Mansas quimerasSeptember 10, 2007 8:26 am

Ha querido entrar y estar ella también del otro lado de la puerta. Busca pero no encuentra ningún espejo cerca donde revisar el color exacto de sus labios y la temperatura de su mirada. En ese momento la asalta la esperanza y cerrando los ojos llama con el pensamiento a que el culpable de esos latidos desbocados abra la puerta y, sin camisa, como ella con fuerza le imagina, la invite a pasar con una sonrisa y los brazos abiertos. Abre los ojos lentamente y reconoce el Don Quijote y el Sancho Panza que adornan la mesa de cristal al fondo del pasillo. Se da cuenta de que la luz debajo de la puerta se ha apagado sin que la puerta llegara jamás a abrirse. Revisa entonces el reloj y se dice – se reclama - que se ha hecho tarde. En el ascensor se encuentra – “me esperaba”, asegura - con Oliverio Girondo, quien le recita un bellísimo poema del que, me confiesa, no recuerda ningún verso. “¿Cómo es posible que no te acuerdes de ni siquiera un verso?”, le pregunto. “No lo sé”, se disculpa, “así son los sueños, así de caprichosos y cobardes.”

Mansas quimerasAugust 13, 2007 9:01 pm

 Cuando te toca sentarte al lado de un obeso que ocupa el asiento junto a la ventana más un tercio del tuyo le echas la culpa al terrible azar que rige la existencia. Pero si te toca, como me tocó a mí en un viaje a San Francisco que casi me arruina la vida, sentarte al lado de una bellísima mujer, te felicitas por dentro porque tal fortuna no puede ser sino cosa del buen destino. ¿Su nombre? Eloisa Perreira, una rubia que aún tan lejos y luego ya de más de dos meses fuera de su Río de Janeiro, gozaba todavía del color bronceado que el sol de por esas playas le tatuó en el cuerpo. Nuestra conversación empezó al yo regañarla por estar leyendo algo de Paulo Coelho, ese autor al que está tan de moda criticar. Ella, con las gafas de sol a modo de cintillo, se volteó con una sonrisa amable y me preguntó por lo que yo estaba leyendo. Se lo enseñé: era un libro de Orhan Pamuk, a quien ella admitió no conocer. La conversación fue adquiriendo forma y fuerza, llegando a revelarnos cosas que sólo segundos antes, al menos por mi parte, considerábamos "secretos". Así fue que me enteré que llevaba dos meses "persiguiendo", esa fue la palabra que usó, a Carlos Alberto, su socio en un negocio en el que, al parecer, no les fue bien. "Me debe dinero", me dijo, "mucho." Yo traté de consolarla comentándole la belleza de su perfil contra la alfombra brillante de nubes que llenaba el óvalo de la ventanilla, pero ella, aunque sonrió ligeramente, siguió pensativa. Se le veía triste, y en su tristeza había una fuerza escondida que hacía que el avión se moviera de más y que el tiempo pasara demasiado incómodo y lento. Fue por eso que se me ocurrió hacerle esa pregunta de la que ahora tanto me arrepiento. "Dime, Eloisa, ¿en qué puedo ayudarte?".

 Ahora recuerdo con miedo su hermosura, sobre todo cuando recibo las cartas manuscritas que me envía desde el psiquiátrico. En esas cartas me recuerda que me quiere y que ya el dinero no le importa pero que si no la saco rápido va a contarlo todo, va a decir que Carlos Alberto no fue a San Francisco para suicidarse saltando del Golden Gate, sino que fui yo, junto a Paulo Coelho, quienes le empujamos. Parece que su recuperación va - ¿cómo es que reza el dicho? - viento en popa… Oh, meu Deus…

                         Deus...

