El arco y la lira, Siempre es hoyFebruary 23, 2010 4:55 pm


Quiero decir

que aparecieron de repente,

pero no.

Les precedieron

una intriga de luz

y de colores, la espera

por la temperatura perfecta,

el papel de la lluvia,

protagonista.

Luego el retoño,

el afable parto de la hoja

sobre el tronco

o la flor

en el clímax de la rama,

abriéndose

con un pudor abalanzado,

la prisa indeleble

de lo indetenible.

Como una ofrenda

o como una tentativa

que se repite

cada primavera,

el terso idioma de una tregua.

 

Historiando, Siempre es hoyAugust 16, 2009 8:17 am

 La luz llega con sigilo a Lake Crescent. Va arrastrándose por el verde mojado de las montañas, rasgándose con las espinas de las moras, cubriéndose del pelillo que viste a algunos arbustos, fracturándose en sombras contra el grosor de las ramas desnudas de enormes árboles que han muerto en alguna pasada tormenta y que ahora, en los alrededores del lago, descansan en la dudosa paz de la voracidad de las termitas y del molecular quehacer del agua. Estos obstáculos retrasan a la luz cada mañana, que va llegando por pedazos y angulada, pastosa, cansada, difuminada, casi tangible. Por esta demora se tardan en llegar, a su vez, los colores. La aurora se estrena con un morado sedoso, que pronto es alcanzado por un azul desmenuzado que, optimista, predice acertadamente que pronto llegarán el verde, el marrón, el ocre, el naranja y, finalmente, el amarillo, para terminar de desplazar por completo la noche más negra.

 La manera paulatina de progresar que tiene el día en este remoto lugar del condado de Clallam, en el estado de Washington, lleva a pensar que el lago Crescent tiene vida propia, que respira, que en las mañanas se despierta y en las noches le alcanza un sueño distendido, como el león que se acuesta bajo una sombra de sabana a digerir el antílope. Como nosotros, este lago de más de 8 millas de largo también puede cambiar su humor y su parecencia, bajo la que guarda, en sus más de 200 metros de profundidad, muchos secretos e historias…

 Hace años, por ejemplo, la superstición de las tribus de indios S’Klallam - en honor a quiénes se nombró el condado - llegaba a tal extremo que rehusaban cruzar el lago en canoa por temor a que los “espíritus malvados” que lo habitan se los llevaran a la hondura helada y oscura de las aguas. Se especulaba, inclusive, que el lago no tenía fondo y que el agua orillaba en el centro de la tierra, donde vivían, además de los espíritus, otras criaturas míticas recreadas de boca en boca, año tras año, por los S’Klallam y, poco a poco, por los exploradores blancos que fueron llegando a la zona durante la fiebre maderera de finales del siglo XX o desviados de la ruta del oro de California a British Columbia, en Canadá. Sin duda alguna, la más popular de esas temibles criaturas que habitaban en Lake Crescent era una enorme serpiente acuática, muy al estilo de la del Lago Ness, y de la que existen cientos de declaraciones hechas por testigos que aseguran haber visto su cuerpo escamado ondulando en la superficie de las aguas, siempre al amanecer o al atardecer, con su cabeza triangular alta y hambrienta buscando algún venado sediento o algún pescador despistado. Se dice que varios hombres blancos usaron esta leyenda para alejar a los indios del lago, pero todos, indios y blancos, se asustaron cuando en 1934 encontraron en las arenas de Henry Island, en el estrecho de Juan de Fuca, una criatura delgada, de 30 metros de largo y con una cabeza enorme que se asemejaba a las descripciones que dieron los testigos de la serpiente de Lake Crescent. Esas semanas nadie osó meterse en las hermosas aguas zafiro y esmeralda del lago, aunque luego científicos canadienses hayan confirmado que no se trataba de una serpiente sino de un tiburón peregrino, especie inofensiva que abre su gigantesca boca para alimentarse del plancton cerca de la superficie. En Lake Crescent, pocos le creyeron a los científicos canadienses.

