpados y el hambre del ayuno ronroneando. Ayer llegué de Los Ángeles, CA. Una semana allá fue suficiente para enanomarme. De la ciudad, digo, o de unas partes de la ciudad, que en realidad son, ellas mismas, pequeñas ciudades dentro del área del greater LA. Me refiero a lo de siempre, a Bervely Hills, a Bel-air, a Hollywood, a Westwood… También las playas de Santa Mónica y Malibú me cautivaron. Y no puedo olvidarme de Long Beach, con su pintoresta Pine avenue desembocando en una intensa vida juvenil de Gameworks y centros comerciales. No digo que haya tenido verdaderas decepciones, pero si habría de escoger una sería Venice, tan llena de gente y de desorden. Muchos se empeñan en hacer de ella un área familiar, cuando la verdad es que esta zona no parece querer desprenderse de sus peores adjetivos hippies, hoy en día intoxicados con una sobrepoblación inmigrante que sólo disfruta desentonando con el medio ambiente gracias al estruendo de su música y a los desperdicios que van dejando como afirmación de su desabrida presencia. Si por lo menos pusieran esas canciones de Baywatch, girl I want to make you sweat… Ahora sólo me toca esperar la respuesta de Boeing. Una entrevista con ellos fue lo que originó mi viaje a la costa oeste. Y una vez estando allá no tuve más remedio que dejarme seducir por el sol y el aura de esa ciudad que vive de la industria de la ficción. Por eso me quedé cinco días más de lo previsto, porque quise explorar ese mundo del cine y la televisión, que yo siempre he entendido como un rama más de literatura, apoyada en la imagen y en el efecto que la música tiene en la imagen. Lo del popcorn (palomitas de maíz, cotufas, crispetas, etc.) sigue siendo un misterio, un crujiente y mantequillado misterio milenario.

 El cuatro de julio, una fecha de suma importancia para la industria pirotécnica mundial, cobró aun más protagonismo histórico gracias a la esperada victoria de Italia sobre la selección anfitriona del Mundial, Alemania. Quien critique este acercamiento entre una fecha como el Independence Day y un partido de fútbol no vio el juego de ayer, uno de los mejores que he visto en mucho tiempo. Merecemos la copa. Punto.   

 Aprovecho este collage de letras para recomendar la novela histórica ‘La catedral del mar’ de Ildefonso Falcones. No se dejen intimidar por sus más de seiscientas páginas, su lectura es más bien ligera y siempre sobre la rigurosa senda de la historia catalana. El autor asegura haber leído más de cuarenta libros para educarse antes de emprender la escritura de este bestseller, que, en mi opinión, tiene más mérito que otros que ya parecen discos rayados. Otro día hablo de ‘Travesuras de la niña mala’, de Mario Vargas Llosa. Mi adelanto: las he visto y sí existen. Mujeres como “la niña mala” tienden a asustar y atraer, muchas veces con la misma intensidad. No es que alguien las pueda conquistar, es sólo que ellas, a veces, se detienen a respirar y contar heridos. Su inconformidad tiene siempre ese crudo matiz de batalla y seducción…

Desde la butacaApril 3, 2006 2:11 pm

   Ya está online la edición 139 de Letralia, una de las mejores páginas virtuales de literatura latinoamericana. La novedad es que en esta edición está publicado un relato mío, ‘Libertador’, que escribí hace un par de meses y al cual le tengo un aprecio especial…
¡No dejen de visitar Letralia!

Desde la butacaMarch 17, 2006 11:58 pm

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 Esto es lo más cerca que he estado del invierno: los árboles secos y sin hojas, el viento frío que canta, la gente vistiendo ropas gruesas… He llegado demasiado tarde para conocer la nieve y dejar que su talento me conmueva.

 Es el estado de Illinois, lugar donde me encuentro, la razón por la que he abandonado por varios días este blog. En cuanto regrese a Miami espero retomarlo con mejor disciplina. Hasta entonces.

Desde la butacaFebruary 27, 2006 11:34 pm

 El escritor peruano Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ha sido galardonado con el Premio Alfaguara de Novela 2006, uno de los premios más prestigioso y mejor dotados que se otorga a una obra en castellano, por su libro ‘Abril rojo’. La historia de este premio reúne, entre ganadores y jurados, nombres de la talla de Carlos Fuentes, José Saramago, Tomás Eloy Martínez y Laura Restrepo, entre muchos otros. En esta oportunidad la presidenta del jurado encargado del fallo ha sido la escritora Ángeles Mastretta, quien anunció que ‘Abril rojo’ superaba a los otros 509 manuscritos enviados este año por “la eficacia expresiva, la fuerza dramática y la originalidad en el tratamiento de un tema político con las peripecias de una novela negra que arrastra y conmueve al lector desde la primera página.”

 
 De Roncaglio se puede hablar por largo rato, a pesar de su corta edad y de su escasa obra literaria. Ha escrito dos novelas, más bien cortas: ‘Pudor’ y ‘El príncipe de los caimanes’; y una obra de teatro, ‘Tus amigos nunca te harían daño.’ Al autor lo conocí en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Miami, donde presentaba su ‘Pudor’ con humor y buen talante. En mi biblioteca descansa el ejemplar que me firmó, con una dedicación que quisiera interpretarla como una premonición:
 
 “Para Roberto, mi colega de letras y de humor, con un fuerte abrazo. Santiago Roncagliolo.”
 

