Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyJuly 2, 2008 5:01 pm

El señor X y yo nos saludamos siempre que nos cruzamos por un pasillo o coincidimos en la línea para llenar la taza de café. A veces, cuando no podemos evitarlo, las circunstancias nos obligan a extender la amabilidad del buenos-días con preguntas sobre cómo se pasó el fin de semana o si se había notado que afuera un sol inesperado lo calentaba todo, “y, a veces, hasta el volante del carro quema”. Pero no siempre fue así de cordial mi relación con el señor X. Aunque desde que empecé a trabajar aquí lo veo andar de un lado al otro del edificio, hace sólo un par de semanas que se rompió el hielo del saludo. Antes, por ejemplo, yo sólo le aguantaba la puerta y esperaba a que cruzara el umbral con su eterna tacita de café, mientras me lo agradecía con su acento sureño, “thank ya”. Y siempre, mientras se alejaba, yo no podía evitar especular la razón de su pierna coja… ¿Un accidente? ¿Una enfermedad? ¿Habría nacido así? Lo cierto es que al señor X nunca lo he visto sonreír pero tampoco he visto que alguna vez se le derrame ni una gota de café de su taza tambaleante. Una mañana, hace un par de semanas, le saludé con un “good morning” mientras le aguantaba la puerta. Él, que estaba sacando de su bolsillo el paquete de cigarrillos, me miró a la cara y me respondió, “good mornin’, young man”, y siguió caminando, lenta y torpemente. Desde ese momento siempre que nos encontramos nos saludamos, y cada día me parece estar más cerca de conocer el misterio de su pierna coja… ¿Habrá sido en alguna guerra? ¿Será que eso es lo que pasa cuando se toma tanto café y se fuman tantos cigarrillos? No, ni siquiera con buen humor se aplaca esta cruda curiosidad, una curiosidad que aumenta en los días en que el trabajo se torna aburrido y la imaginación, como los papagayos* en la película The Kite Runner, se alza en vuelo.

Papagayo

*Cometas, papalotes, etc. en “venezolano”.

Siempre es hoyJune 21, 2008 4:50 pm

A pesar de haber sido yo quien ha abierto las cortinas, mis ojos no están aún preparados – suficientemente entornados, quizás – para el golpe de luz. Afuera, en frente y siete pisos más abajo, San Diego va cobrando forma a medida que mis pupilas se adaptan a la nueva luz; lomas de un verde pálido y seco – casi marrón, piel de cascabel -, calles emparchadas y autopistas complicadas y anchas, viento con rastros de salitre, y el graznido errático de una o dos gaviotas siempre hambrientas que revolotean por las alturas del hotel. El calor – me doy cuenta - va trepando por mi piel. Es un calor que confirman mis manos al apoyarse en la baranda metálica del balcón, mientras voy sopesando las opciones que me depara el día. Las posibilidades turísticas que ofrece San Diego están bien ilustradas en una guía que encuentro en la mesita de noche de la habitación. El Downtown parece un buen punto de encuentro entre buenos restaurantes y tiendas pero lo descarto porque no he venido a San Diego a comer o hacer compras. Al noroeste del centro, en una ciudad satélite llamada La Jolla, encuentro parte de la respuesta de por qué he venido a California. Desde las cornisas de esta ciudad me enfrento a un Océano Pacífico vasto, elegante de olas y surfistas, con sus leones marinos enfilándose sobre la arena…
Nada queda quieto en el recuerdo. San Diego, en el mío, sólo se ha sabido agrandar.

Siempre es hoyMay 13, 2008 5:12 pm

  Pude haberlo imaginado o soñado, qué importa, pero luego de nacer, hace, de hoy, veintiséis años exactos, estuve varios días sin nombre porque mi papá y mi mamá no se ponían de acuerdo en cómo nombrarme. Mientras tanto me llamaban, simplemente, “el niño”, como si hubiera sido yo un fenómeno de lluvias, mareas, temperaturas y vientos. Por fin, luego de consultar todos los libros de nombres en las librerías de Caracas, dieron con un calendario de santos católicos que decía que el 13 de mayo, aparte de ser el día de la Virgen de Fátima - aquella que se le apareció a tres pastorcitos portugueses y les reveló las tres profecías de Fátima - era también el día de San Roberto. Fue así que se decidió mi primer nombre, supongo que con la escondida esperanza de que, también yo, tuviera un poco de santo. Sin embargo, revolviendo un poco la Internet, no he encontrado ninguna página que diga que el 13 de mayo es el día de San Roberto. Este es un cruel descubrimiento, sin duda, porque me hace pensar que lo de mi santo fue sólo una artimaña de mis padres para que me portara bien durante mi infancia… "Para que seas como San Roberto", me invitaban. Tal vez es por eso que de ahora en adelante voy a enfocarme en el significado, de origen anglosajón, de mi nombre: “Robert: of wide fame, bright, shining”. Un poco como el mismo San Roberto di Bellarmino, un franciscano que llegó a ser Cardenal y que hasta el día de su muerte, a pesar de su amplia fama, nunca dejó de vestir harapos por honrar sus votos de pobreza. Yo, que pienso votar por Hillary, no sé cómo habré de vestirme…
 Mi segundo nombre, en cambio, estaba ya sellado por los vínculos de la sangre, ya que soy el cuarto o quinto de los Asprino en llevar el nombre Luís en alguna parte de su cédula. Mi abuelo Luís, a quien le decían “Bebeto”, fue, si no me equivoco, el primero, y de él nos hemos derivado un tío y dos primos con el mismo nombre, hasta el último conteo. El origen germano-francés del nombre significa “guerrero famoso”,
aunque cabe recordar que fue Louis XVI el rey francés atrapado, enjuiciado y guillotinado por la revolución francesa en 1793. Así que a nosotros los Luis no nos gustan muchos las revoluciones. Ninguna… Excepto la de The Beatles, al menos por mi parte.
 Así, mis nombres me han acompañado durantes estos veintiséis largos pero cortos años. Y con ellos la historia de ellos mismos, fuera de mi identidad. Cada Roberto un santo a su manera, y cada Luís con sus virtudes y su fertilidad. No hay manera de separarme de ellos. Un nombre deja de ser sólo un nombre cuando se asocia con un rostro, unos gustos, una historia, un cumpleaños…

