En Europa el tren deja de ser una simple metáfora, un mero cómplice poético, y regresa a ser un medio de transporte concreto e indispensable. Nuestra primera dósis de realidad la recibimos temprano en el viaje, literalmante. Tomar el tren desde el aeropuerto Malpensa hasta Milano costaba 11 € por persona y, en ese momento, apenas pasadas la ocho de la mañana, sólo estaban aceptando efectivo, “cambio exacto, signore”. La media hora que dura el viaje la pasé estudiando a los milaneses que viajaban a la ciudad. Iban impecablemente vestidos – los hombres de traje siempre oscuro y corbata, y las mujeres de pantalón o falda, botas, lentes de marca y chaqueta – , y, si no leían el periódico, sus conversaciones, fueran con otro pasajero o por celular, eran siempre sobre trabajo o dinero. Era fácil delatar a los otros turistas en el vagón, mirando sin parpadear los suburbios grafiteados de Milano, perdidos en mapas enormes con calles que aprendían a pronunciar, o enumerando en alemán, español o inglés el itinerario que tenían planeado. Ni hablar de las ropas, que, en realidad, era lo que primero nos diferenciaba de los milaneses. Al llegar, la estación de Milano Centrale, como tantas otras construcciones en Italia, estaba en remodelación. Se respiraba un polvillo de concreto que, mezclado con las nubes de humo de cigarro, conformaban el perfumen perfecto para una ciudad que no defraudaba a su fama de gris y acelerada. Fuera de la estación esperaban los africanos, que a esa hora no vendían carteras y bolsos de imitación sino “pulseras de la amistad” o de la “buena suerte”, y, un poco más allá, un grupo de cinco o seis muchachos que parecían de Bangladesh o de Sri Lanka vendían helicópteros con luces y robots de baterías. Afuera, Milano resultó ser muy interesante, una ciudad a ratos moderna pero sacrificada y a otros grandiosa, con Il Duomo y La Scala, aunque reconozco que no tan especial, visualmente, como otras ciudades del circuito turístico italiano. De regreso a la estación de Milano Centrale, compramos los billetes del próximo tren y recogimos las maletas del servicio de custodio de equipaje. La noción del tren como un espacio idealizado se iba desvaneciendo, dando paso a la vera vita italiana. Próxima estación: Venezia - Santa Lucía…
El hielo antes del buenos-días
El señor X y yo nos saludamos siempre que nos cruzamos por un pasillo o coincidimos en la línea para llenar la taza de café. A veces, cuando no podemos evitarlo, las circunstancias nos obligan a extender la amabilidad del buenos-días con preguntas sobre cómo se pasó el fin de semana o si se había notado que afuera un sol inesperado lo calentaba todo, “y, a veces, hasta el volante del carro quema”. Pero no siempre fue así de cordial mi relación con el señor X. Aunque desde que empecé a trabajar aquí lo veo andar de un lado al otro del edificio, hace sólo un par de semanas que se rompió el hielo del saludo. Antes, por ejemplo, yo sólo le aguantaba la puerta y esperaba a que cruzara el umbral con su eterna tacita de café, mientras me lo agradecía con su acento sureño, “thank ya”. Y siempre, mientras se alejaba, yo no podía evitar especular la razón de su pierna coja… ¿Un accidente? ¿Una enfermedad? ¿Habría nacido así? Lo cierto es que al señor X nunca lo he visto sonreír pero tampoco he visto que alguna vez se le derrame ni una gota de café de su taza tambaleante. Una mañana, hace un par de semanas, le saludé con un “good morning” mientras le aguantaba la puerta. Él, que estaba sacando de su bolsillo el paquete de cigarrillos, me miró a la cara y me respondió, “good mornin’, young man”, y siguió caminando, lenta y torpemente. Desde ese momento siempre que nos encontramos nos saludamos, y cada día me parece estar más cerca de conocer el misterio de su pierna coja… ¿Habrá sido en alguna guerra? ¿Será que eso es lo que pasa cuando se toma tanto café y se fuman tantos cigarrillos? No, ni siquiera con buen humor se aplaca esta cruda curiosidad, una curiosidad que aumenta en los días en que el trabajo se torna aburrido y la imaginación, como los papagayos* en la película The Kite Runner, se alza en vuelo.

