Mansas quimerasJune 3, 2009 4:33 pm

 Me trajo las enchiladas en salsa verde, acompañadas de arroz, frijoles, queso blanco rayado y ensalada de tomate y lechuga, en un plato amarillo, largo y ovalado, que - me advirtió – estaba “muy, muy caliente”. Mientras esperaba, yo ya había abierto la servilleta que envolvía los cubiertos y le había exprimido medio limón al vaso de agua sin hielo, como siempre lo ordeno. “¿Hoy no gusta guacamole, amigo?”, me había preguntado. “No, hoy no, igual muchas gracias.” En ese momento todavía suponía que era por eso regresaba una, dos o hasta tres veces a la semana a comer en La Cascada Acapulco, porque Julieta - así se llama la mesera - ya conocía mis preferencias, y ese trato familiar me entibiaba un poco el corazón en un lugar como este, tan lejos de la patria y, como casi siempre, almorzando solo. Julieta me sonrió, se dio la vuelta  y caminó hacia la cocina, al fondo y a la izquierda del restaurante. Desde mi mesa veía el tatuaje en el cuello del cocinero, un hombre alto y grueso con la cabeza afeitada, pero pronto abandoné la idea de imaginar dónde se lo había tatuado y por qué había elegido ese diseño (que ni siquiera podía ver con precisión desde mi silla, pero que parecía ser un árbol en llamas). Me quedé viendo la puerta giratoria de la cocina, que nunca dejó de bambalearse, hasta que Julieta salió, un par de minutos luego. La vi perderse, de nuevo, esta vez detrás de una de las columnas del restaurante. Escuchaba su voz, delgada y fuerte, que repetía en voz alta la elección de los comensales sentados en aquella mesa, “dos taquitos al pastor, una orden de enchiladas en salsa roja, mole con pollo… y la ensalada no más de lechuga y tomate ¿no?, nada de cebolla… ¿Algo más, amigos?”. Para entonces ya me había comido todos los nachos de la cestita que había en la mesa, y hubiera comido más si me los hubieran traído; todavía sobraba un poco de salsa. Me limpié la boca con la servilleta y seguí esperando.
Ya sé que no debo tomar durante el almuerzo, que luego se me hace larga y pesada la tarde, y que, aunque a veces me pongo simpático, la mayoría de las veces me quedo callado, pensando en mis saudades. Pero nadie me detuvo cuando le pedí a Julieta la cuarta, la quinta, la sexta cerveza. Pronto sentí que la sangre se me ponía valiente y decidí llamarla. Julieta se acercó, preguntándome, aún sin haber llegado hasta mi mesa, si se me apetecía “otra”. Su pregunta me desilusionó; supongo que hubiera preferido que me preguntara otra cosa, como “y ¿por qué al amigo está bebiendo hoy tanto?”, algo que me hiciera pensar que ella se interesaba en mí más allá de lo que pudiera añadirle a mi cuenta. Me dije que si alguien tenía que comenzar a hablar de algo aparte del menú, era yo. Le pedí que se sentara un momento pero se negó, y vi en su cara que ya había notado que las seis o siete cervezas habían sido suficientes, quizá demasiadas, para mí. Pero no se escabulló. Pudo haberlo hecho, pero no; se quedó allí, parada, viéndome, al parecer sin saber qué hacer. Le pregunté, “¿Tú sabías que yo también soy de México? Soy de Guanajuato.” Ella me dijo, “sí, claro que lo sé. ¿A poco no te iba a reconocer el cantadito?”. Sonrió, y entonces le pregunté, mirándole a los ojos, uno por uno, detalladamente, “y ¿cuándo llegaste al Norte, muñeca?”. Se sonrojó, o me pareció que se sonrojaba, y me dijo que había llegado en el 2001, justo antes de lo de las torres en Nueva York, y que antes de llegar aquí, a Washington, había pasado unos años en California, donde también trabajó de mesera, “en un fonda pequeñita, mucho más que este restaurante, pintada de naranja y con mesas y sillas de plástico. Yo era la única mesera.” Julieta es una muchacha joven, al menos quince años menor que yo, y aunque siempre le había encontrado atractiva, nunca, hasta ese momento, había reparado tan detenidamente en su belleza, en su piel oscura, sus ojos café, su cabello entornillado y corto, su boca de pastel. En ese momento quise tener su juventud con olor a perejil, comino y jalapeños entre mis brazos, apretándola. Me pregunté si ella se había imaginado alguna vez mi viejo pecho cubriendo su espalda. Tragué saliva antes de hacerle otra pregunta, “y ¿llegaste cómo, muñeca? ¿Eres mojada, como yo?”. Respondió que sí, añadiendo que prefería no seguir hablando del tema. “Lo siento”, me disculpé. “No, si no es culpa suya. La culpa es de Alfonso Santos Torrealba.” Por supuesto, quise saber quién era ese señor, y se lo dije. Me miró por unos segundos y, cambiado su tono alegre por uno que me pareció más bien asustado y distante, me dijo, “está bien, le explico…
Yo soy de un pueblito muy pequeño que se llama La Ventosa, que queda en las costas sureñas de Oaxaca, un lugar muy seco y, como podrá imaginarse, bastante pobre.  Allí nací, por allá en 1980, y allí me crié y viví por muchos años, primero en casa de mis abuelos, que diosito los tenga en su gloria, luego en una casita que mi mamá consiguió en las afueras del pueblo. Antes de que pregunte por mi familia” - me advirtió – “le cuento que, de niña, siempre me dijeron que mi padre fue un gran pescador, y que una madrugada salió en su bote y no regresó nunca más. Mamá me decía que había muerto en el mar, por culpa de una tormenta, y yo le creía hasta el punto de que por muchos años no quise bañarme en la playa porque pensaba que un día iba a regresar flotando, muerto.” Pausó para respirar, y ese par de segundos le alcanzaron para pasear su mirada por el horizonte, sobre el agua gris y las montañas moradas de la costa del Puget Sound. “Muchos años más tarde, mi hermano, Ricardo, me contó que sí, había sido un gran pescador, pero no había muerto pescando sino que murió por culpa de…”. “¿Alfonso Santos Torrealba?”, interrumpí yo, emocionado. “No, no”, dijo ella, filtrando una blanda sonrisa. Yo también sonreí, y contuve las ganas de poner mi mano sobre la tuya, que reposaba sobre el respaldar de madera de la silla al lado de la mía. Julieta continuó contándome su historia. “Mi padre murió en el agua, pero no en una tormenta, como me había dicho mi madre, sino por culpa del trago, del tequila. Esa