Snake or Basking Shark? 1934 

 Otra leyenda sobre el lago habla de su inquietante profundidad. Cuando a mediados del siglo pasado se quiso saber qué tan profundo era, se introdujeron en las aguas varias pesas con equipo especializado que pretendía medir y explorar el fondo del lago. Pero no dieron con su profundidad porque, al parecer, extrañas corrientes dañaron y rompieron el equipo. Tiempo más tarde se confirmó que el algo tenía una profundidad de unos 660 pies, pero el equipo extraviado nunca apareció. Lo que sí apareció, en el verano de 1940, fue el cuerpo de Hallie Illingsworth, una mujer de la zona que había desaparecido unos años antes. Su paradero era un misterio hasta que dos pescadores encontraron su cuerpo, hundido a muchos pies de profundidad. Lo más desconcertante no fue tanto dar con el cadáver, un hallazgo suficientemente macabro de por sí, sino el hecho de que éste no se había descompuesto; sus facciones, su cabello e inclusive sus ropas estaban muy bien conservadas. Los investigadores que identificaron el cadáver extraditaron a su esposo, que se había escapado a California, para juzgarlo por asesinato. Dr. Larson, el especialista consultado durante el juicio, confirmó que el cuerpo de la mujer se había conservado debido a una composición especial de calcio y alcalinos a partir de cierta profundidad del lago que se mezcló con los ácidos lípidos del cuerpo para crear una reacción conocida como saponificación, en el que la materia se convierte en jabón. Luego del juicio se estimó que puede haber hasta 100 cadáveres de gente desaparecida convertidos en jabón y suspendidos en la profundidad de las aguas del lago Crescent. Hallie Illingsworth, desde entonces, es conocida como the lady of the lake, una leyenda contada en las noches alrededor de las fogatas en los campamentos en la Península Olímpica de Washington. Si no hubiera sido por la saponificación, subrayó el Dr. Larson, es probable que no se haya podido identificar el cadáver y su marido asesino aún seguiría prófugo. En este contexto, el lago fue el testigo que condenó al señor Illingsworth.

 Hoy en día Lake Crescent parece descansar de siglos de especulaciones y supersticiones. Cada verano cientos de personas visitan sus aguas sin siquiera pensar o imaginar la historia que este lago de colores inéditos ha presenciado y protagonizado. Y probablemente sea mejor así, aunque el lago de aguas turquesa se empeñe de vez en cuando en recordárnosla.

Amanecer en Lake Crescent 

Siempre es hoyMay 13, 2009 8:52 pm

 Mediados de mayo. Hoy, miércoles 13, cumplo 27, y perdonen el cliché, pero es que me parece que esto del cumpleaños es un tiempo propicio para una pequeña reflexión. Durante las últimas semanas me he sorprendido creyendo, como todos los años, que ver la fecha de mi cumpleaños en los avisos y sellos de expiración de leches, yogures, panes y otros perecederos es un augurio de buenas cosas venideras. No sé por qué no puedo evitar emocionarme, ligeramente, cuando me encuentro con la fecha de mi natalicio escrita en alguna parte, sea en tinta o en digital. No quiero basar ese hálito de esperanza en alguna superstición ligada a la numerología, o en la connotación, digamos, histórica de la fecha (aniversario de apariciones, atentados, aboliciones y guerras). Supongo que para mí, en el fondo, lo que hace especial esta fecha es que, justamente, es el aniversario de mi nacimiento; la oportunidad perfecta para hacerle un examen más o menos riguroso a ese trayecto que llamamos vida, con su pasado, presente y, por supuesto, su futuro. Es un ejercicio personal del que no pretendo demasiado, la verdad… Aplacar la conciencia, quizás, alimentar viejos dragones, tal vez, engrasar la eterna maquinaria de los anhelos, probablemente.
 No creo que lo importante de la reflexión sea sacar conclusiones definitivas. Uno de los errores potenciales en los que se puede caer cuando se embarca en un ejercicio de retrospectiva es desestimar el valor que tuvo el azar a la hora de trazar la secuencia de esos momentos que recordamos como “el pasado”. Y por azar quiero decir lo no planeado, lo fortuito. Pero el pasado sirve sólo como referencia, y un poco como piedra de toque para sentirse uno satisfecho o al menos agradecido con y por la vida. El presente, en cambio, es esa sensación de puntos suspensivos, el impulso inasible que promete que, pase lo que pase, todo continúa. El presente es la prueba de que no existe el fin del mundo, sólo la muerte, que es algo así como el fin del mundo para cada uno de nosotros… En el presente se destila lo que importa, eso que merece de nosotros un pensamiento o una acción, una fracción de nuestro tiempo.
 ¿Qué nos queda, entonces? El futuro, con sus avisos de curva, con toda su escarcha y luces de neón, con su promesa de aguardo, como sinónimo de expectación. Aprovecho que es hoy para esbozar lo que espero de esta nueva edad, que no he pedido pero de la que tampoco me puedo despojar. Quiero llevar mis 27 años a nuevos lugares y recorrer nuevas rutas, conocer con Mariana las playas de Cuba, ir al festival de Holi (colores) en la India, nadar en las costas de Menorca, pisar África y dominar un camello, jugar con un pulpo en las aguas de Maui en Hawaii, acampar en la costa de Washington y despegar de las piedras estrellas de mar. Quiero escribir, regalarle cosas importantes a mi ahijada y conocer a mi nuevo sobrino en Barcelona, ser y tener la mejor compañía, pasar más tardes y veladas con amigos, resolver el dilema de la espontaneidad, minar mi curiosidad, aprender una que otra cosa, recordarme de más chistes (pero saberlos contar ya es otra cosa), ver la aurora boreal, fotografiar un nido con pichones de águila calva, contar una familia de castores trabajando en una represa, leer más libros de Orhan Pamuk, de Roberto Bolaño, y de esos autores que escriben para cortarte el aliento, ir a más conciertos y shows, tenerle más cariño a los museos, cocinar comidas memorables, aprender a preparar un buen roll de sushi, acercarme más al mundo perfumado de los vinos, pescar el primer escurridizo salmón, jugar más tenis y fútbol, hablar del gimnasio sin nostalgia, ser más hábil trabajando con las manos, ganarme un premio en algún concurso o sorteo, aprender a soportar mejor el frío, ir por fin a una montaña nevada en vez de sólo verlas desde lejos, recoger más frutas en los sembradíos de Snohomish, tener más aciertos a la horas de escoger películas, ser más green y ganar más “greens”, seguir bailando casino y rueda, conocer nueva música y cruzar los dedos para que haya otra gira de Drexler, de Sabina, o de Juan Luis Guerra, visitar y que me visite la familia, no conformarme… pero sabiendo adaptarme y encontrando el balance de las cosas.
 Tristemente, la primera adaptación  que tengo que hacer con mis 27 es no esperar la llamada o las palabras de un gran amigo que hace poco dejó de estar físicamente con nosotros y que cada año, sin importar en qué parte del mundo él o yo nos encontráramos, siempre se acordaba de mi cumpleaños, mi “aniversario”, como Joaco le decía. Era una oportunidad para ponernos al tanto y contarnos nuestros planes, un poco como lo que he escrito aquí. Lo que no cambia es que aún pienso pedir dos deseos, como siempre, cuando sople las velitas. El primero nunca cambia: deseo que la torta esté buenísima. El segundo… bueno, ese ya veremos.