*Cometas, papalotes, etc. en “venezolano”.
La nuestra es una cita que se viene postergando desde hace varios años y que con el paso del tiempo cambian no sólo los europeos escenarios – París, por ejemplo, en ese café del Mont Maître; Barcelona, allá donde termina la Rambla y Colón señala la distancia hacia América por encima de La Barceloneta; o Munich, escuchando música de bombos y platillos en el Jardín Inglés – sino también las posibles estaciones, desde la primavera, propicia para el deambular de los aromas, hasta el invierno de apretadas pieles oscuras sobre el cuerpo, apenas calentándonos. Lo que nunca cambia es la disposición de las sillas, una frente a otra, o quizás levemente entornadas hacia el ruido vivo de la calle, y entre esas sillas la mesa, una mesita redonda cubierta de un mantel a cuadros (¿rojos y blancos?) donde reposa un florero delgado atravesado por una rosa amarilla, el curioso color de la amistad. Nos acompaña el humo amable de un croissant, si se trata de una tarde parisina, el delicado escozor en los ojos que produce el ajo untado a un pan con tomate, si nos ilumina el sol catalán que tanto alabó Gaudí, o el vapor agrio del repollo que acompaña al blanquísimo weisswurst en una difuminada mañana en la Bavaria de los castillos mágicos. ¿Qué nos diremos, entonces? El absinthe, la botella destapada, dará oportunidad a lo fortuito, hemos decidido. Un poco los gestos, de resto las palabras y todo lo que siempre hemos querido contar. Lejos, pero nunca lo suficiente, se escuchará el doblar de unas campanas, sucecido por unos tenues “ale… ale… aleluya”, el himno al más desconcertante de todos los milagros.
La lluvia se había apoderado tímidamente de la mañana. Sólo si se salía de la protección de un techo se sentía el caer de esas gotas tan pequeñas que de otra manera hubieran permanecido invisibles, escondidas más allá de las limitaciones de la vista humana. Veo altos edificios oscuros, calles que suben y bajan - brillantes por la fina capa de agua que les cubre -, verdaderos ejércitos de pinos que han tomado por años – imagino – la custodia de todas estas montañas afiladas y coronadas de la nieve más blanca que rodean este paraje que todos los que le han visto en verano no tardan en comparar con el “Paraíso”. El Paraíso, que Roberto Bolaño dijo haber visto una vez, en un momento fugaz, a través de un caleidoscopio. Es lógico, nada de este paisaje me recuerda al desierto, a cualquier desierto. Pero dejando caer al suelo el todavía humeante cigarrillo tengo que repetírmelo. Hasta convencerme. Después de todo el desierto no es otra cosa que la dirección postal de Lhasa cuando, por amor – o desamor, que viene a ser lo mismo -, le estalla en silencio el corazón.
Las puertas automáticas de vidrio del hotel se abren sobre la Hochstraße y bajando unos pocos pasos hacia la derecha encuentro la Rosenheimer Straße. Cruzo a la izquierda porque he decidido no tomar el S-Bahn (metro) sino caminar, pasar el puente sobre el verde río Isar – en estos días, por las lluvias tardías de un verano languideciente, tiene un nivel alto y una corriente que fluye más pesada de lo usual - que lleva al centro de la ciudad. Atrás ha quedado el rumor del río cuando me encuentro con la Tal Straße, que me lleva más allá de la Marieplatz, con su torre de reloj de la que salen dos veces por día – a las once y a las catorce - muñecos folklóricos de la Bavaria y con su virgen dorada que sostiene en brazos a un Jesús niño, hasta la Karlsplatz (Stachus), atestada de turistas y jóvenes alemanes que hacen incomprensibles filas para comerse algo en el McDonald´s que acosa el costado suroeste la fuente.