 Por su puesto, ese día firmó otras tantas decenas de libros más. Y estoy seguro que habrán habido otras dedicaciones mucho más íntimas e interesantes en la Feria de Guadalajara, quizá, o en la de Madrid. Pero igual da gusto no sólo ver sino participar del crecimiento y la evolución de un escritor, que para eso también estamos los lectores.

 No deja de resultar curioso que en un post reciente (Venezia de fachadas) toco un tema propuesto por Roncagliolo en su blog.

Desde la butacaFebruary 13, 2006 7:38 pm

                                        Vargas Llosa

 Nunca he escondido la sincera admiración que siento por el autor peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936). Lo considero un escritor completísimo que vive la literatura cual fanático, como una obsesión que ronda entre lo religioso y lo patológico. En lo personal, me parece un individuo que ha sabido ser consecuente con la situación mundial, sin entrar en juegos de presiones o conveniencias.

 

 Me hubiera gustado leer su obra con cierto orden cronológico, es cierto. Lo digo en parte para tratar de entender la fuertes críticas que se le hacen y se le han hecho desde ciertos sectores repecto a sus libros: que si con su talento pudo haber escrito cosas de más calidad, que si ninguno de sus libros va a perdurar, que si ha debido ser más autocrítico a la hora de publicar, etcétera. Yo, como he leído sus libros en desorden, siempre he logrado conseguirles razones para exaltar, por ejemplo, el mapa estructural de Conversación en la catedral, la narración exquisita en La ciudad y los perros, el erotismo implacable en Elogio a la madrasta, o los riesgos narrativos que propone en La casa verde y La tía Julia y el escribidor. Destaco también el esfuerzo literario y académico que llevó a cabo en su García Márquez: historia de un deicidio, o la fidelidad de Un pez en el agua, libro que considero indispensable en cualquier biblioteca latinoamericana y, sobre todo, en la colección personal de todo escritor.

 

 Aprovecho esta incorfome introducción para seguir propagando dos noticias recientes que conciernen a este eterno candidato para el Nóbel. La primera se trata del estreno mundial de la película La fiesta del Chivo, basada en la novela histórica homónima escrita por Vargas Llosa, y que trata el tema de la trincada dictadura (1930 – 1961) de Rafael Leonidas Trujillo, apodado “El Chivo,” en la República Dominicana. El film, dirigido por el también peruano Luis Llosa (sí, primo y cuñado del escritor), va a ser presentado durante el Festival Internacional de Cine de Berlín, mejor conocido como Berlinale, que comienzó el jueves nueve y concluirá en ceremonia el próximo domingo diecinueve de febrero. La película, rodada en inglés, cuenta con las actuaciones de la italiana Isabella Rossellini como Urania Cabral, Tomás Milián como El Chivo, Paul Freeman y el argentino Juan Diego Botto. Se espera que el presupuesto de diez millones de dólares contribuya a hacer de esta película un éxito internacional.

Vargas Llosa supervisa rodaje de La fiesta del Chivo

 ‘La fiesta del chivo’ no es la primera obra de Vargas Llosa en ser trasladada al cine. Ya lo han hecho con ‘Los cachorros’, por el director mexicano Jorge Fons; ‘Pantaleón y las visitadoras‘, de la que existe dos versiones, una de ellas dirigida por el propio escritor y la otra donde actúa la hermosa colombiana Angie Cepeda; ‘La ciudad y los perros’, a cargo del director peruano Francisco Lombardi, y ‘La tia Julia y el escribidor’, en una versión libre del director inglés Jon Amiel, con guión del también novelista William Boyd, que llevó el título de ‘Tune in tomorrow…’, protagonizada por Barbara Hershey y Keannu Reeves.

 

 La segunda noticia habla de la novela que acaba de concluir Vargas Llosa entre sus residencias de Lóndres y Lima. La nueva novela se titula ‘Travesuras de la niña mala,’ de la cual comentó que "es una sucesión de cuentos que ocurren en una ciudad y en una época distinta" pero siempre enmarcados dentro de "una historia global". Es una narración de amor que transcurre a lo largo de cuarneta años en distintas ciudades en las que ha vivido el escritor, quien asegura que este es el rasgo más autobiográfico de esta obra.

 

 "Creo que todas las historias que he escrito han nacido siempre como fruto de alguna vivencia que ha quedado en la memoria y que se convierte en una imagen muy fértil para fantasear algo alrededor de ella", explica. Anteriormenta ha señalado que entre sus libros favoritos se encuentran ‘Madame Bovary’, de Gustave Flaubert, ‘Luz de agosto’ y ‘Santuario’, de William Faulkner, y ‘Moby Dick’, de Herman Melville. En poesía, sus peferidos son el nicaragüense Ruben Darío, que es "el maestro mágico de la verdadera poesía en español", Pablo Neruda, que "fue un amor de juventud", y Charles Baudelaire, "el poeta que admiro más entre todos los poetas".