Mansas quimerasJune 26, 2007 6:54 am

Miraba cómo se elevaba el humo del café hasta dispersarse en el aire sin esfuerzo. Desaparecía sin dolor, sin alardes, mágicamente, mientras él permanecía sentado en la banca verde, hipnotizado, viéndolo desvanecerse. Pasaban frente a él, pero sin que él reparara en ellos, los corredores, los ciclistas que abarrotan las mañanas, las divorciadas y los homosexuales que pasean sus perros vistosos armados de bolsitas de plástico y paciencia. O cariño, o verguenza, o repugnancia, quién sabe. Dio un primer sorbo temiendo quemarse la lengua. Fue un sorbido casi imperceptible, entre tímido y respetuoso. Era su manera de tomarse en serio la vida, habráse de suponer. Detrás de él, específicamente detrás de un espeso muro de cerezos que estaba a su espalda, había otro banco. Era imposible adivinarlo desde ese lado porque las ramas entrecruzadas creaban una pared impenetrable, pero sólo bastaba con seguir el camino asfaltado por un par de curvas y dabas con él, del mismo tamaño y color, y clavado al suelo con el mismo tipo de tornillos. Allí se sentó una pareja de novios, sin duda. Hablaban de la noche anterior con una complicidad revoltosa. Decidió suspender la bebida del café y escucharles a medida que las palabras llegaban menos sueltas y se convertían en ideas enteras. “Tú y yo estaremos juntos toda la vida” o “lo de anoche fue increíble, Sofía, nunca pensé que podría amar a alguien de esta forma”. ¿Envidia? Posiblemente, aunque no dejó de encontrarlo demasiado cursi. Se levantó con una lentitud exagerada y cambió a su mano izquierda el vaso de Starbuck’s, que aún producía una leve línea de humo danzante. Se acomodó torpemente la bufanda y caminó sobre el lado derecho de las curvas negras, evitando un par de ciclistas en licra. Pasó entonces frente a la pareja, que en ese momento se besaba, y sin detenerse vió el lado izquiero de la cara, el ojo cerrado y acaso enamorado de Sofía. ¿Cuántos meses habían pasado? ¿Cinco? ¿Cuatro y medio? La ciudad, se dijo al fin, se me está haciendo cada día más pequeña. En ese momento quiso tener una bicibleta también él y pedalear hasta el fin del mundo, hasta adentrarse en las sombras, para finalmente hundirse como una gota entre los pliegues del recuerdo. Otro sorbo, y que arda conmigo esta lengua.

Mansas quimerasMay 14, 2007 10:48 pm

 Estábamos en Acapulco. En lápiz, casi ilegible, están las fechas escritas en la delicada caligrafía de mi madre, que en paz descanse. Abril tal o cual de 1964. Ahora paso una a unas las fotos, evitando colocar las yemas sobre los colores, como me enseñaron desde niño, quizás desde antes de esas vacaciones de verano en las brillante playas de Acapulco. Yo tenía cinco años, cerca ya de los seis, la âge terrible… Me detengo en una de las fotos. Con su sombrero de hongo, su bigote perfectamente recortado, con su piel tostada por las inclemencias del sol, con sus ojos claros perforando el lente de la cámara y revolviendo la quietud de mi infancia, aquél turista gringo. Fue la primera vez que vi a alguien de tez y rasgos diferentes. Mi padre – recuerdo –, que vio mi cara de impresión, me sentó en sus piernas y me dijo, “es un gringo, mijo, un extranjero.” “¿Un extranjero?”, repetí. “Sí, alguien que no es de México,” siguió explicándome. Me dejó ir y regresé a la arena mojada, a construir castillos y jugar con una barca de madera. Otra foto me retrata jugando con una hermosísima chiquilla de cabellos dorados enroscados y ojos azules. Era la hija del extranjero. Jugábamos sin hablar, entendiéndonos como sólo los niños pueden hacerlo. En algún momento, la niña me regaló un caramelo, del que todavía recuerdo su forma, su color y el sabor a mantequilla perfumada. Esa tarde, de regreso en el hotel, mi padre me preguntó por qué estaba tan pensativo. “Yo quiero ser extranjero, papá”, le confesé. Él, como un presagio, dijo que sí, que seguramente era mi destino serlo, y que me iría a vivir al Norte y me casaría con una linda rubia de ojos azules. ("Florence, por supuesto".) Dejo las fotos sobre la mesa y aparto lentamente las cortinas. Mis hijos, Andrew y Albert, corriendo sobre la hierba de Montana me producen una nostalgia que confundo con un escalofrío. “Ay, Acapulco, Acapulco…”