Birthday candles

Historiando, Siempre es hoyApril 5, 2009 1:25 am

 Fue un viaje largo: Seattle – Los Angeles – Santiago de Chile – Buenos Aires. El trayecto desde Washington a California fue blanco, mirando desde la ventanilla la nieve que cubría de polvo y hielo las montañas, y luego sobrevolando las nubes, limpias y acolchonadas, llenando de inmensas sombras el verde díficil de Oregon y la costa espumosa de la California de los acantilados.
 El vuelo de Los Ángeles a Santiago iba casi lleno, pero ahora sólo recuerdo a otros dos de los pasajeros. Era una pareja de ingleses, o que hablaban con acento que yo interpreté como inglés, de unos treinta o treinta y cinco años (ella lucía mayor y era un poco más robusta que el muchacho). Sus ropas delataban el gusto de las personas que han salido de sus casas para no volver por muchos meses, quizás años (ella llevaba una amplia falda verde muy hippie, una camiseta blanca con estampado de flores, y un pañuelo naranja escodiéndole los cabellos mal teñidos, y él andaba con unos bermudas de blujean, posiblemente recortados por él mismo, y una desgastada camisa manga corta de lino beige, estilo safari). Ambos cargaban sendos bultos de excursión, y en algún momento me pareció que hablaban de visitar el glaciar Perito Moreno, en la Patagonia, pero no estoy seguro (¡ése acento inglés…!).  Estos detalles no fueron, sin embargo, los que me hicieron que reparara en ellos de esta forma tan detenida. Fue más bien su feliz descaro al sentarse en los asientos de clase ejecutiva de la fila detrás de la mía. Cuando vino una aeromoza y les pidió que le enseñaran sus pases de abordaje, ellos, sin pedir perdón, rompieron a reírse y se limitaron a decir, en inglés, “al menos lo intentamos”. La aeromoza les dijo, en lo que inicialmente me pareció un educado toque de humor, que la próxima vez que intentaran algo parecido se aseguraran de no sentarse en “la silla del piloto”. Horas más tarde me di cuenta que no había sido un chiste sino que esos dos asientos eran, literalmente, los asientos donde los pilotos se alternaban su tiempo de descanso… Para no rebajar la altura a la que había puesto a la aeromoza del lío (cuesta mucho cambiar de parecer sobre la idea que nos hemos hecho de alguien, así se trate de una persona extraña), me dije que no importaba si no había sido una broma; ella había dicho lo del asiento del piloto de buena manera, casi sonriendo, con un trato y un tono mucho menos cargantes que el de otra aeromoza en su posición, me parece.
 No dormí durante el viaje. Vi un par de las películas de las que tenían disponibles, leí, comí, y aprendí un poco de los vinos chilenos, gracias a la amabilidad o al aburrimiento de una de las aeromozas (“Eva, de Copiapó. Mucho gusto, señor”). El avión era un 767 muy cómodo, y en estos momentos no me acuerdo de que nos haya alcanzado alguna perturbadora turbulencia.
 Aterrizamos en Santiago en la madrugada, cuando la noche estaba todavía demasiado negra para saber por dónde iban el norte, el sur, y el resto de las coordenadas (una obesión del autor). Poco a poco la luz fue llegando y entrando por las ventanas. Recuerdo pensar que, por la lentitud con la que aparecía, me pareció que la luz no viajaba tan rápidamente como aseguran los físicos, o al menos no allí, en Santiago, ese ocho de febrero. La mañana me alcanzó mirando las vitrinas de las tiendas aún cerradas del terminal: franelas, llaveros, vinos, dulces, libros y recuerdos, todos a precios que no quise convertir a dólares, un poco por cansancio y otro poco por no quitarles ese aire de misterio monetario, pistas de cómo sería la vida en Chile.
 Cuando despegó el avión rumbo a Buenos Aires advertí al fin en que, de verdad, el hemisferio sur estaba en pleno verano. La cordillera andina brillaba bajo un sol inexorable, y el calor se metía por el espacio de la ventanilla hasta calentar la hebilla de mi cinturón de seguridad, obligándome a pensarlo dos veces antes de desabrocharlo cuando el vino completó su trepidanete viaje dentro de mi cuerpo y requerí usar del mínimo baño de la aeronave.  Mientras el avión ascendía pude ver un país hermoso, de un color que hechizó como lo hizo a las benditas lenguas de Neruda, de Mistral, de Parra, de Bolaño. Me despedí de Chile prometiendo regresar y, entonces sí, salir del aeropuerto, caminar la ciudad, visitar el mar y el campo. Me dio consuelo saber que el viaje sobre Los Andes era corto y que del otro lado de aquella pared barroca de piedra afilada y nieve quedaba Argentina, la aventura de una semana en Buenos Aires.