Me siento cómodo en las amplias aceras de Munich, una ciudad con un oscuro pasado del que ahora quedan sólo fechas y discursos airados en las páginas de los libros de historia. De esos tiempos de inflada grandeza se adivinan apenas unos pocos pero bien conservados edificios; el resto de la ciudad fue destruída. Ahora sus calles están llenas de gente del mundo, de acertadas composiciones arquitectónicas que se mezclan con el rastro que los años han dejado en sus calles de luz cansada y personas amables.
La velada no termina luego de salir de un restaurant de comida típica. Con mis pasos voy recordando el sabor del puré de papas, del tibio repollo agrio que acompaña las salchichas, y de la cerveza, que cuando llega parece demasiada – vasos de medio litro –, pero que al final no alcanza para ayudar a que bajen los dos pretzels que saco de la cesta en el centro de la mesa. Levanto la mirada y reconozco mi hotel, que con sus once pisos es uno de los edificios más altos de la ciudad. Me imagino que de estar allí, en la habitación 924, no pudiera reconocerme. Quién habría imagiado hace apenas un año que yo estaría aquí, en Munich, trabajando en un 767 y escribiendo esta nota en el blog, justamente para el comienzo del Oktoberfest este fin de semana… No, desde la habitación 924 sólo pensaría que aquel muchacho de camisa manga larga es otro turista más, uno cualquiera, que vino a Munich esperando encontrar tantas cosas en esta ciudad de fiesta, historia, ópera y cerveza. Cosas – habría de decirme – que yo también quisiera…
Lake Washington (rabiosa belleza rusa)
Un silencio de sol fulminante y agua que choca y choca contra barcos, piedras y pilares. El cuerpo largo y desmayado sobre la madera, con las primeras gotas de sudor que se forman y que luego bajarán por los costados para ser, también ellas, devoradas por la luz y el calor. Lejos juegan los niños, acompañados por las miradas vigilantes de las madres y su propio chapoteo, que tanto les entusiasma. El agua guarda su color desde el fondo, el verde plomo de esas algas que crecen hasta acariciar el nado de los nadadores y avivar el pavor de algunas adolescentes adictas a largometrajes de terror. Esta agua que en realidad no es dulce sino que no es salada es tan liviana que dificulta el flotar, aunque viendo a las gaviotas y a los patos sentados sobre la superficie es difícil de adivinar. Comparto el sol y el muelle con una familia rusa. Los padres visten trajes de baño de otro tiempo mientras que las hijas, tres en total, hablan y cuchichean como sólo lo saben hacer las niñas que han crecido bajo ese amor paternal que ama y somete. Se pasan de mano en mano una cámara de fotos digital donde revisan luego de cada foto el brillo de sus caras. Verlas reír me hace olvidarlo todo por unos segundos. No me sorprende el pensar que con otra edad me hubiera gustado probar su belleza y haber sido yo el simpático causante de sus risas. En el fondo me alegro de que hayan notado mi cara sonrojada cuando les devuelvo la cámara luego de haberme ofrecido a tomarles a las tres juntas una foto. El padre, que ha ido de paseo por el muelle con la esposa, me mira desde lejos con lo que me parece es rabia o algo muy parecido a la rabia. Él, como yo, también ha sufrido un revés en esta tarde. Yo porque esta vez me ha vencido el roce puntiagudo de las algas y él porque ha entendido que algún días sus hijas y él no estarán siempre en el mismo muelle mientras un joven melancólico se topa con su belleza y se ofrece, torpemente, a tomarles una foto que recordará, si no para siempre, al menos por muchos años, ahora perpetuados por las letras.