Acapulco

Mansas quimerasMay 7, 2007 5:28 pm

 Está, por ejemplo, Guillermo Foix, un hombre alto, de bigote grueso y voz de ex fumador. Más que voz diría risa, risa de ex fumador. No es fácil adivinar que es director de una revista que con cada tirada pierde lectores. “La culpa es de la internet”, se justifica, malhumorado. Es probable que por eso haya regresado al cigarrillo, aunque nadie lo sepa, aunque ahora en vez de fumárselo completo le dé sólo unas pocas caladas antes de arrojarlo al suelo. Pero ha vuelto, y el vicio, que siempre perdona, le esperaba con los brazos abiertos, como debieron haber recibido a Ulises luego de su brutal regreso. Esta noche Foix ha dormido bien, algo inusual. Ya en la mesa, mientras tomaba la segunda taza de café, se recordó que fue por el sueño maravilloso que tuvo. Un sueño bolañesco, si se quiere. Estaba él, vestido con una pesada armadura medieval, sobre un altísimo rascacielos de Chicago. Empuñaba una espada suficientemente afilada, según él mismo había comprobado con la yema del índice, y que brillaba como un espejo viejo. Estaba a tiempo para su duelo. También su contrincante fue puntual. En el instante en que sus miradas se cruzaron empezó el combate. Fue breve pero mortal. Al final, en medio de chispazos y de una fría humareda, Foix se encontró a sí mismo con un pie sobre los escombros de su recién derrotado enemigo, la internet. “Ahora todos regresán a la revista…”, balbuceaba al abrir los ojos, luego de aquel sueño reconfortante.

Mansas quimerasMay 3, 2007 2:52 pm

Paraguas amarillo

 Salimos juntos del edificio pero a los pocos pasos me separé de ella y de su paraguas amarillo para adelantarme y tenerle abierta la puerta del auto, para que esperara bajo la lluvia lo menos posible. Ella, que igual se había empapado desde los tacones hasta las invisibles horquetillas del cabello, me lo agradeció con una suave sonrisa adornada con un tono grana en las mejillas. Por este tipo de despliegues, estos gestos -como le dice ella-, dicen que soy un caballero. Y sí, es probable que lo sea, al menos en contraste con la media masculina. Lo cierto es que el mérito no es mío. El mérito lo tiene, en realidad, una sola mujer, Ana Karina Losano, la mexicana. Alta (casi tanto como yo), tenía el porte elegante del modelaje, aunque sin la quijada pretenciosa y los labios más bien carnosillos. Caminábamos juntos las calles ardientes de Los Ángeles, obligándome ella a estar siempre del lado de la calle para protegerla, de algún charco oscuro, de algún auto desbocado, de lo que fuera que pudiera afectar su carácter de mujer indiscutible. Cuando me descuidaba siempre me lo recordaba con un tono que podría haber pasado por cordial de no haber ido acompañado por la intensidad de su mirada. Ante sus ojos mis ojos cedían. Y si se lo cuestionaba, como cuando rehusaba a abrirle la puerta del carro para que se bajara, ella decía que era mi deber tratarla así porque ella “lo valía”. Yo, que a decir verdad comenzaba a disfrutar de aquel juego, fui descubriendo que Ana Karina, en cambio, se lo tomaba demasiado en serio. Mis descuidos, a veces por torpeza y a veces por olvido, fueron sumándose con el paso de los meses, hacia el adviento de otro ocre otoño. Supe que me había enamorado de ella demasiado tarde, cuando ya su piel infinita y sus uñas de filo perfecto se cansaron de mi indiligencia. Así me lo hizo saber un jueves de noviembre, en la perfecta caligrafía de una carta profundamente perfumada y sellada con la cera de una vela artesanal de la Toscana. Como un eco exquisitamente burgués, las últimas palabras de su tinta azul decían, "porque yo lo valgo, Manuel, porque yo lo valgo". Más abajo su firma extensa y elegante, acompañada por lo que parecía una mínima corona dibujada sobre la o. Y yo, caballero desplazado, regresando a cada recuerdo para abrirle con esmero todas las puertas y hacer de escudo contra charcos, batallando por ella la garúa.

