La luz llega con sigilo a Lake Crescent. Va arrastrándose por el verde mojado de las montañas, rasgándose con las espinas de las moras, cubriéndose del pelillo que viste a algunos arbustos, fracturándose en sombras contra el grosor de las ramas desnudas de enormes árboles que han muerto en alguna pasada tormenta y que ahora, en los alrededores del lago, descansan en la dudosa paz de la voracidad de las termitas y del molecular quehacer del agua. Estos obstáculos retrasan a la luz cada mañana, que va llegando por pedazos y angulada, pastosa, cansada, difuminada, casi tangible. Por esta demora se tardan en llegar, a su vez, los colores. La aurora se estrena con un morado sedoso, que pronto es alcanzado por un azul desmenuzado que, optimista, predice acertadamente que pronto llegarán el verde, el marrón, el ocre, el naranja y, finalmente, el amarillo, para terminar de desplazar por completo la noche más negra.
La manera paulatina de progresar que tiene el día en este remoto lugar del condado de Clallam, en el estado de Washington, lleva a pensar que el lago Crescent tiene vida propia, que respira, que en las mañanas se despierta y en las noches le alcanza un sueño distendido, como el león que se acuesta bajo una sombra de sabana a digerir el antílope. Como nosotros, este lago de más de 8 millas de largo también puede cambiar su humor y su parecencia, bajo la que guarda, en sus más de 200 metros de profundidad, muchos secretos e historias…
Hace años, por ejemplo, la superstición de las tribus de indios S’Klallam - en honor a quiénes se nombró el condado - llegaba a tal extremo que rehusaban cruzar el lago en canoa por temor a que los “espíritus malvados” que lo habitan se los llevaran a la hondura helada y oscura de las aguas. Se especulaba, inclusive, que el lago no tenía fondo y que el agua orillaba en el centro de la tierra, donde vivían, además de los espíritus, otras criaturas míticas recreadas de boca en boca, año tras año, por los S’Klallam y, poco a poco, por los exploradores blancos que fueron llegando a la zona durante la fiebre maderera de finales del siglo XX o desviados de la ruta del oro de California a British Columbia, en Canadá. Sin duda alguna, la más popular de esas temibles criaturas que habitaban en Lake Crescent era una enorme serpiente acuática, muy al estilo de la del Lago Ness, y de la que existen cientos de declaraciones hechas por testigos que aseguran haber visto su cuerpo escamado ondulando en la superficie de las aguas, siempre al amanecer o al atardecer, con su cabeza triangular alta y hambrienta buscando algún venado sediento o algún pescador despistado. Se dice que varios hombres blancos usaron esta leyenda para alejar a los indios del lago, pero todos, indios y blancos, se asustaron cuando en 1934 encontraron en las arenas de Henry Island, en el estrecho de Juan de Fuca, una criatura delgada, de 30 metros de largo y con una cabeza enorme que se asemejaba a las descripciones que dieron los testigos de la serpiente de Lake Crescent. Esas semanas nadie osó meterse en las hermosas aguas zafiro y esmeralda del lago, aunque luego científicos canadienses hayan confirmado que no se trataba de una serpiente sino de un tiburón peregrino, especie inofensiva que abre su gigantesca boca para alimentarse del plancton cerca de la superficie. En Lake Crescent, pocos le creyeron a los científicos canadienses.
Otra leyenda sobre el lago habla de su inquietante profundidad. Cuando a mediados del siglo pasado se quiso saber qué tan profundo era, se introdujeron en las aguas varias pesas con equipo especializado que pretendía medir y explorar el fondo del lago. Pero no dieron con su profundidad porque, al parecer, extrañas corrientes dañaron y rompieron el equipo. Tiempo más tarde se confirmó que el algo tenía una profundidad de unos 660 pies, pero el equipo extraviado nunca apareció. Lo que sí apareció, en el verano de 1940, fue el cuerpo de Hallie Illingsworth, una mujer de la zona que había desaparecido unos años antes. Su paradero era un misterio hasta que dos pescadores encontraron su cuerpo, hundido a muchos pies de profundidad. Lo más desconcertante no fue tanto dar con el cadáver, un hallazgo suficientemente macabro de por sí, sino el hecho de que éste no se había descompuesto; sus facciones, su cabello e inclusive sus ropas estaban muy bien conservadas. Los investigadores que identificaron el cadáver extraditaron a su esposo, que se había escapado a California, para juzgarlo por asesinato. Dr. Larson, el especialista consultado durante el juicio, confirmó que el cuerpo de la mujer se había conservado debido a una composición especial de calcio y alcalinos a partir de cierta profundidad del lago que se mezcló con los ácidos lípidos del cuerpo para crear una reacción conocida como saponificación, en el que la materia se convierte en jabón. Luego del juicio se estimó que puede haber hasta 100 cadáveres de gente desaparecida convertidos en jabón y suspendidos en la profundidad de las aguas del lago Crescent. Hallie Illingsworth, desde entonces, es conocida como the lady of the lake, una leyenda contada en las noches alrededor de las fogatas en los campamentos en la Península Olímpica de Washington. Si no hubiera sido por la saponificación, subrayó el Dr. Larson, es probable que no se haya podido identificar el cadáver y su marido asesino aún seguiría prófugo. En este contexto, el lago fue el testigo que condenó al señor Illingsworth.
Hoy en día Lake Crescent parece descansar de siglos de especulaciones y supersticiones. Cada verano cientos de personas visitan sus aguas sin siquiera pensar o imaginar la historia que este lago de colores inéditos ha presenciado y protagonizado. Y probablemente sea mejor así, aunque el lago de aguas turquesa se empeñe de vez en cuando en recordárnosla.