Siempre es hoyMarch 20, 2008 9:34 pm

 Nos conocimos en su blog. Ella llevaba un post de verbos encendidos, ceñido a la altura del tercer párrafo y explayándose, a medida que iba cayendo, hasta abrirse por completo con unos irresistibles puntos suspensivos. Se protegía del frío con la fotografía surrealista de un sol que, en su ocaso, iba cayendo dentro de una boca de amplios labios rojos y dientes blancos. Demasiado blancos, recuerdo. Me quedé viendo su trasfondo celeste, ocupado con su Century Gothic de negritas subrayadas, itálicas perfectas y comillas traviesas que voloteaban entre sus tildes, aún jóvenes y puntiagudas. Sólo luego reparé, con cierto sonrojo, en el contador que había delatado mi presencia: número 2666.
 Llegué allí por casualidad; conducía el ratón con el descuido de un jueves por la tarde luego del trabajo. Me detenía con desgano en la intersección de cada hyperlink y, con unos pocos golpes de dedos, cambiaba de rumbo para visitar esos lugares comunes donde de vez en cuando me siento a conversar con los amigos. Llovía y no tenía que dejarme alcanzar por las gotas que golpeaban suavemente el vidrio para saber que era una lluvia desmenuzada y fría. Me cansé de andar. Pero justo cuando aceleraba el cursor y giraba hacia home, vi, en el fondo de un párrafo poco transitado, un nombre que brillaba como un local de azul neón en lo negro de la noche. Era la Embajada de un País Desconocido; entré sin tocar antes la puerta.
 Le hablé. Le dije, superando cualquier asomo de vergüenza, que me gustaba y que quería que nos viéramos de nuevo. “Eres mi favorita”, le aseguré. Ella permaneció en silencio, pero yo presentía que había alguien más en la Embajada, ese amplio aposento de historias y habitaciones, muy distintas una de la otra y decoradas por alguien sin escrúpulo. La noche se fue llenado de más noche y en cierto momento me dije basta, es hora de regresar. Escogí una pared limpia y alta de lo que parecía la sala principal para dejarle un mensaje citándola con mi dirección. En el camino a home decidí detenerme en el Miami para ver qué se hablaba de la vida. Confirmé que la vida seguía siendo la misma, urgente y desolada, y regresé a lo mío, con el corazón ardiendo, esperando que ella viniera pronto a encontrarme con sus palabras. Sigo aquí, desde entonces, en la esquina de siempre, Entre el Lenguaje y La Anécdota, mientras se acumulan la intriga y los voquibles, el combustible de esta inmensa esperanza.