noche había bebido mucho, y como no había tenido suerte en la pesca ni esa semana, ni al anterior, ni la de más atrás, le dio por salir y sacar su bote en medio de la noche, completamente borracho, gritando que iba a traer pescados enormes, que nunca más nos iba a faltar nada de nada…Nadie lo detuvo y mi padre no regresó nunca más.” Qué historia tan triste, pensé, pero no se lo dije. No quería que ella creyera que le tenía lástima, aunque sí que se la tenía, sin reparar que de la lástima también puede nacer el sentimiento de protección, y de la protección la sensación de adueñamiento… y de allí a los celos y al amor es sólo un saltito, corto pero de difícil retorno. Tragué saliva. “Pero, entonces, Julieta, ¡no me ha dicho quién es Alfonso Santos Torrealba!” Ella respondió, asintiendo, “un momentito, un momentito, a eso vamos.” Ambos nos reímos y me di cuenta que ella estaba un poco más relajada, menos aprensada. “La primera vez que recuerdo haber escuchado su nombre debí de haber tenido unos once o doce años,” continuó, “y desde ese momento no dejé de escucharlo al menos una vez al día, si no más. Alfonso Santos Torrealba era un señor de los más ricos del pueblo, muy influyente, dueño de muchas tierras, de animales y barcos de pesca. Dicen que también estaba involucrado en la política, pero de eso no me enteré bien nunca; era un tema demasiado complicado. Por esa época mi hermano ya se había ido de la casa al norte, a Guadalajara, buscando trabajo en cualquier cosa. A veces nos mandaba algún dinerito pero no alcanzaba para mucho y mamá tenía que coser, limpiar, y cocinar para que pudiéramos vivir y alimentarnos. Fueron tiempos muy duros, recuerdo, pero yo era sólo una niña y pensaba que la vida era así, y punto. Pero entonces Alfonso Santos Torrealba comenzó a pasar por la casa, cada vez con más frecuencia. Cuando se escuchaba su caballo afuera, mamá se lavaba las manos, se las secaba con el delantal, y salía a hablar con él, que nunca se bajaba de su animal y tampoco se quitaba el sombrero. Recuerdo pensar que eso debía significar ser alguien importante, no tener que bajarte del caballo ni quitarte el sombrero cuando hablabas con alguien; todos los demás en el pueblo lo hacían menos él, el gran Alfonso Santos Torrealba, ja…” Descubrí un rastro de rabia en la risa de Julieta pero no quise que desviara su relato así que insistí en que siguiera. “Y ¿para qué iba tanto a la casa Alfonso Santos Torrealba?”, pregunté. Julieta, inmediatamente, me miró a los ojos, que parecían en llamas, y me gritó, “¡porque mamá me estaba vendiendo!”. Su grito hizo que la poca gente que quedaba el restaurante volteara a vernos y, Julieta, sonrojada, se dio cuenta que otra mesa la necesitaba. “Ya regreso”, me dijo. Mi corazón tumbaba con fuerza mientras el eco del grito de Julieta se repetía en mi cabeza… “¡Porque mamá me estaba vendiendo! ¡Porque mamá me estaba vendiendo!” El cuerpo de Julieta caminó con una cadencia dulce y resbalosa a la otra mesa, se inclinó levente, y regaló una sonrisa a los comensales con los que conversaba. De ahí a la cocina, de la que salió unos minutos más tarde con un par de flanes de coco, con su cereza de adorno y dos cucharitas.
 Julieta regresó a mi mesa y, por su voz, supe que se había arrepentido de haber gritado aquella terrible acusación a su madre. Durante esos minutos lejos de mi mesa había recapacitado; su tono era ahora conciliador: “Como le había dicho antes, eran tiempos muy duros, aquellos. Mamá quería para mí una vida mejor, que yo pasara menos trabajo que ella, que fuera más feliz. Ya no la culpo por haber querido entregarme al hombre más rico del pueblo porque sé que, en el fondo, ella quería lo mejor para mí…
 Todo comenzó una tarde, luego de misa. Mamá y yo caminábamos tomadas de la mano de regreso a casa. Alfonso Santos Torrealba, al parecer, nos vio en medio de la calle de polvo, y al día siguiente mandó a llamar a mi madre. Le dijo que me había visto y que, como él sabía de mujeres, sabía que yo iba a crecer y convertirme en una hermosa mujer oaxaqueña, y que, pos, me quería para él, como si los veinticinco años de diferencia entre mi edad y la suya no importaran, y ¡sin siquiera preguntarme a mí primero! Mi madre estaba asustada y aceptó, haciéndole prometer primero que él debía esperar a que yo cumpliera los quince años y que, luego, debía asegurarse de que yo y ella no pasáramos ningún trabajo. Alfonso Santos Torrealba aceptó, desde luego. Él siempre se salía con la suya…” Me di cuenta que el rencor de Julieta tenía también algo de admiración. ¿Cómo era Alfonso Santos Torrealba, no el personaje, el mito, sino el hombre? Le hice esa pregunta y, para mi sorpresa, la respuesta de Julieta fue suave, nostálgica. “Nunca lo conocí bien. Lo recuerdo montado en su caballo, alto y con una mirada de fiera. Sus bigotes eran cortos y afilados, y en su voz había una fuerza distinta que te obligaba, de alguna manera, a obedecer. Siempre cargaba una pistola pero nunca supe si alguna vez tuvo que usarla. Era un hombre respetado pero se decía que no era muy honesto, que tenía negocios extraños por aquí y por allá. Pero sobre todo, era un hombre que sabía lo que quería, y que no descansaba hasta conseguirlo. No se lo ocultaba a nadie, además. Por eso es que, cuando yo cumplí los quince, ya todo el pueblo sabía que iba a venir a buscarme. Creo que yo fui la última en enterarse, pero cuando lo hice tuve mucho miedo, y así fue como el día de mis quince años, antes del anochecer, salí de casa, corriendo… Y, fíjese, hasta aquí he llegado. Pero no le miento… Mi sueño tampoco era ser una mesera en esta esquinita del mundo, no. ¿Sabe? A veces me pregunto qué hubiera pasado si me hubiera montado en el caballo de Alfonso Santos Torrealba… ¿Sería hoy la dueña y señora de La Ventosa?” En sus ojos, igual que como ocurre en el cielo, había un aviso de lluvia, de tormenta. Antes de que llorara puse mi mano sobre la suya y le dije, “todos, alguna vez, hemos salido corriendo. Lo difícil no es escapar sino saber cuándo hay que detenerse…” Julieta no movió su mano y supe que, en ese momento, yo era Alfonso Santos Torrealba.