Mansas quimerasApril 12, 2007 5:37 pm

 No había rastros de sonrisa mientras sus labios se estiraban y el golpe de su aliento apagaba, en cuestión de segundos, aquel batallón de velitas encendidas. Su semblanza, el timbre de su voz, el hondo brillo de su mirada, todo era idéntico al día anterior, al once de abril, el último día de sus cincuenta y nueve años. Pero ahora que el calendario la delataba y que entraba empujada por los años en la sexta década de su existencia, Malva se sentía traicionada. Y entendió, según su propio criterio, aún mientras su tronco se plegaba sobre la mesa y los hoyitos en sus mejillas sugerían, de haberla visto desde lejos, quizás desde la ventana de algún vecino apartamento, que ella soplaba sobre una torta de cumpleaños, que ya nada volvería a ser igual y que ya no habrían artificios franceses ni diligencias del bisturí donde podría esconderse. Tal vez por eso respondió con calma cuando Antonia le preguntó por el espejo de la sala. “Lo decidí esta mañana”, dijo. “Desmonté todos los espejos de la casa. De verdad, no me hace falta darme cuenta de cómo el tiempo se entretiene con mi cuerpo”. Ambas se rieron, tomadas de manos, pero quien las vio supo en seguida que se trataba de risas diferentes.

Mansas quimeras, Circo negroFebruary 23, 2007 6:53 pm

Gin and tonic Comencé a beber el líquido de los hielos que se iban derritiendo, mientras esperaba a que ella terminara su cerveza, una Corona en la que flotaba la fracción de un limón espumante. En su mesa estaba su cartera, negra y pequeña, reposando al lado de otra más grande y blanca, la de su amiga, una muchacha que seguramente rozaba ya los treinta y que hablaba sin dejar de sonreír, con sus redondos ojos claros muy abiertos. Su amiga escuchaba sin prestarle demasiada atención, alternando la mirada entre la cerveza y la pista de baile, que poco a poco se llenaba de una juventud exaltada, no necesariamente atractiva. Cuando bebió el último trago y su lengua jugó por unos segundos con el limón que la gravedad envió hasta el pico de la botella supe que esa noche yo tendría la misma suerte del limón y su lengua también jugaría con la mía. Eso pensé cuando me levanté y caminé despacio hacia su mesa, a pocos pasos de la mía, en la que mi amigo Antonio esperaría mientras yo intentaba una conversación con la de la cartera negra y la botella vacía. Saludé, mirando por un segundo a la amiga y luego concentrando toda mi atención en la muchacha de ojos oscuros, que había acercado su cara a la mía para escuchar mi proposición de traerle otra Corona y algo - lo que ella quisiera - para su amiga. Sonrió y luego le explicó a gritos a la amiga que si quería algo para tomar. Una Coors light, me dijo, todavía con su amplia sonrisa sostenida entre los gruesos cachetes, mucho más carnosos ahora que estábamos tan cerca. Fui al bar y ordené las cervezas, un güisqui tónic para Antonio y un gin tónic para mí. Regresé a su mesa sosteniendo con esmero las bebidas y llamé con un gesto a Antonio para que se acercara. Era una matemática simple, ellas dos y nosotros dos, ella bonita y yo buscando una muchacha bonita. Antonio se portó a la altura, distrayendo con cualquier conversación a una amiga que con cada gesto se descubría más pasada de kilos, aunque efervescente de simpatía y delicadas anécdotas de mujer soltera que quiere dejar de serlo. Mientras tanto yo me presentaba, y al estrechar su mano la sentí fría y suave, por la temperatura de la Corona, en la que otro limón despedía una espuma fina. Su nombre era Angélica, un nombre que fui confirmando a medida que las palabras se iban quedando en el trasfondo, detrás del lenguaje milimétrico de su cuerpo, mucho más atrás del perfume que subía desde su piel y me hacía entender lo que querían decir Wisin y Yandel en el reguetón que sonaba en la pista, “sospecho, de hecho, que a la gata le duele el pecho. Tengo la solución pa` tu despecho, mira pa`l techo y buen provecho”. ¿Bailamos? Por supuesto, le dije, mientras le ofrecía la mano para que se levantara de la silla. Se acomodó el cabello, oscuro y lacio, y luego la falda blanca, que por haber estado sentada se le había subido hasta el medio muslo. Me reí al pensar en esa palabra, “muslo”, porque recordé que no había cenado y que tal vez por eso los gin tónics se me habían subido tan rápido a la cabeza. Bailando me gritó que era enfermera. Yo le dije que estaba contento que fuera enfermera porque así, si me sentía mal, ella podría cuidarme con todo el cariño y con los conocimientos de la ciencia. Ella se rió, y entonces me explicó que era enfermera, pero de un hospital de urología. Yo le dije que eso era perfecto, porque justamente necesitaba un diagnóstico urgente. Resulta, le dije, que cuando te acercas bailando así se me… Pero ella me interrumpió poniendo un dedo sobre mi boca. Ya sé lo que tienes, dijo, es un síntoma de mezclar alcohol con reguetón y luego bailar conmigo. Me sonrojé. Por suerte, continuó, conozco el remedio perfecto. Fue entonces cuando vi a Antonio bailando con la amiga, la gordita, y pensé, “definitivamente, se trata de una epidemia”.