Mouse

Siempre es hoyFebruary 26, 2008 6:50 pm

Rutina

 Por encima, todo parece en orden en la ciudad. La gente que la habita, exceptuando al puñado de desajustados que protagonizan las noticias, da la impresión de llevar una vida estructurada, de rangos predecibles. En las ciudades más grandes las personas terminan por resignarse a la idea de que el tiempo nunca alcanza, que las distancias son demasiado largas, y que, probablemente, hay algo - un evento, una experiencia, algún lugar - en alguna otra parte del ámbito urbano de lo que se están perdiendo. Quienes no se resignan terminan por padecer de esas patologías urbanas que tanto aquejan al citadino moderno: el estrés, la depresión, la ansiedad… La ciudad, lo que tendría que verse como un gran hogar compartido, se termina percibiendo como el inevitable escenario de la rutina, la gran enemiga. A ella se le atribuyen matrimonios rotos, familias separadas, problemas laborales, adicciones y perversiones, pensamientos indebidos… Quien habita en la ciudad sabe lo implacable que puede llegar a ser esa rutina, y en muchos casos está dispuesto a arriesgar la comodidad de la vida predecible sólo por romperla, sea por varios días o por unos pocos minutos. Así se acumulan muchas deudas, por ejemplo, cuando se recurre desesperadamente a la ayuda de tarjetas de crédito para escapar y tomarse unas vacaciones fuera. En Lynnwood, al norte de Seattle, mientras se hacían perforaciones en un terreno donde se planea construir un complejo residencial, se descubrió un manantial subterráneo que ahora fluye hacia la superficie y mana hasta llegar al borde de la autopista, donde se ha ido acumulando hasta formar un pequeño pozo de agua helada. Allí se detienen ahora los carros y la gente se baja con sus contenedores vacíos para llenarlos con esta agua natural, “orgánica”, si se quisiera comercializar. Pero no es que el agua en un supermercado, al dólar por galón, sea imposible de costear, es que vivir en la ciudad ha roto cualquier comunicación con el mundo salvaje y restaurarla es otra manera más de romper la rutina. Buscar agua de este manantial se ha convertido en una especie de peregrinación*. Pero basta que llegue a la ciudad una tormenta y falle el suministro eléctrico, que el automóvil se descomponga en medio de una autopista, que se desborde un río por las lluvias, o que te cortes la yema del índice con la hoja de algún documento y fluya la sangre y te acuerdes que todos llevamos la muerte por dentro… Entonces sí que añorarías la rutina. Porque, por encima, todo parece en orden en la ciudad, y en el fondo todos queremos que así sea.

* Recuerdo que en Caracas, en la Cotamil, los carros también se detenían y la gente llenaba sus botellones con los riachuelos que bajaban de las quebradas del Ávila, pero creo que esa gente no lo hacía sólo por romper la rutina sino más bien por necesidad.

Circo negro, Siempre es hoy, The Robert ReportFebruary 7, 2008 12:23 am

 Si la película Ratatouille, de Disney, hubiera sido ambientada en algún suburbio de Vietnam y no en París la suerte de Remy, la simpática e inspirada rata-chef que cocina escondida en el sombrero de Linguini, hubiera sido, probablemente, muy diferente. En ambos países se le hubiera perseguido de igual manera pero por razones radicalmente distintas: en Francia querían liquidar a Remy por cuestiones de higiene y sacarla en una bolsa negra del restaurante, mientras que en Vietnam la hubieran matado, pero para meterla, justamente, en la cocina del restaurante – o de la casa, cafetería, etc. -, y esta vez no como chef sino como otro ingrediente más, uno que el Vietnam actual ha adoptado como uno de los principales a la hora de la creación culinaria.
 (Superado el antiperistaltismo, conocido comúnmente como “reflejo del vómito”, proseguir la lectura…)
 El éxito mundial de la ratica de Disney y, hace unos años ya, del libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, en el que se exaltaba la habilidad de la rata de seguir buscando comida mecánicamente mientras se despreciaba descaradamente la capacidad pensante del ser humano, hicieron de excelente prólogo a lo que comienza mañana, 7 de febrero, según el Calendario Chino: el año de la rata. Pero en Vietnam, que como la gran mayoría en Asia sigue el calendario gregoriano para su día a día y el calendario chino sólo para las fiestas tradicionales, el tiempo de la rata lleva mucho más de un año. Aunque hay recetas vietnamitas con carne de rata que datan desde hace más de 150 años, el auge que hoy en día tiene la rata en sus menús tiene, tristemente, menos de tradicionalista y mucho más de circunstancial. Basta con hacer una búsqueda en algún motor de cualquier periódico internacional para recordar los malos ratos que pasó Vietnam en el 2004, cuando la fiebre aviar (SARS*) cobró en ese país suficientes vidas como para que la gente desterrara casi por completo de sus dietas la carne avícola; sólo el pollo importado, mucho más caro que el nacional, se consumía, si acaso. Y como no sólo de arroz vive el hombre, ni siquiera los asiáticos, la gente comenzó a aumentar su consumo de serpiente y gato, este último llamado en los menús como “pequeño tigre”. Pero pronto las autoridades vietnamitas y la realidad capitalista – oferta y demanda – hicieron que los precios de estos “alimentos” subieran rápidamente; la carne de serpiente, considerada en China como una exquisitez, comenzó a exportarse a gran escala, cortando el suministro local, y la carne de gato comenzó a moverse mayormente en el mercado negro porque desde 1998 existe una ley que prohíbe su comercialización.
 En el zodíaco chino uno de los grandes atributos que se da a la rata es su facilidad para la reproducción, su fertilidad, y su habilidad para encontrar alimento en los lugares más insospechados. Son, principalmente, un sinónimo de abundancia. Y fiel a su fama, estos roedores no hicieron sino multiplicarse exponencialmente cuando el número de sus dos grandes depredadores, la serpiente y el gato, fue disminuyendo a medida que los vietnamitas los utilizaban como reemplazo de las aves que ya no se atrevían a comer por temor a la fiebre aviaria. La rata comenzó a aumentar de población rápidamente, lo cual también ha ayudado a que su precio siga siendo más barato que el de cerdo, por ejemplo. Así, estos roedores han ido invadiendo cultivos y ciudades, hasta que el hambre y la creatividad humana – esa espeluznante capacidad de adaptación que nos caracteriza -, comenzó a ocupar el puesto de los depredadores naturales de las ratas, y las ratas, a su vez, dejaron de ser parte de recetas antiguas y rurales y comenzaron a ser parte de la dieta convencional del vietnamita del campo y el citadino.
 Para el conocedor, o si algún día te encuentras en un mercado vietnamita sin saber qué rata llevar, las ratas más “apetitosas son las más gorditas, con una fina capa de grasa” que le da “más sabor” a la carne a la hora de cocinarla, sea en cuadritos y frita o en trozos más grandes como parte de un asopado, “perfecto para los fríos días de invierno”, como asegura la señora Thanh, la cocinera de un respetado restaurante de Ho Chi Minh, otrora Saigón. Con la misma naturalidad con que una abuela italiana diera la receta para una lasagna, la señora Thanh comienza citando los ingredientes:

- Dos ratas silvestres grandes, limpias y destripadas, cortadas en cuatro.
- Dos dientes de ajo machucados.
- Media taza de lemongrass.
- Media taza de semillas de pimiento rojo picante.
- Cuatro tazas de caldo de pescado.
- Sal al gusto.

 “El truco está en machacar muy bien las semillas de pimiento, agregándoles un poco de caldo de pescado para hacer una pasta que se va agregar al caldo junto con las hojas de limón cuando el caldo haya hervido. Ah, bueno, ponga primero a hervir el caldo, por supuesto, con el ajo y un poco de sal. Luego le pone el picante y las hojas de limón y las ratas. Tápelo y deje cocinar por media hora. A partir de ahí es cuestión de ir probando y ajustar la sazón. A mí me gusta con mucho picante y poca sal pero hay que tener consideración con los turistas que vienen al restaurante, ya una vez mandé a uno al hospital porque la comida estaba muy picante”, se ríe. “Por eso, aunque es rico comer la rata en un restaurante, no hay nada más sabroso que cocinar la rata en casa y comerla en la familia. Sobre todo ahora que comienza el año de la rata.” Entonces yo le pregunto, “¿cuándo es el año del perro?”, pero ella no parece entender el chiste.

Rata china 

 * Severe acute respiratory síndrome.

 

Siempre es hoy, Politik, The Robert ReportNovember 7, 2007 9:25 pm

 Hay un capítulo* de Los Simpsons en el que el Señor Burns – para quienes vemos el programa en inglés, “Mr.” – hace unas malas inversiones y termina en la bancarrota, perdiendo la planta nuclear. La trama hace que Lisa y Mr. Burns – fijándose éste en el entusiasmo, inteligencia y potencial de la niña, y ella confiando en la promesa del viejo de que se ha vuelto un hombre de bien - se asocien en un proyecto de reciclaje. Les va muy bien; Lisa convence al pueblo de Springfield de los beneficios para el medio ambiente que trae consigo el reciclar y Mr. Burns no para de recoger latas al irse dando cuenta de que la empresa comercial es, sobre todo, muy lucrativa. Mr. Burns, así, recupera su fortuna y abre su propia planta de reciclaje. Invita a Lisa y le da un tour del lugar para que ella vea que cumple con todos los requisitos para ser una planta amable con el medio ambiente. Lisa se impresiona y confía en que Mr. Burns se ha rehabilitado, hasta que éste decide enseñarle “la mejor parte” de la fábrica. Se trata de una especie de red modificada con contenedores de aluminio para atrapar todo tipo de vida marina, con la cual el maléfico empresario piensa hacer toneladas de “Lil’ Lisa Slurry”, un químico industrial que planea poner en venta y ganar millones de dólares. Lisa, horrorizada, se da cuenta de que Mr. Burns sigue siendo el mismo empresario malvado, insensible y egoísta de siempre, y que la usó a ella y al ideal del reciclaje para acumular su nueva fortuna. La niña, oprimida por el peso de conciencia, decide salir corriendo por las calles de Springfield rogándole a la gente que ya no recicle, que reciclar ahora es algo malo…
 Aunque se trata de un capítulo que salió al aire hace más de diez años, su vigencia podría ser importada al escenario mundial que hoy en día se radicaliza en cuanto al calientamiento global. Por supuesto, hay muchos más puntos de contraste que de comparación entre Mr. Burns y Al Gore, pero esos puntos donde sí son comparables no dejan de dar qué pensar. Conozco a varias personas que, por ejemplo, atacan el perfil contra el caliento global por ser Gore su - ni siquiera digamos líder – vocero, valiéndose de esta imagen de político sensibilizado con la causa de una naturaleza convaleciente para restaurar un desprestigio que sólo se había acentuado desde que perdió las elecciones presidenciales en el año 2000 de manera escandalosa. Y la verdad es que ver el galardonado documental ‘An inconvenient truth’ le deja al espectador ese sabor nostálgico de un Gore que nunca podrá superar del todo el haber estado tan cerca de la Oficiana Ovalada en la Casa Blanca. Pero regresando al episodio de Los Simpsons y viendo la reacción de Lisa al descubrir cómo Mr. Burns usaba el dinero ganado mediante una empresa tan noble como el reciclaje, uno no deja de pensar que también ella está equivocada al renegarlo. El reciclaje, igual que ahora lo es el combatir la catástrofe del calentamiento global, es un ejercicio cívico que trasciende, que va más allá del egoísmo y el orgullo de ciertos individuos. Desconozco si Al Gore crea con sinceridad en la causa a la que tanto tiempo y esfuerzo ha dedicado, o si en un futuro utilizará esta fama renovada para lanzarse de nuevo en pos de la presidencia de los Estados Unidos. Lo que es innegable es que con su documental y con sus viajes predicando alrededor del mundo ha creado una moda, un despertar que ha puesto en la boca de todos el triste futuro que le espera a nuestro planeta si no actuamos pronto y con decisión contra el calentamiento global. Aplaudo la concesión del Premio Nóbel a Gore y su equipo de las Naciones Unidas. La supervivencia de la Tierra nunca ha sido una cuestión de derechas o de izquierdas, sino de ponerse de acuerdo entre lo que vale la pena salvar hoy para garantizarle a la vida un mañana sostenible y, por qué no, hermoso.
 Por cierto, el capítulo de Los Simpsons termina con Homero en el hospital, luego de sufrir múltiples ataques cardíacos al enterarse de que Mr. Burns, después de haber vendido la planta de reciclaje, le ofreció a Lisa, por haber sido su consejera, un 10% de sus ganancias de $120 millones. Ya en la cama del hospital un Homero fuera de peligro le dice a Lisa, luego de haberla perdonado, que seguramente Mr. Burns habrá gastado “esos $12 mil” que le había ofrecido. Era de esperarse que cuando Lisa le terminó de explicar a su padre cuánto es el 10% de $120 millones Homero sufrió un código azul…
 