Mansas quimerasMarch 31, 2009 5:36 pm

 La distancia distorsiona. Es una simple conclusión a la que se llega sin ser científico, sin ni siquiera saber exactamente qué significa la palabra distorsión. Andy dio con la idea luego de mirar hacia abajo con los ojos muy abiertos y decir, con un temple en la voz que parecía llegar desde el lugar menos flácido de su rechoncho cuerpo, “estamos tan alto que todo allá abajo parece otra cosa”. Había cierta solemnidad en sus palabras, y tal vez fue por eso que John, que hasta ese momento no había soltado su copia del The Wall Street Journal, volteó y corrió sus espejuelos desde el entrecejo hasta el borde de la nariz, inclinando hacia abajo la cabeza y hacia arriba la mirada, buscando ver a través de la ventanilla lo que su compañero de fila observaba con tanta contemplación. No pudo ver nada, así que, en un arranque de más osadía a la que su edad estaba acostumbrada, desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó, sin pedir permiso, sobre el espacio que ocupaba el joven Andy, asomándose durante varios, largos segundo por la ventanilla del 737. Abajo, un territorio blanco con manchas oscuras se perdía bajo la luz agonizante de un sol que se despedía con colores que a John le parecieron inéditos. Suspiró, y mientras se acomodaba de nuevo en su asiento lo dijo, “la distancia distorsiona, ¿no, muchacho?; desde aquí la nieve parece un desierto blanco lleno de puntiagudos oasis negros”. Andy tragó el último sorbo de su refresco y saboreó el espeso rastro dulce que envolvía su lengua, embelesado. Quiso entonces saber más palabras, y poder decirlas en el momento justo. Como John, pensó, mirándole sus medias negras con rombos ocres en los costados; el serio hombre de negocios que, de repente, a treinta mil pies de altura, podía ser también poeta. Pero Andy no sabía exactamente lo que significaba ser poeta. Resuelto, llamó de nuevo a la azafata; la incógnita bien valía otro refresco y, “si quedaban”, otro paquetico más de esos pretzels salados…