Mansas quimerasFebruary 4, 2007 10:15 am

 Era mentira que estaba sentado en el balcón para mirar la tarde y escuchar el silencio de carros que pasaban y frenaban al acercarse a la curva de la calle Navajo, al final de la torcida hilera de pinos. Pero eso le había asegurado a Marcel cuando le pedí que me dejara solo. Y no te olvides de cerrar la puerta y correr la cortina, al menos haz eso, le dije, cierra la cortina. Los cigarrillos estaban adentro, sobre la fórmica de la cocina. No quise entrar a buscarlos, así que pasaron dos horas, tres, y yo sólo pensaba en Carla, o sea, en lo que me dijo, y en que tal vez sí debía entrar y volver a salir con la cajetilla para furmarme uno, a ver si tal vez así me temblaban menos las manos, me palpitaba un poco menos fuerte el corazón. Pero no entré. Y para cuando Marcel salió de nuevo y me ofreció una cobija o un suéter, o algo caliente para tomar, lo que sea, me dijo, que yo te lo traigo, yo le dije que no, que no quería o no necesiaba nada, pero que se quedara conmigo, que tal vez no le iba a contar nada, pero que en caso de que sí le contara algo tenía que prometerme que no la juzagaría a Carla, que no se atreviera. Él asinstió y se sentó en silencio, el mismo silencio con el que yo me arrodillaba de pequeño frente a la sacristía. Un silencio casi reverencial, porque no era un secreto que Marcel me admiraba. Aunque yo no hubiera publicado nada más luego de ‘Las horas imperfectas’, en el ochenta y ocho, me admiraba. Y yo lo odiaba por eso, pero le quería porque era un buen amigo. A pesar de todo, era el único amigo que me quedaba en esta vida. A esa hora, recuerdo, las figuras de los pinos se veían borrosas, gastadas sobre las luces rojas de los carros que entraban en la curva y frenaban para bajar la velocidad. A esa hora lloré porque me di cuenta que no existen, que no es verdad que existen las horas imperfectas. Fue entonces cuando escuchamos el chirriar que sólo puede hacer el brusco frenar de un carro, y Carla desapareció. Carla había desaparecido y las luces del Accord se adentraron en la noche, de la misma manera que se pierde de vista una luciérnaga.