* The Old Man and the Lisa (20/04/1997)

Mr. Burns and Lisa

Siempre es hoy, The Robert ReportOctober 22, 2007 5:43 am

 Aunque no soy abogado ni he jamás cursado clase alguna en el ámbito del derecho o de las leyes, considero que la justicia – con su maquinaria y todos sus precedentes -, tantas veces ridícula, tarada y hasta abusiva, debería ser en gran medida reformada. Habría que empezar por sus legisladores, personas que, como en las películas, es de suponer que alguna vez tuvieron sueños de limpios ideales - ¿qué puede ser más noble que trabajar, en democracia, al servicio de la gente? -, pero que fueron rotos por los altibajos de la vida. Hoy en día es algo normal enterarse que aquel o esta senadora aceptaron importantes sumas de dinero para aprobar una nueva ley que beneficie a tal empresa o negocio. Estos legisladores también tienen la potestad de cambiar o abolir las leyes inútiles o desconsideradas que existen, para así evitar que venga un juez a interpretarlas como mejor o peor pueda. Es en esta estapa, la de la interpretación, en la cual se incurre en las mayores atrocidades. Ejemplos de jueces que admiten demandas absurdas se encuentran todos los días en los periódicos, como el caso de un estudiante de la University of Massachussetts en Amherst que demandó a la institución porque un profesor le calificó con una C en un examen de filosofía política, causándole “daños y traumas pscicológicos, y pérdida del auto estima”. Otro caso reciente es el del senador de Nebraska, Ernie Chambers, quien demandó nada más y nada menos que a Dios por ser el causante de “terror” y de la “muerte y detrucción de millones de millones de habitantes de la tierra”.  A este tipo de demandas estúpidas – que aparte de lo infundadas se comen un vergonzoso porcentaje del dinero del fisco – se les suma las resoluciones extravagantes a divorcios, no sólo los de alto perfil sino muchos otros, en los cuales se le obliga al cónyugue mejor dotado a pagar enormes cantidades de dinero proporciales al tiempo que ha durado el matrimonio. Mi encono al respecto es por el hecho de que exista alguien que, usando una calculadora, sea capaz de cuantificar y cifrar el tiempo que dos personas compartieron, supuestamente partiendo de una voluntad común de apoyo mútuo, respeto, fidelidad, sexo y hasta amor en el mejor de los casos. Entiendo que existan responsabilidades de padre o de madre, pero partiendo de que ambos cónyugues consintieron a dejar atrás una vida de más amplias libertades personales para unirse en matrimonio a otra persona es injusto decir que una de las partes, a la hora de un divorcio, ha salido en desventaja.