Desde el aire

Mansas quimerasOctober 14, 2008 6:57 am

Descansa. Se ha detenido a recuperar al menos algo del aire que ha perdido subiendo los primeros tres cuartos de escaleras que conducen al castillo. Sabe que justamente allí, apoyado a aquel mismo muro antiguo, se han tomado fotos políticos y actores muy cotizados en su tiempo, jugadores de fútbol y hasta cierto pintor huraño que ya ha fallecido, pero de quien se habla con una familiaridad que, seguramente, él hubiera detestado. Respira. Su cuerpo entero delata que respira a bocanadas. Un pescado, la cola separada de una lagartija, qué más asemeja… Igual que otras veces en que el corazón le ha batido con furia, piensa que, ahora sí, visitaré el gimnasio con frecuencia. O ni siquiera con frecuencia, visitaré el gimnasio y punto. Nunca es demasiado tarde, sentencia. Nunca es demasiado tarde hasta que es demasiado tarde, habría alguien de decirle. Pero nadie lee los pensamientos de nadie, y mucho menos si se trata de un turista americano en plena Barcelona, donde, si por casualidad aparece alguno que lee pensamientos, qué probabilidades hay de que sepa inglés… No, eso ya sería demasiada coincidencia. Y eso es algo que nosotras las estatuas nos lo tenemos muy claro, no hay nada fortuito. Ni siquiera hay azar en los atinos de las palomas en vuelo. Ni siquiera… El turista decide seguir ascendiendo aún cuando no le han dejado de palpitar las venas de los ojos. Por eso yo insisto en que es mucho más adecuado para esta vida tener un corazón de piedra. Un tema discutible, sin duda. Eternamente discutible.

Estatua

Mansas quimeras, Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyJuly 2, 2008 5:01 pm

El señor X y yo nos saludamos siempre que nos cruzamos por un pasillo o coincidimos en la línea para llenar la taza de café. A veces, cuando no podemos evitarlo, las circunstancias nos obligan a extender la amabilidad del buenos-días con preguntas sobre cómo se pasó el fin de semana o si se había notado que afuera un sol inesperado lo calentaba todo, “y, a veces, hasta el volante del carro quema”. Pero no siempre fue así de cordial mi relación con el señor X. Aunque desde que empecé a trabajar aquí lo veo andar de un lado al otro del edificio, hace sólo un par de semanas que se rompió el hielo del saludo. Antes, por ejemplo, yo sólo le aguantaba la puerta y esperaba a que cruzara el umbral con su eterna tacita de café, mientras me lo agradecía con su acento sureño, “thank ya”. Y siempre, mientras se alejaba, yo no podía evitar especular la razón de su pierna coja… ¿Un accidente? ¿Una enfermedad? ¿Habría nacido así? Lo cierto es que al señor X nunca lo he visto sonreír pero tampoco he visto que alguna vez se le derrame ni una gota de café de su taza tambaleante. Una mañana, hace un par de semanas, le saludé con un “good morning” mientras le aguantaba la puerta. Él, que estaba sacando de su bolsillo el paquete de cigarrillos, me miró a la cara y me respondió, “good mornin’, young man”, y siguió caminando, lenta y torpemente. Desde ese momento siempre que nos encontramos nos saludamos, y cada día me parece estar más cerca de conocer el misterio de su pierna coja… ¿Habrá sido en alguna guerra? ¿Será que eso es lo que pasa cuando se toma tanto café y se fuman tantos cigarrillos? No, ni siquiera con buen humor se aplaca esta cruda curiosidad, una curiosidad que aumenta en los días en que el trabajo se torna aburrido y la imaginación, como los papagayos* en la película The Kite Runner, se alza en vuelo.

Papagayo

*Cometas, papalotes, etc. en “venezolano”.

Mansas quimeras, Siempre es hoyJune 21, 2008 4:50 pm

A pesar de haber sido yo quien ha abierto las cortinas, mis ojos no están aún preparados – suficientemente entornados, quizás – para el golpe de luz. Afuera, en frente y siete pisos más abajo, San Diego va cobrando forma a medida que mis pupilas se adaptan a la nueva luz; lomas de un verde pálido y seco – casi marrón, piel de cascabel -, calles emparchadas y autopistas complicadas y anchas, viento con rastros de salitre, y el graznido errático de una o dos gaviotas siempre hambrientas que revolotean por las alturas del hotel. El calor – me doy cuenta - va trepando por mi piel. Es un calor que confirman mis manos al apoyarse en la baranda metálica del balcón, mientras voy sopesando las opciones que me depara el día. Las posibilidades turísticas que ofrece San Diego están bien ilustradas en una guía que encuentro en la mesita de noche de la habitación. El Downtown parece un buen punto de encuentro entre buenos restaurantes y tiendas pero lo descarto porque no he venido a San Diego a comer o hacer compras. Al noroeste del centro, en una ciudad satélite llamada La Jolla, encuentro parte de la respuesta de por qué he venido a California. Desde las cornisas de esta ciudad me enfrento a un Océano Pacífico vasto, elegante de olas y surfistas, con sus leones marinos enfilándose sobre la arena…
Nada queda quieto en el recuerdo. San Diego, en el mío, sólo se ha sabido agrandar.

Mansas quimerasSeptember 10, 2007 8:26 am

Ha querido entrar y estar ella también del otro lado de la puerta. Busca pero no encuentra ningún espejo cerca donde revisar el color exacto de sus labios y la temperatura de su mirada. En ese momento la asalta la esperanza y cerrando los ojos llama con el pensamiento a que el culpable de esos latidos desbocados abra la puerta y, sin camisa, como ella con fuerza le imagina, la invite a pasar con una sonrisa y los brazos abiertos. Abre los ojos lentamente y reconoce el Don Quijote y el Sancho Panza que adornan la mesa de cristal al fondo del pasillo. Se da cuenta de que la luz debajo de la puerta se ha apagado sin que la puerta llegara jamás a abrirse. Revisa entonces el reloj y se dice – se reclama - que se ha hecho tarde. En el ascensor se encuentra – “me esperaba”, asegura - con Oliverio Girondo, quien le recita un bellísimo poema del que, me confiesa, no recuerda ningún verso. “¿Cómo es posible que no te acuerdes de ni siquiera un verso?”, le pregunto. “No lo sé”, se disculpa, “así son los sueños, así de caprichosos y cobardes.”