No podía saberlo, porque justamente la magia de ese momento está en perderse sin que nada importe, pero ese era el primer silencio que compartíamos sin sentir esa pesada e incómoda sensación de que algo faltaba, un algo que antes, torpemente, llenábamos con palabras. Con esto no digo que las palabras sean inútiles o triviales, es sólo que la vida es corta y el silencio un rarísimo animal en extinción. Encontrárselo. Dejarlo hacer. Y que luego cada sonido vuelva a ser nuevo y cada palabra un instrumento para realzar o, simplemente, abrir nuevos trechos. Palabras que son más grandes que ellas mismas y que, en vez de cerrar ideas, abren tras de sí espacios abrumantes. Belleza. Océano. Muerte. Luz. Deseo. Amor. Paciencia. Universo. Y, por supuesto, silencio, visto por última vez en una habitación desvelada, rondando la piel de un abrazo, de un beso largo que se presiente y se espera, pero fuera del tiempo, como si fuera todo y nada.

La cultura. A ver, defínela. Te reto a que le des un cuerpo de palabras a esa idea voluminosa, extensa, inasible. Te prohíbo recurrir a la síntesis del Larousse o a la manida arrogancia del almighty Wikipedia. Tu labor es construírla, hacerla de piedra o de colores, de pentagramas o vibrantes sintetizadores. Su forma es la forma que poco a poco le vayan otorgando los años, fuera del olvido y de las modas. En ella cabemos todos y en ella nos diluímos, como gotas blancas o dogmas que caen y desaparecen en el agua. ¿Cómo evitar que el mundo – ella misma – la devore?
Se habla y se aboga por su fomento pero de una manera manipulada. Se le toma tantas veces por inútil, aburrida, y en el mejor de los caso por rancia y severa. La cultura es cosa de otro siglo, se dice. Contados son los medios de comunicación que le dedican – muchas veces a regañadietes, como con cierto remordimiento – un espacio propio. De su paso por la escena política quedan sólo ténues estelas, a veces con su dósis de bochorno. Nunca más un Pablo Neruda, quien entre versos y hablando de literatura logró que la Francia de Georges Pompidou levantara su embargo sobre el cobre chileno. Cerca estuvieron García Márquez y Carlos Fuentes de lograr que Bill Clinton, en una tarde literaria en Martha’s Vineyard, aliviara el embargo a la Cuba castrista, pero el caso de Mónica Lewinsky terminó por tragarse completa su atención. Ahora nos queda la vergüenza al recordar a Fox advitiéndonos que “América Latina debe huir de la dictadura perfecta, como lo dijo el premio Nóbel colombiano de literatura, Mario Vargas Llosa", cuando Vargas Llosa es íbero-peruano y – lamentablemente – aún no gana el Nóbel. Y ni hablar de tener que soportar a Chávez citando, por ejemplo, a Noam Chomsky, sabiendo que el presidente venezolano hasta el buenos días los da con tilde político, impermeable a las bondades de la cultura.
La cultura es el legado que el hombre, conjugado con la historia, nos viene regalando desde siempre, con la única petición de que también nosotros vayamos aportando algo para enriquecerla. Ahora que gozamos del saber instantáneo gracias, entre otras maravillas, a la internet, podemos ir dejando de lado el complejo con que se ha venido llevando la cultura. Hay cosas que todos deberíamos saber y hay otras con las que nadie debería perder su tiempo. Saber diferenciarlas es hoy más que nunca una virtud, y un deber el luego compartir los descubrimientos. Yo empiezo por recomendar la mitología griega, lecturas que le dieron altura – desde el Hades al Olímpo - a tiempos de harta imaginación febril. Tal vez diga todo esto porque hoy vi ‘El laberinto del fauno’, del director mexicano Fernando Del Toro, una película que te devuelve, por momentos, la libertad que sólo se daba en el encuentro entre la imaginación y la inocencia. Por ese candor han ardido de igual forma pueblos y libros, uniformes y ballestas.
“… nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza, quiero decir que nos lo contamos todo y nos decimos palabras de consuelo o distracción o ánimo cuando advertimos que esas palabras son necesarias al uno o al otro. También nos echamos de menos (vagamente de menos) cuando no estamos juntos, una de esas personas (en la vida de cada cual hay cuatro o cinco, y de ellas se sufre en verdad la pérdida) a las que uno está acostumbrado a informar de lo que le ocurre, es decir, en las que uno piensa cuando le sucede algo, divertido o dramático, y para las que uno acumula hechos y anécdotas. De buena gana se aceptan reveses porque van a relatarse a esas cinco personas. “Esto tengo que contárselo a Berta” piensa uno (pienso yo muchas veces).”