 Si bien es comprensible que muchas de las demandas que año tras año llenan las cortes no sólo de los Estados Unidos sino del mundo entero son necesarias, opino que el ponerle un precio a la vida o al sufrimiento humano es una falta de respeto a la vida misma y a su calidad de irrepetible. Los ejemplos de juicios y demandas insensatas es larga y patética. Lo mismo la lista de leyes absurdas y necias. Tanta ineptitud merece que la justicia y sus protagonistas sean demandados, pero no seré yo quien lo haga. Supongo que ya alguien lo habrá hecho.

Visiten www.dumblaws.com y www.dumb-lawsuits.com para más - tristes - ejemplos. 

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoySeptember 19, 2007 10:10 am

Las puertas automáticas de vidrio del hotel se abren sobre la Hochstraße y bajando unos pocos pasos hacia la derecha encuentro la Rosenheimer Straße. Cruzo a la izquierda porque he decidido no tomar el S-Bahn (metro) sino caminar, pasar el puente sobre el verde río Isar – en estos días, por las lluvias tardías de un verano languideciente, tiene un nivel alto y una corriente que fluye más pesada de lo usual - que lleva al centro de la ciudad. Atrás ha quedado el rumor del río cuando me encuentro con la Tal Straße, que me lleva más allá de la Marieplatz, con su torre de reloj de la que salen dos veces por día – a las once y a las catorce - muñecos folklóricos de la Bavaria y con su virgen dorada que sostiene en brazos a un Jesús niño, hasta la Karlsplatz (Stachus), atestada de turistas y jóvenes alemanes que hacen incomprensibles filas para comerse algo en el McDonald´s que acosa el costado suroeste la fuente.

Me siento cómodo en las amplias aceras de Munich, una ciudad con un oscuro pasado del que ahora quedan sólo fechas y discursos airados en las páginas de los libros de historia. De esos tiempos de inflada grandeza se adivinan apenas unos pocos pero bien conservados edificios; el resto de la ciudad fue destruída. Ahora sus calles están llenas de gente del mundo, de acertadas composiciones arquitectónicas que se mezclan con el rastro que los años han dejado en sus calles de luz cansada y personas amables.

La velada no termina luego de salir de un restaurant de comida típica. Con mis pasos voy recordando el sabor del puré de papas, del tibio repollo agrio que acompaña las salchichas, y de la cerveza, que cuando llega parece demasiada – vasos de medio litro –, pero que al final no alcanza para ayudar a que bajen los dos pretzels que saco de la cesta en el centro de la mesa. Levanto la mirada y reconozco mi hotel, que con sus once pisos es uno de los edificios más altos de la ciudad. Me imagino que de estar allí, en la habitación 924, no pudiera reconocerme. Quién habría imagiado hace apenas un año que yo estaría aquí, en Munich, trabajando en un 767 y escribiendo esta nota en el blog, justamente para el comienzo del Oktoberfest este fin de semana… No, desde la habitación 924 sólo pensaría que aquel muchacho de camisa manga larga es otro turista más, uno cualquiera, que vino a Munich esperando encontrar tantas cosas en esta ciudad de fiesta, historia, ópera y cerveza. Cosas – habría de decirme – que yo también quisiera…Munich

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyAugust 30, 2007 7:45 am

Un silencio de sol fulminante y agua que choca y choca contra barcos, piedras y pilares. El cuerpo largo y desmayado sobre la madera, con las primeras gotas de sudor que se forman y que luego bajarán por los costados para ser, también ellas, devoradas por la luz y el calor. Lejos juegan los niños, acompañados por las miradas vigilantes de las madres y su propio chapoteo, que tanto les entusiasma. El agua guarda su color desde el fondo, el verde plomo de esas algas que crecen hasta acariciar el nado de los nadadores y avivar el pavor de algunas adolescentes adictas a largometrajes de terror. Esta agua que en realidad no es dulce sino que no es salada es tan liviana que dificulta el flotar, aunque viendo a las gaviotas y a los patos sentados sobre la superficie es difícil de adivinar. Comparto el sol y el muelle con una familia rusa. Los padres visten trajes de baño de otro tiempo mientras que las hijas, tres en total, hablan y cuchichean como sólo lo saben hacer las niñas que han crecido bajo ese amor paternal que ama y somete. Se pasan de mano en mano una cámara de fotos digital donde revisan luego de cada foto el brillo de sus caras. Verlas reír me hace olvidarlo todo por unos segundos. No me sorprende el pensar que con otra edad me hubiera gustado probar su belleza y haber sido yo el simpático causante de sus risas. En el fondo me alegro de que hayan notado mi cara sonrojada cuando les devuelvo la cámara luego de haberme ofrecido a tomarles a las tres juntas una foto. El padre, que ha ido de paseo por el muelle con la esposa, me mira desde lejos con lo que me parece es rabia o algo muy parecido a la rabia. Él, como yo, también ha sufrido un revés en esta tarde. Yo porque esta vez me ha vencido el roce puntiagudo de las algas y él porque ha entendido que algún días sus hijas y él no estarán siempre en el mismo muelle mientras un joven melancólico se topa con su belleza y se ofrece, torpemente, a tomarles una foto que recordará, si no para siempre, al menos por muchos años, ahora perpetuados por las letras.