Mansas quimerasJanuary 10, 2007 5:30 am

 La nieve no había empezado a caer, pero su unánime silencio ya le precedía. Una moto que pasaba, los graznidos de una bandada de cuervos, cada sonido era absorbido por aquella premonición de que pronto comenzarían a descender los primeros copos. Kate no escuchaba nada y coqueteaba con la idea de encontarse lejos de todo, mucho más lejos de lo que la vista, ese sentido por el cual ponía las manos al fuego, le aseguraba. Sintió entonces el mismo escalofrío que se apoderaba de ella cuando dudada abiertamente de Dios o cuando pensaba en la trivialidad de la muerte. Miró de reojo su pecho y vió que la cruz seguía allí, lisa y plateada. Admitió su cobardía al reconocerse demasiado supersticiosa y, a la vez, agnóstica, pero decidió que la vida estaba plagada de contradicciones y que esa suya era, en realidad, una de las más sanas. Tosió, en parte porque había descubierto que era una buena técnica para distraer a la mente y regrasarla a la paz del blanco cuando ésta se independizaba demasiado. Así se dio cuenta que de la tarde sólo quedaba una luz espesa, que no lograba levantar sombras y que le producía una repentina sensación de lástima, de desamparo. Pensó en Ensayo sobre la ceguera y trató de no pestañear mientras observaba los cambios del semáforo, pero la brisa le lastimaba. Fijó la mirada en la distancia, arrugando un poco la piel cerca de los ojos, juntó sus manos enguantandas sobre el vientre y se cuidó de no volver a mirar el reloj. No se había olvidado de la promesa que se había hecho cuando despegaba el avión: aunque me cueste, se obligó, voy a aprender a esperar. Y esperando estaba cuando vió que se aproximaba la camioneta gris, dos puertas, marca Ford, que le había descrito esa voz, a ratos misteriosa y atractiva, por teléfono. Se detuvo frente a ella, y en sus vidrios ahumados pudo Kate reconocerse una última vez antes de que se abriera la puerta y, sin dudar, se subiera al auto. Nadie escuchó el ruido del motor cuando se puso en marcha; la llegada de la nieve era inminente.

Mansas quimeras, Circo negroJuly 19, 2006 2:59 pm

Good and Evil Ahora, nerviosa, piensa en la posibilidad de resucitarlo. Se pregunta, mientras comprueba lo deplorable de su estado ante un espejo de medio cuerpo, si era así como quería sentirse, si era de esa forma espantosa que pensaba atravesar el arco insalvable de la vejez. Tanto, tanto dinero, afirma en voz alta, y sin embargo… Sin embargo se siente miserable, la invita a que afirme, a que acepte, su terapeuta. Sí, haber asesinado al joven la liberó de lo que creía un condena ad infinitum, pero ahora encuentra que su vida es más vacía y supérflua que nunca. Ni siquiera su hija le brinda el consuelo y la esperanza que antes le daban las aventuras del tímido muchacho del relámpago en la frente. Y por qué no lo resucitas, pregunta, con genuina curiosidad, la doctora; en teoría, en aquel mundo mágico todo podría ser posible… La mujer, que ha regresado su mirada desde el espejo, se muerde el labio inferior sin apretar demasiado los dientes. Piensa. Por supuesto que podría devolverle la vida, objeta con una emoción renovada, pero te recuerdo que el verdader meollo de la saga ha sido siempre la batalla entre el bien y el mal. Y la muerte, del modo en que la planteé, es avalada por el bien. Resucitarlo sería una abominación, medita. Estas últimas palabras las pronunció de pie, a modo de preámbulo de despedida. Luego de salir, la doctora entiende las justificaciones de su paciente como un retroceso en la terapia. Anota en su cuaderno: no hay que descartar el internarla. Luego piensa en qué excusa le dará ella a sus hijas por no haber pedido, de nuevo, que su paciente le regalara - solamente - un par de firmas dedicadas. Suspira.

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 Esto fue una simple ocurrencia que nació luego de haber leído que J.K. Rowling, autora, pensaba matar a dos personajes en la próxima entrega de Harry Potter, y que uno de los muertos podría ser el propio protagonista. No me he leído ninguno de sus libros - lo admito - pero me pareció que, desde el punto de vista del escritor que asesina a su héroe o antihéroe, hay cabida para bastante especulación. Ya sabemos que García Márquez lloró cuando le tocó matar a su viejo Coronel en ‘Cien años de soledad’, y se sabe también que Cervantes no tuvo más remedio que matar a Don Quijote para evitar que otros escritores siguieran copiándolo. Lo interesantes del caso de J.K. Rowling es que ella pretende matar a Potter porque no quiere escribir sobre el joven mago por el resto de su vida, segun sus propias declaraciones. Este fue mi aporte, ficticio, sobre lo que pasaría si ella decide acabar con la vida de su héroe y gallina de huevos de oro…