Mansas quimerasAugust 13, 2007 9:01 pm

 Cuando te toca sentarte al lado de un obeso que ocupa el asiento junto a la ventana más un tercio del tuyo le echas la culpa al terrible azar que rige la existencia. Pero si te toca, como me tocó a mí en un viaje a San Francisco que casi me arruina la vida, sentarte al lado de una bellísima mujer, te felicitas por dentro porque tal fortuna no puede ser sino cosa del buen destino. ¿Su nombre? Eloisa Perreira, una rubia que aún tan lejos y luego ya de más de dos meses fuera de su Río de Janeiro, gozaba todavía del color bronceado que el sol de por esas playas le tatuó en el cuerpo. Nuestra conversación empezó al yo regañarla por estar leyendo algo de Paulo Coelho, ese autor al que está tan de moda criticar. Ella, con las gafas de sol a modo de cintillo, se volteó con una sonrisa amable y me preguntó por lo que yo estaba leyendo. Se lo enseñé: era un libro de Orhan Pamuk, a quien ella admitió no conocer. La conversación fue adquiriendo forma y fuerza, llegando a revelarnos cosas que sólo segundos antes, al menos por mi parte, considerábamos "secretos". Así fue que me enteré que llevaba dos meses "persiguiendo", esa fue la palabra que usó, a Carlos Alberto, su socio en un negocio en el que, al parecer, no les fue bien. "Me debe dinero", me dijo, "mucho." Yo traté de consolarla comentándole la belleza de su perfil contra la alfombra brillante de nubes que llenaba el óvalo de la ventanilla, pero ella, aunque sonrió ligeramente, siguió pensativa. Se le veía triste, y en su tristeza había una fuerza escondida que hacía que el avión se moviera de más y que el tiempo pasara demasiado incómodo y lento. Fue por eso que se me ocurrió hacerle esa pregunta de la que ahora tanto me arrepiento. "Dime, Eloisa, ¿en qué puedo ayudarte?".

 Ahora recuerdo con miedo su hermosura, sobre todo cuando recibo las cartas manuscritas que me envía desde el psiquiátrico. En esas cartas me recuerda que me quiere y que ya el dinero no le importa pero que si no la saco rápido va a contarlo todo, va a decir que Carlos Alberto no fue a San Francisco para suicidarse saltando del Golden Gate, sino que fui yo, junto a Paulo Coelho, quienes le empujamos. Parece que su recuperación va - ¿cómo es que reza el dicho? - viento en popa… Oh, meu Deus…

                         Deus...

Mansas quimerasJune 26, 2007 6:54 am

Miraba cómo se elevaba el humo del café hasta dispersarse en el aire sin esfuerzo. Desaparecía sin dolor, sin alardes, mágicamente, mientras él permanecía sentado en la banca verde, hipnotizado, viéndolo desvanecerse. Pasaban frente a él, pero sin que él reparara en ellos, los corredores, los ciclistas que abarrotan las mañanas, las divorciadas y los homosexuales que pasean sus perros vistosos armados de bolsitas de plástico y paciencia. O cariño, o verguenza, o repugnancia, quién sabe. Dio un primer sorbo temiendo quemarse la lengua. Fue un sorbido casi imperceptible, entre tímido y respetuoso. Era su manera de tomarse en serio la vida, habráse de suponer. Detrás de él, específicamente detrás de un espeso muro de cerezos que estaba a su espalda, había otro banco. Era imposible adivinarlo desde ese lado porque las ramas entrecruzadas creaban una pared impenetrable, pero sólo bastaba con seguir el camino asfaltado por un par de curvas y dabas con él, del mismo tamaño y color, y clavado al suelo con el mismo tipo de tornillos. Allí se sentó una pareja de novios, sin duda. Hablaban de la noche anterior con una complicidad revoltosa. Decidió suspender la bebida del café y escucharles a medida que las palabras llegaban menos sueltas y se convertían en ideas enteras. “Tú y yo estaremos juntos toda la vida” o “lo de anoche fue increíble, Sofía, nunca pensé que podría amar a alguien de esta forma”. ¿Envidia? Posiblemente, aunque no dejó de encontrarlo demasiado cursi. Se levantó con una lentitud exagerada y cambió a su mano izquierda el vaso de Starbuck’s, que aún producía una leve línea de humo danzante. Se acomodó torpemente la bufanda y caminó sobre el lado derecho de las curvas negras, evitando un par de ciclistas en licra. Pasó entonces frente a la pareja, que en ese momento se besaba, y sin detenerse vió el lado izquiero de la cara, el ojo cerrado y acaso enamorado de Sofía. ¿Cuántos meses habían pasado? ¿Cinco? ¿Cuatro y medio? La ciudad, se dijo al fin, se me está haciendo cada día más pequeña. En ese momento quiso tener una bicibleta también él y pedalear hasta el fin del mundo, hasta adentrarse en las sombras, para finalmente hundirse como una gota entre los pliegues del recuerdo. Otro sorbo, y que arda conmigo esta lengua.