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyJuly 27, 2007 5:21 pm

Tren

 Pasan los años, porque los años pasan, y lo que antes era destino o meta vemos que se ha convertido en una sucesión de días y noches previsibles, programadas. Atrás van quedando los días de la juventud desmesurada o de la moldeable infancia en la que una imagen o una frase que escucháramos eran suficientes para cambiarnos la vida para siempre. Pero decir hoy en día para siempre es adentrarse ya en otro destino, uno mucho más laxo donde el devenir del tiempo parece haber cobrado un momento más obstinado. La velocidad del tiempo es la misma pero su masa arrastra el peso de la experiencia, la acumulación de lo que se ha vivido, escrito o leído. Este tiempo le va restando periferia al destino, que se adelgaza y va limitando sus pasos a las rocas que se asoman contadas sobre el agua. Es un camino de piedra que parece alargarse hasta más allá del horizonte, pero que esconde el corte de la muerte, a veces en el momento injusto, pero casi siempre en el momento certero, con la habilidad de un arquero abnegado y valiente. Es por eso que la muerte reivindica. Es por eso que el destino va ahorcándonos la vida, para que sólo el amor y lo sublime cuenten. Es por eso que el tiempo es el único tren que siempre, siempre nos espera.

Peliculeando, Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoy, Politik, The Robert ReportJuly 3, 2007 7:42 am

La cultura. A ver, defínela. Te reto a que le des un cuerpo de palabras a esa idea voluminosa, extensa, inasible. Te prohíbo recurrir a la síntesis del Larousse o a la manida arrogancia del almighty­ Wikipedia. Tu labor es construírla, hacerla de piedra o de colores, de pentagramas o vibrantes sintetizadores. Su forma es la forma que poco a poco le vayan otorgando los años, fuera del olvido y de las modas. En ella cabemos todos y en ella nos diluímos, como gotas blancas o dogmas que caen y desaparecen en el agua. ¿Cómo evitar que el mundo – ella misma – la devore?

 
Se habla y se aboga por su fomento pero de una manera manipulada. Se le toma tantas veces por inútil, aburrida, y en el mejor de los caso por rancia y severa. La cultura es cosa de otro siglo, se dice. Contados son los medios de comunicación que le dedican – muchas veces a regañadietes, como con cierto remordimiento  – un espacio propio. De su paso por la escena política quedan sólo ténues estelas, a veces con su dósis de bochorno. Nunca más un Pablo Neruda, quien entre versos y hablando de literatura logró que la Francia de Georges Pompidou levantara su embargo sobre el cobre chileno. Cerca estuvieron García Márquez y Carlos Fuentes de lograr que Bill Clinton, en una tarde literaria en Martha’s Vineyard, aliviara el embargo a la Cuba castrista, pero el caso de Mónica Lewinsky terminó por tragarse completa su atención. Ahora nos queda la vergüenza al recordar a Fox advitiéndonos que “América Latina debe huir de la dictadura perfecta, como lo dijo el premio Nóbel colombiano de literatura, Mario Vargas Llosa", cuando Vargas Llosa es íbero-peruano y – lamentablemente – aún no gana el Nóbel. Y ni hablar de tener que soportar a Chávez citando, por ejemplo, a Noam Chomsky, sabiendo que el presidente venezolano hasta el buenos días los da con tilde político, impermeable a las bondades de la cultura.
 

La cultura es el legado que el hombre, conjugado con la historia, nos viene regalando desde siempre, con la única petición de que también nosotros vayamos aportando algo para enriquecerla. Ahora que gozamos del saber instantáneo gracias, entre otras maravillas, a la internet, podemos ir dejando de lado el complejo con que se ha venido llevando la cultura. Hay cosas que todos deberíamos saber y hay otras con las que nadie debería perder su tiempo. Saber diferenciarlas es hoy más que nunca una virtud, y un deber el luego compartir los descubrimientos. Yo empiezo por recomendar la mitología griega, lecturas que le dieron altura – desde el Hades al Olímpo - a tiempos de harta imaginación febril. Tal vez diga todo esto porque hoy vi ‘El laberinto del fauno’, del director mexicano Fernando Del Toro, una película que te devuelve, por momentos, la libertad que sólo se daba en el encuentro entre la imaginación y la inocencia. Por ese candor han ardido de igual forma pueblos y libros, uniformes y ballestas.

Eco y Narciso, por J.W. Waterhouse, oleo, 1880.

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyJune 13, 2007 5:22 pm

“… nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza, quiero decir que nos lo contamos todo y nos decimos palabras de consuelo o distracción o ánimo cuando advertimos que esas palabras son necesarias al uno o al otro. También nos echamos de menos (vagamente de menos) cuando no estamos juntos, una de esas personas (en la vida de cada cual hay cuatro o cinco, y de ellas se sufre en verdad la pérdida) a las que uno está acostumbrado a informar de lo que le ocurre, es decir, en las que uno piensa cuando le sucede algo, divertido o dramático, y para las que uno acumula hechos y anécdotas. De buena gana se aceptan reveses porque van a relatarse a esas cinco personas. “Esto tengo que contárselo a Berta” piensa uno (pienso yo muchas veces).”