Fragmento de Corazón tan blanco, de Javier Marías. Algo para compartir con las más queridas amistades.
Recuento de una secuencia al borde de un alto campanario
1. Nadie escapa de ciertos clichés. 2. La secuencia de cómo se desarrollan algunos momentos. 3. Los encuentros. 4. Una mirada sostenida, atreviéndose a indagar en la mirada del otro. 5. Un cuchillo, el filo de algo inevitable. 6. La temperatura de tus ojos, un ardor que no se atreve a parpadear. 7. Me miras con una paciencia aterradora. 8. Tiemblo. 9. No sé si es por el retumbar del campanario. 10. Te muerdes los labios. 10. Tiemblo y ya se han detenido las campanas. 12. Habla, te lo ruego. 13. ¿Hay sangre en tus labios? 14. Tu mirada me vence. 15. Ojos de fuego insoportable. 16. Me enseñas tu piel. 17. Más clara que la mía, la piel. 18. ¿Más suave? 19. Pienso en mi piel junto a la tuya. 20. Sobre la tuya. 21. Jirones. 22. Tu piel tiene caminos, aseguras. 23. Mercader, me confieso. 24. Mercader, en el primer trueque torpe de los cuerpos. 25. Al final, una sonrisa. 26. La mirada se destensa. 27. Por fin, el murmullo de unas aves en la sombra. 28. Más suave, recuerdo. 29. El frío de un viento que atraviesa entero el cuerpo de la nave. 30. Dos colores reunidos en la luz de la tarde angosta. 31. Y no sé qué me dirás al despedirnos.
No es que me sienta más sabio, pero poco a poco he aprendido a pensar en ti. Lo hago en los lugares más insospechados: en el metro, en la cola para el café, en los ascensores. Lo hago mientras estudio el iris de los ojos que estudian el iris de los ojos frente al espejo, al cepillarme los dientes. Lo hago al picar la cebolla, mientras juego a que también es culpa tuya que esas lágrimas se formen y caigan sobre el colorido amasijo de ingredientes. Te pienso mientras suena la música y su melodía se pierde más allá de mis propias palabras.
No, la sabiduría nada tiene que ver con hacer rebotar piedras sobre el lago, ni con el sentarme sobre un banco para ver bajar la luz y el pasar itinerante de las nerviosas ardillas. Pensar en ti es mucho más simple. Pensar en ti es la mejor manera que he encontrado para gastar mi libertad.

Un empleado de la Real Academia Española, que decidió permanecer en el anonimato, confirmó que el próximo marzo se va a publicar una edición conmemorativa durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena de Indias por los cuarenta años de ‘Cien años de soledad’, que, además, coincide con el octogenario cumpleaños del colombiano, así como con el veinticinco aniversario de haber recibido el Premio Nóbel de Literatura, en 1982. Pero el empleado fue más lejos y confirmó que “ambos están de acuerdo”, cuando se le preguntó si los rumores sobre Vargas Llosa prologando dicha edición conmemorativa son ciertos. Ello constituiría un primer y firme acercamiento amistoso por parte de estos compañeros del “Boom latinoamericano”, como se conocen esas décadas de los sesenta y setenta en que nuestra literatura llegó a todos los rincones del planeta.