Mansas quimerasMay 14, 2007 10:48 pm

 Estábamos en Acapulco. En lápiz, casi ilegible, están las fechas escritas en la delicada caligrafía de mi madre, que en paz descanse. Abril tal o cual de 1964. Ahora paso una a unas las fotos, evitando colocar las yemas sobre los colores, como me enseñaron desde niño, quizás desde antes de esas vacaciones de verano en las brillante playas de Acapulco. Yo tenía cinco años, cerca ya de los seis, la âge terrible… Me detengo en una de las fotos. Con su sombrero de hongo, su bigote perfectamente recortado, con su piel tostada por las inclemencias del sol, con sus ojos claros perforando el lente de la cámara y revolviendo la quietud de mi infancia, aquél turista gringo. Fue la primera vez que vi a alguien de tez y rasgos diferentes. Mi padre – recuerdo –, que vio mi cara de impresión, me sentó en sus piernas y me dijo, “es un gringo, mijo, un extranjero.” “¿Un extranjero?”, repetí. “Sí, alguien que no es de México,” siguió explicándome. Me dejó ir y regresé a la arena mojada, a construir castillos y jugar con una barca de madera. Otra foto me retrata jugando con una hermosísima chiquilla de cabellos dorados enroscados y ojos azules. Era la hija del extranjero. Jugábamos sin hablar, entendiéndonos como sólo los niños pueden hacerlo. En algún momento, la niña me regaló un caramelo, del que todavía recuerdo su forma, su color y el sabor a mantequilla perfumada. Esa tarde, de regreso en el hotel, mi padre me preguntó por qué estaba tan pensativo. “Yo quiero ser extranjero, papá”, le confesé. Él, como un presagio, dijo que sí, que seguramente era mi destino serlo, y que me iría a vivir al Norte y me casaría con una linda rubia de ojos azules. ("Florence, por supuesto".) Dejo las fotos sobre la mesa y aparto lentamente las cortinas. Mis hijos, Andrew y Albert, corriendo sobre la hierba de Montana me producen una nostalgia que confundo con un escalofrío. “Ay, Acapulco, Acapulco…”

Acapulco

Mansas quimerasMay 7, 2007 5:28 pm

 Está, por ejemplo, Guillermo Foix, un hombre alto, de bigote grueso y voz de ex fumador. Más que voz diría risa, risa de ex fumador. No es fácil adivinar que es director de una revista que con cada tirada pierde lectores. “La culpa es de la internet”, se justifica, malhumorado. Es probable que por eso haya regresado al cigarrillo, aunque nadie lo sepa, aunque ahora en vez de fumárselo completo le dé sólo unas pocas caladas antes de arrojarlo al suelo. Pero ha vuelto, y el vicio, que siempre perdona, le esperaba con los brazos abiertos, como debieron haber recibido a Ulises luego de su brutal regreso. Esta noche Foix ha dormido bien, algo inusual. Ya en la mesa, mientras tomaba la segunda taza de café, se recordó que fue por el sueño maravilloso que tuvo. Un sueño bolañesco, si se quiere. Estaba él, vestido con una pesada armadura medieval, sobre un altísimo rascacielos de Chicago. Empuñaba una espada suficientemente afilada, según él mismo había comprobado con la yema del índice, y que brillaba como un espejo viejo. Estaba a tiempo para su duelo. También su contrincante fue puntual. En el instante en que sus miradas se cruzaron empezó el combate. Fue breve pero mortal. Al final, en medio de chispazos y de una fría humareda, Foix se encontró a sí mismo con un pie sobre los escombros de su recién derrotado enemigo, la internet. “Ahora todos regresán a la revista…”, balbuceaba al abrir los ojos, luego de aquel sueño reconfortante.

Mansas quimerasMay 3, 2007 2:52 pm

Paraguas amarillo

 Salimos juntos del edificio pero a los pocos pasos me separé de ella y de su paraguas amarillo para adelantarme y tenerle abierta la puerta del auto, para que esperara bajo la lluvia lo menos posible. Ella, que igual se había empapado desde los tacones hasta las invisibles horquetillas del cabello, me lo agradeció con una suave sonrisa adornada con un tono grana en las mejillas. Por este tipo de despliegues, estos gestos -como le dice ella-, dicen que soy un caballero. Y sí, es probable que lo sea, al menos en contraste con la media masculina. Lo cierto es que el mérito no es mío. El mérito lo tiene, en realidad, una sola mujer, Ana Karina Losano, la mexicana. Alta (casi tanto como yo), tenía el porte elegante del modelaje, aunque sin la quijada pretenciosa y los labios más bien carnosillos. Caminábamos juntos las calles ardientes de Los Ángeles, obligándome ella a estar siempre del lado de la calle para protegerla, de algún charco oscuro, de algún auto desbocado, de lo que fuera que pudiera afectar su carácter de mujer indiscutible. Cuando me descuidaba siempre me lo recordaba con un tono que podría haber pasado por cordial de no haber ido acompañado por la intensidad de su mirada. Ante sus ojos mis ojos cedían. Y si se lo cuestionaba, como cuando rehusaba a abrirle la puerta del carro para que se bajara, ella decía que era mi deber tratarla así porque ella “lo valía”. Yo, que a decir verdad comenzaba a disfrutar de aquel juego, fui descubriendo que Ana Karina, en cambio, se lo tomaba demasiado en serio. Mis descuidos, a veces por torpeza y a veces por olvido, fueron sumándose con el paso de los meses, hacia el adviento de otro ocre otoño. Supe que me había enamorado de ella demasiado tarde, cuando ya su piel infinita y sus uñas de filo perfecto se cansaron de mi indiligencia. Así me lo hizo saber un jueves de noviembre, en la perfecta caligrafía de una carta profundamente perfumada y sellada con la cera de una vela artesanal de la Toscana. Como un eco exquisitamente burgués, las últimas palabras de su tinta azul decían, "porque yo lo valgo, Manuel, porque yo lo valgo". Más abajo su firma extensa y elegante, acompañada por lo que parecía una mínima corona dibujada sobre la o. Y yo, caballero desplazado, regresando a cada recuerdo para abrirle con esmero todas las puertas y hacer de escudo contra charcos, batallando por ella la garúa.