Fragmento de Corazón tan blanco, de Javier Marías. Algo para compartir con las más queridas amistades.

Amistad entre palabras

Peliculeando, Siempre es hoy, The Robert ReportMay 30, 2007 8:07 am

Bandera pirata Sucedió el viernes pasado, durante una de las funciones en las que estrenaban la tercera y, por ahora, útima entrega de la saga Pirates of the Caribbean. (Sobre la película prefiero no opinar en este momento). Ya habían apagado las luces, aunque no todas, y se escuchaba el rumor indefinible de la expectativa. Ajustando las metáforas, bien se podría decir que en aquel mar de sillas cómodas y replegables la audiencia estaba repartida en pequeños grupos harto conocidos: la familia, los amigos, la pareja, el solitario, la cita a ciegas, los coleados, y… los piratas. Estos últimos, vestidos de la misma forma que lo haríamos tú o yo, se habían sentado justo en la fila detrás de la mía, en la que me acompañaban unas amistades. El azar o una broma de mal gusto, de esas que destacan los peores rasgos de un estereotipo, quiso que los piratas que nos acompañaban esa noche, perfectamente camuflageados, fueran mexicanos. En fin, “latinos”. Sus palabras, lo único entendible proveniente del ámbito de la sala, se escuchaban entre el crujir de cotufas* y los sorbidos de algunos labios cerrados sobre pitillos queriendo beber hasta la última gota. Sin embargo nada de lo que dijeron les delataba como piratas. Hablaban más bien de música, me pareció, y de una muchacha llamada Jimena o Ximena que había sido “muy mala con Fernando”. Por supuesto, instantáneamente también me pusé del lado de Fernando, a quien me imaginé flaco y alto, llevándole desgarradas serenatas a una mujer de mirada fuerte y que sonreía sólo cuando una cortina naranja le tapaba esa boca de labios marcados. Se trataba, pues, de piratas que conocían de las batallas del amor, por lo que en algún momento pensé que hubiéramos podido haber sido amigos, como narrara alguna canción de Vicente Fernández. La película empezó a tiempo y pronto me dejé llevar por la trama fantasiosa: una extraña hermandad de piratas se reunía en el Mar Caribe para derrotar a la armada inglesa, entre otras cosas sobrenaturales. O sea, el crímen, al menos esta vez, pagaba. Pero no para todos, me temo, porque de repente irrumpieron en la sala seis policías completamente armados y subieron a trote por las escalerillas iluminadas. Se detuvieron justo al lado de nosotros y alumbraron con insistencia la fila de arriba, buscando a los buenos amigos de Fernando. Hubo un forcejeo de palabras hasta que uno de los mexicanos se levantó y caminó, lento y con las manos arriba, hasta los policías, quienes le arrestaron al instante. Antes de comenzar el descenso hacia la salida de la sala, el muchacho, de cara morena y ovalada, se volteó y le pidió en castellano a sus compañeros piratas que le avisaran “a Nick” para que lo sacara. En su voz no había miedo ni arrepentimiento. Yo pensé que iba a tropezarse, pero lo vi salir esposado de la sala sin haber pisado la maraña de cables que colgaban de su suéter y con los que, momentos antes, había estado filmando ilegalmente la película ‘Piratas del Caribe 3’. Sólo entonces entendí al capitán Jack Sparrow (personificado por Depp) y vi claramente esa línea que enlaza los días de los piratas asaltando Cartagena o Curazao con la piratería contemporána, como la gestada en las salas de cine de Seattle (Bellevue). Todos, alguna vez, con razón o sin ella, y por el argumento que fuera, le hemos querido ganar a la armada inglesa… Sólo espero que Fernando se olvide pronto de Jimena o Ximena, porque algo me dice que ella guarda su corazón en la oscuridad inalcanzable de un cofre sin llave. Y allí, amigos, no hay pirata que entre.

Siempre es hoyApril 18, 2007 8:41 pm

Pacto

 No la conocía. Por supuesto que había escuchado hablar de ella, pero nunca la había visto, nunca había estado frente a sus colores, participando de todo el esplendor de su presencia. Llegó poco a poco, como de puntillas entre los retazos de luz y la lluvia, y ahora la encuentro en todas partes, cómoda y extensa. Se piensa, “ojalá hubiera venido para instalarse para siempre”. Y sin embargo sabemos que las flores han de marchitarse, que las hojas cambiarán de color y caerán hasta vestir de oscuridad el frío del suelo. Pero para entonces las abejas ya habrán terminado sus labores y habremos mostrado de nuevo al aire nuestra piel. Luego de tanta espera, tiempo en el que también se gestan las metáforas, llega la primavera y la vida retoma su impulso milenario, el vivo misterio de los astros y la recompensa a una plegaria hilada en todos los idiomas. “Ya nadie se está comiendo el sol.”