El desenlace sería que, de nuevo, la esperanza saldría victoriosa. No lo digo sólo porque triunfaría el valor incalculable de la amistad, sino la reconciliación de las dos corrientes ideológicas que llevan tanto tiempo confrontándose en nuestros países cansados: la izquierda, ahora en pleno auge, y el centro y la derecha, ahora confinados a un par de países. Sin embargo, las posibilidades de una reconciliación plena son muy estrechas. Por ejemplo, el mismo García Márquez ha llegado a decir que no sabe cuándo publicará el segundo tomo de su autobiografía porque no se quiere enfrentar con episodios donde debe hablar de asuntos sumamente “personales”. Y en una entrevista concedida por el Premio Nóbel el año pasado a un diario catalán, el periodista le pregunta sobre la posibilidad de restaurar la amistad. La esposa del escritor, Mercedes, que está presente durante la conversación, “se adelanta en la respuesta: «Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años». «¿Tantos?», pregunta el escritor sorprendido. «Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada», apostilla Mercedes.” Me atrevo, entonces, y ya para concluir, a regalarles una de las citas más conocidas de Vargas Llosa: “sólo un idiota es completamente feliz”.
Tinta versus distancia: la oficina
A MAC, porque PCs ya hay demasiadas.
Escucho tu voz, que luego del buenos-días habla cordialmente de la lluvia, del frío que esta mañana ha logrado treparte hasta los huesos. Te despides, y el sonido de tus pasos va aumentando, haciéndose cada segundo más firme, hasta detenerse del otro lado de la pared de tela del cubículo. No necesito asomarme para saber que ya has encendido la computadora y que de tu abrigo, colgado del perchero, han caído unas pocas gotas que brillan sobre el suelo beige alfombrado, al final del pasillo. En algún momento te sueltas y vuelves a recogerte el Cabello, mientras sostienes el bolígrafo de tinta azul entre los labios, como cuando te escapas con el pensamiento. Veo el reloj, que indica las siete y trece de la mañana. Sonrío al verificar que llevas cuatro días llegando temprano. Sin duda, antes de las ocho escucharé que tus uñas, siempre sin pintar, imitan el lúdico sonido del galope, de la misma forma que lo hacía mi nonna cuando jugaba a solitario en la mesa de madera. Tú no lo sabes, amiga, pero mi día comienza sólo cuando llegas, mientras mis dedos galopan y sostengo el bolígrafo con la boca, con tu recuerdo y la tinta de esta irrompible amistad.
Es encrispante vivir de las noticias, de esos titulares que igual avisan del cumpleaños de una anciana centenaria que de un Varela enloquecido. Y sin embargo a eso me resigno ahora que he salido de Miami, teniendo que adentrarme al mundo de quimeras que es el periodismo fast-food, donde ya no se habla de la cuestión del día, sino del minuto. Se le añade a esta “insoportable levedad” el tener que desempeñarme – de manera casi forzosa – como agregado no sólo político, económico y cultural, sino científico, de esa caprichosa región que abarca el sur de Florida. Mis funciones diplomáticas requieren de una buena dosis de mantequilla consular, ya que no es fácil escabullirse sin perder cierta noción de la honra cuando se me preguntan detalles de la vergonzosa pelea entre FIU y UM durante un partido de football, o, por ejemplo, cómo es posible que el presidente de FIU, Modesto Maidique, se las arregló para tirar por la cañería esos $40 millones ($20 donados y $20 del Estado) para la facultad de medicina.
Para Seattle, la “ciudad más educada” y una de las más civilizadas del país, Miami es demasiado ruidosa y caótica, siempre plagada de escándalos y amenazas de huracanes. Un reino anárquico donde continuamente se irrespetan las leyes de tránsito, donde el ciudadano no integra la ciudad, sino que se aferra a ella como una garrapata. Sólo la playa nos salva, pero yo insisto. Tiene cosas buenas, les aseguro sin tener una respuesta convincente a esa pregunta que se nutre de cierto orgullo: “How do you manage to live in such a crazy city?”. Me resulta complicado explicar las bondades de Miami a alguien que no conoce Caracas, Bogotá, Río de Janeiro, La Habana, el D.F., Quito, Santo Domingo o San Juan. ¿Cómo traducir que, para mí, Miami es una perra mansa y, a veces, hasta cariñosa? Pero cuidado: si la dejas sin comida o le aprietas demasiado la cadena, igual se voltea y te pela los dientes, como el deja-vú de un amargo recuerdo de Lima o Managua.