Mansas quimerasJune 13, 2006 3:05 pm

Plastilina subway 

 Con nosotros también se sube ella. Pide permiso, muy cortésmente, hasta encontrar un espacio - una silla, hoy tiene suerte - donde apoyar su delgado cuerpo, que esa mañana decidió vestir con un parco vestido sin mangas que apenas alcanza sus rodillas. Algunos pasajeros se interesan y dejan de leer, de hablar, de pensar, para mirarle y decidir si esa cara tan familiar es o no ella. Pronto la reconocen, inclusive quienes nunca la habían visto y sólo le conocían por referencias, por rumores. Ella, como si nada, saca una manzana del bolso gris que lleva sobre el hombro derecho y la mira unos segundos antes de propinarle un primer y largo mordisco. En ese momento los que le estaban mirando vuelven a repirar, como si hubieran dejado de hacerlo por mucho – demasiado - tiempo. No, no puede ser ella, razonan. Todos saben que ella - no esta sino la verdadera - es anoréxica y nunca se alimenta. Sólo entonces me doy cuenta que no soy el único que ha olvidado bajar en Urquinaona.

Mansas quimerasFebruary 21, 2006 2:03 pm

 remando

  La voz se hacía más liviana sobre el agua. Varias veces tuvo Garcét que gritar, que llevarse las manos arqueadas al borde de sus labios para que las palabras no se desmenuzaran hasta mezclarse con el crepúsculo y la bruma antes de llegar a los oídos trasnochados del señor Kertz, quien a duras penas sostenía un remo con lo que desde lejos hubiera pasado por nada menos que desidia y pereza. Pero eran el cansancio y el sueño, que llevaba días pesándole en los párpados, lo que drenaban su otrora agilidad. O acaso serían los años, que ya comenzaban a cuestionarle su preferencia por los excesos. En todo caso el pequeño bote se alejaba más despacio que rápido de la orilla, pero se alejaba al fin, mientras la noche se retiraba también de todos los rincones y el silencio. Podría decirse que huían, si se sigue hilando la trama desde la misma distancia del hipotético testigo, el que hubiera acusado al viejo Kertz de flojedad, con la diferencia que, en este caso, tendría razón.¿Era la tercera noche? Sólo ellos sabían con certeza cuántos días llevaban así, escapando de la razón y todo su prestigio. No creo que haga falta decir que la policía seguía sus métodos con urgencia y que los primeros agentes ya hacían campamento en la mañana de la otra orilla…

Mansas quimerasFebruary 17, 2006 8:11 pm

          Gondolas

 Recuerdo la primera vez que visité Venezia, en los días del último Jubileo. Llegué con mis dieciocho años a la estación de tren poco después de la medianoche. Afuera llovía una lluvia tranquila, como migas de agua. Estaba solo (viajaba de mochilero) y no tenía reservación de hotel ni plan alguno aparte de conocer la ciudad, escribir y tomar fotos.  Una mujer hermosa, mayor sin dejar de ser joven, se acercó a hablarme. Supongo que se dio cuenta que me disponía a pasar la noche en las heladas escaleras de la estación, a pesar de los carabinieri y las gotas de lluvia que encontraban mi piel y mis ropas con el viento. Me ofreció un espacio bajo su paraguas, y tomados del brazo me invitó a subirnos en el vaporetto hacia la plaza San Marco. Durante los casi veinticinco minutos que dura el trayecto hablamos de todo un poco, en un italiano tan básico que me hacía sonrojar. Para mi sorpresa, se ofreció a hospedarme en su apartamento, porque según ella, ya a esa hora no valía la pena pagar un hotel y en las pensiones simplemente no me iban a abrir la puerta. No aceptó dinero, sólo una invitación a almorzar al día siguiente en un restaurante muy pequeño y agradable que ella misma sugirió, y que los locales - porque era barato y estaba más bien escondido del turismo hardcore - solían frecuentar.