Mansas quimerasApril 12, 2007 5:37 pm

 No había rastros de sonrisa mientras sus labios se estiraban y el golpe de su aliento apagaba, en cuestión de segundos, aquel batallón de velitas encendidas. Su semblanza, el timbre de su voz, el hondo brillo de su mirada, todo era idéntico al día anterior, al once de abril, el último día de sus cincuenta y nueve años. Pero ahora que el calendario la delataba y que entraba empujada por los años en la sexta década de su existencia, Malva se sentía traicionada. Y entendió, según su propio criterio, aún mientras su tronco se plegaba sobre la mesa y los hoyitos en sus mejillas sugerían, de haberla visto desde lejos, quizás desde la ventana de algún vecino apartamento, que ella soplaba sobre una torta de cumpleaños, que ya nada volvería a ser igual y que ya no habrían artificios franceses ni diligencias del bisturí donde podría esconderse. Tal vez por eso respondió con calma cuando Antonia le preguntó por el espejo de la sala. “Lo decidí esta mañana”, dijo. “Desmonté todos los espejos de la casa. De verdad, no me hace falta darme cuenta de cómo el tiempo se entretiene con mi cuerpo”. Ambas se rieron, tomadas de manos, pero quien las vio supo en seguida que se trataba de risas diferentes.

Mansas quimeras, Circo negroFebruary 23, 2007 6:53 pm

Gin and tonic Comencé a beber el líquido de los hielos que se iban derritiendo, mientras esperaba a que ella terminara su cerveza, una Corona en la que flotaba la fracción de un limón espumante. En su mesa estaba su cartera, negra y pequeña, reposando al lado de otra más grande y blanca, la de su amiga, una muchacha que seguramente rozaba ya los treinta y que hablaba sin dejar de sonreír, con sus redondos ojos claros muy abiertos. Su amiga escuchaba sin prestarle demasiada atención, alternando la mirada entre la cerveza y la pista de baile, que poco a poco se llenaba de una juventud exaltada, no necesariamente atractiva. Cuando bebió el último trago y su lengua jugó por unos segundos con el limón que la gravedad envió hasta el pico de la botella supe que esa noche yo tendría la misma suerte del limón y su lengua también jugaría con la mía. Eso pensé cuando me levanté y caminé despacio hacia su mesa, a pocos pasos de la mía, en la que mi amigo Antonio esperaría mientras yo intentaba una conversación con la de la cartera negra y la botella vacía. Saludé, mirando por un segundo a la amiga y luego concentrando toda mi atención en la muchacha de ojos oscuros, que había acercado su cara a la mía para escuchar mi proposición de traerle otra Corona y algo - lo que ella quisiera - para su amiga. Sonrió y luego le explicó a gritos a la amiga que si quería algo para tomar. Una Coors light, me dijo, todavía con su amplia sonrisa sostenida entre los gruesos cachetes, mucho más carnosos ahora que estábamos tan cerca. Fui al bar y ordené las cervezas, un güisqui tónic para Antonio y un gin tónic para mí. Regresé a su mesa sosteniendo con esmero las bebidas y llamé con un gesto a Antonio para que se acercara. Era una matemática simple, ellas dos y nosotros dos, ella bonita y yo buscando una muchacha bonita. Antonio se portó a la altura, distrayendo con cualquier conversación a una amiga que con cada gesto se descubría más pasada de kilos, aunque efervescente de simpatía y delicadas anécdotas de mujer soltera que quiere dejar de serlo. Mientras tanto yo me presentaba, y al estrechar su mano la sentí fría y suave, por la temperatura de la Corona, en la que otro limón despedía una espuma fina. Su nombre era Angélica, un nombre que fui confirmando a medida que las palabras se iban quedando en el trasfondo, detrás del lenguaje milimétrico de su cuerpo, mucho más atrás del perfume que subía desde su piel y me hacía entender lo que querían decir Wisin y Yandel en el reguetón que sonaba en la pista, “sospecho, de hecho, que a la gata le duele el pecho. Tengo la solución pa` tu despecho, mira pa`l techo y buen provecho”. ¿Bailamos? Por supuesto, le dije, mientras le ofrecía la mano para que se levantara de la silla. Se acomodó el cabello, oscuro y lacio, y luego la falda blanca, que por haber estado sentada se le había subido hasta el medio muslo. Me reí al pensar en esa palabra, “muslo”, porque recordé que no había cenado y que tal vez por eso los gin tónics se me habían subido tan rápido a la cabeza. Bailando me gritó que era enfermera. Yo le dije que estaba contento que fuera enfermera porque así, si me sentía mal, ella podría cuidarme con todo el cariño y con los conocimientos de la ciencia. Ella se rió, y entonces me explicó que era enfermera, pero de un hospital de urología. Yo le dije que eso era perfecto, porque justamente necesitaba un diagnóstico urgente. Resulta, le dije, que cuando te acercas bailando así se me… Pero ella me interrumpió poniendo un dedo sobre mi boca. Ya sé lo que tienes, dijo, es un síntoma de mezclar alcohol con reguetón y luego bailar conmigo. Me sonrojé. Por suerte, continuó, conozco el remedio perfecto. Fue entonces cuando vi a Antonio bailando con la amiga, la gordita, y pensé, “definitivamente, se trata de una epidemia”.