 Ahora, leyendo una de las últimas notas del blog de Santiago Roncagliolo que habla sobre la despoblación de Venezia, me duele pensar que, tal vez, Laura, junto con otras tantas víctimas del turismo cultural, se haya ido para siempre.

Mansas quimerasFebruary 11, 2006 5:13 pm

                                                  Gardel

 Existe un museo Carlos Gardel en la costa colombiana, avisado con un cartel de madera y letras rojas, entre las ciudades de Barranquilla y Cartagena de Indias. Al parecer el país se sintió en deuda luego de que el afamado cantante falleciera en Medellín, tierra de flores del interior, víctima del delirio de un par de pilotos, uno nativo y otro alemán, que por aquellos años treinta eran los únicos capacitados, entre comillas, para volar aviones comerciales. Su rivalidad inmensa terminó cuando el colombiano quiso intimidar al alemán dirigiendo su aeronave hacia éste, sin sospechar que el otro hacía lo mismo. Así murió Carlitos. Pero su voz tiene ahora paredes y una placa hermosa, labrada en bronce, en los salones de una pequeña casa ocre y pulcras tejas de arcilla. Allí estaban mis veintitrés años una tarde dorada, en los meses de poca lluvia, de tercero en la fila para entrar.

 En mi mochila llevaba una cámara fotográfica de las de antes, manual y aparatosa, y unos papeles amarillentos con la caligrafía cuidada de mi bisabuelo, el nonno Giuseppe, jurando que el cuerpo del cantante había sido reconocido por el saco Zari que, él supone, llevaba puesto el día del deceso. “Y que fue cosido por mis manos tan sólo unos meses antes de la catástrofe,” escribía el abuelo en uno de los párrafos. Así le decía él siempre, “La Catástrofe,” con mayúsculas. La música dentro del recinto, por supuesto, era de Gardel. Los tangos sonaban hermosos y exquisitamente trágicos desde su viaje de décadas y famas, saltando como sólo saltan las grabaciones viejas, como si en el fondo ardiera una fogata de bambúes, explotando a ratos sus cápsulas de oxígeno.

 El ámbito del museo estaba dotado de fotografías grises y recortes de periódicos enmarcados. Me detuve delante de un ventilador y sin pudor desabroché los dos botones superiores de mi camisa. La temperatura era la visitante más seria y consecuente de la veintena de personas que ese día llenaban el museo. Miré el reloj: las dos y cuarto, a tiempo. Con la frente arrugada busqué entre la gente al Señor Onetti, con quien me había citado para esa hora.

 Un “buenas tardes” me hizo voltear bruscamente. Era él. Al verlo supe por qué no lo había reconocido antes: no estaba vestido de la forma que había prometido por  teléfono. La chaqueta era gris y no llevaba ningún sombrero. No creo que haga falta decir lo imaginaba más joven y menos arrugado. Pensé en reclamárselo de forma alegre, pero recordé los consejos de su editora de no alterarle, pues su edad octogenaria llevaba encima varias cruces cardíacas. Nos sentamos en una de las mesas del cafecito que atendía una bella muchacha de pequitas y pelo muy rizado.

- Así que tú eres el nieto de Zari – dijo al fin el Señor Onetti.
- Sí – respondí, entonces ya sabe para qué estoy aquí.
- Por supuesto. También Carlota, mi editora, me había prevenido de tu viaje. Quieres saber si de verdad reconocieron a Carlitos por el paltó que hizo tu nonno sastre. ¿Y de qué te serviría saberlo?
- De nada. En eso estamos de acuerdo. Digamos que la curiosidad no mata al gato, tan sólo no le deja dormir…
 El Señor Onetti intentó una sonrisa. Fue entonces cuando llegaron los cafés y entendí la terquedad del biógrafo. En su conleche nadaba un gorda mosca, y cuando le advertí, me dijo: “Niño, yo fui a la guerra.” Y de golpe bebió completo el contenido de la taza.

 Entonces - dijo al fin - quieres que incluya en la próxima edición de mi biografía de Gardel la romántica versión de tu abuelo. Te repito, yo fui a la guerra…