Mansas quimerasFebruary 4, 2007 10:15 am

 Era mentira que estaba sentado en el balcón para mirar la tarde y escuchar el silencio de carros que pasaban y frenaban al acercarse a la curva de la calle Navajo, al final de la torcida hilera de pinos. Pero eso le había asegurado a Marcel cuando le pedí que me dejara solo. Y no te olvides de cerrar la puerta y correr la cortina, al menos haz eso, le dije, cierra la cortina. Los cigarrillos estaban adentro, sobre la fórmica de la cocina. No quise entrar a buscarlos, así que pasaron dos horas, tres, y yo sólo pensaba en Carla, o sea, en lo que me dijo, y en que tal vez sí debía entrar y volver a salir con la cajetilla para furmarme uno, a ver si tal vez así me temblaban menos las manos, me palpitaba un poco menos fuerte el corazón. Pero no entré. Y para cuando Marcel salió de nuevo y me ofreció una cobija o un suéter, o algo caliente para tomar, lo que sea, me dijo, que yo te lo traigo, yo le dije que no, que no quería o no necesiaba nada, pero que se quedara conmigo, que tal vez no le iba a contar nada, pero que en caso de que sí le contara algo tenía que prometerme que no la juzagaría a Carla, que no se atreviera. Él asinstió y se sentó en silencio, el mismo silencio con el que yo me arrodillaba de pequeño frente a la sacristía. Un silencio casi reverencial, porque no era un secreto que Marcel me admiraba. Aunque yo no hubiera publicado nada más luego de ‘Las horas imperfectas’, en el ochenta y ocho, me admiraba. Y yo lo odiaba por eso, pero le quería porque era un buen amigo. A pesar de todo, era el único amigo que me quedaba en esta vida. A esa hora, recuerdo, las figuras de los pinos se veían borrosas, gastadas sobre las luces rojas de los carros que entraban en la curva y frenaban para bajar la velocidad. A esa hora lloré porque me di cuenta que no existen, que no es verdad que existen las horas imperfectas. Fue entonces cuando escuchamos el chirriar que sólo puede hacer el brusco frenar de un carro, y Carla desapareció. Carla había desaparecido y las luces del Accord se adentraron en la noche, de la misma manera que se pierde de vista una luciérnaga.

Mansas quimerasJanuary 10, 2007 5:30 am

 La nieve no había empezado a caer, pero su unánime silencio ya le precedía. Una moto que pasaba, los graznidos de una bandada de cuervos, cada sonido era absorbido por aquella premonición de que pronto comenzarían a descender los primeros copos. Kate no escuchaba nada y coqueteaba con la idea de encontarse lejos de todo, mucho más lejos de lo que la vista, ese sentido por el cual ponía las manos al fuego, le aseguraba. Sintió entonces el mismo escalofrío que se apoderaba de ella cuando dudada abiertamente de Dios o cuando pensaba en la trivialidad de la muerte. Miró de reojo su pecho y vió que la cruz seguía allí, lisa y plateada. Admitió su cobardía al reconocerse demasiado supersticiosa y, a la vez, agnóstica, pero decidió que la vida estaba plagada de contradicciones y que esa suya era, en realidad, una de las más sanas. Tosió, en parte porque había descubierto que era una buena técnica para distraer a la mente y regrasarla a la paz del blanco cuando ésta se independizaba demasiado. Así se dio cuenta que de la tarde sólo quedaba una luz espesa, que no lograba levantar sombras y que le producía una repentina sensación de lástima, de desamparo. Pensó en Ensayo sobre la ceguera y trató de no pestañear mientras observaba los cambios del semáforo, pero la brisa le lastimaba. Fijó la mirada en la distancia, arrugando un poco la piel cerca de los ojos, juntó sus manos enguantandas sobre el vientre y se cuidó de no volver a mirar el reloj. No se había olvidado de la promesa que se había hecho cuando despegaba el avión: aunque me cueste, se obligó, voy a aprender a esperar. Y esperando estaba cuando vió que se aproximaba la camioneta gris, dos puertas, marca Ford, que le había descrito esa voz, a ratos misteriosa y atractiva, por teléfono. Se detuvo frente a ella, y en sus vidrios ahumados pudo Kate reconocerse una última vez antes de que se abriera la puerta y, sin dudar, se subiera al auto. Nadie escuchó el ruido del motor cuando se puso en marcha; la llegada de la nieve era inminente.