Andes

 Luego de aterrizar en el aeropuerto Ezeiza me di cuando de que sí, estaba en Suramérica, pero una muy distinta a la Venezuela del Caribe, donde nací y me crié. Pronto iba a darme cuenta que las diferencias eran todas agradables y que Buenos Aires es una ciudad de la que uno puede llevarse sólo los mejores recuerdos, “ché”.

Siempre es hoyDecember 2, 2008 6:20 pm

 Salimos de Milano a Venezia en un tren Eurostar porque el viaje sería más rápido que en uno de los regionales, que, aunque costaban menos, se detenían en demasiadas estaciones. En el tren se respiraba un aire expectante… Esa tarde nos dirigíamos a una de las ciudades más pintorescas e inolvidables del mundo: histórica y pionera, romántica, elegantemente decadente, desafiante, marítima, placentera, culinaria, artística, musical y hasta mágica, pero - hay que reconocerlo - una ciudad que parece destinada a la extinción. Unos aseguran que Venezia se hunde, “por la edad de las construcciones y los daños de las erosiones”, por ejemplo, o “por el peso de los pasos de los millones de turistas que la visitan cada año; una ciudad que no fue diseñada para eso”. Otros acusan que es el nivel del agua el que va en aumento, “por el derretimiento de los polos”, argumentan, debido a ese flagelo de nuestros tiempos que se llama Bushglobal warming”, causante de un lento pero peligroso cambio climático general. Yo opino que ambas posiciones son válidas porque, al fin y al cabo, Venezia se está hundiendo y, a su vez, cada vez hay más agua para cubrirla. Lo cierto es que para Venezia y los venecianos, caminar – o nadar, más bien -  en 1,5 m, y hasta 2 m (como en 1966), de agua, no es algo nuevo. El fenómeno, conocido como l’acqua alta, viene sucediendo desde hace muchos años debido, en la mayoría de los casos, a la combinación de varios factores naturales, como las fuertes lluvias de otoño y el siroco, ese viento del sur que empuja el agua del mar hacia la ciudad. Esta foto de la Pizza San Marco es de ayer, cuando el nivel del agua llegó a 1,56 m. ¿Contribución del calentamiento global?

 Venezia bajo el agua

 Llegamos a Venezia en la tarde. La estación de Santa Lucía no tiene nada de memorable, en comparación con Milano Centrale, pero al salir, a sólo unos metros de las escaleras, fluye el transitado Canal Grande. No hacía frío y del cielo caían pedazos de luz que iluminaban retazos del agua y del suelo. El viaje al hotel en vaporetto duró media hora, recorriendo el aparto digestivo de la ciudad. Nos hospedamos en un Bed & Breakfast de Santa Elena, en Castello Est, al este de la ciudad. Es una zona tranquila, casi completamente residencial, con un largo parque arbolado bordeando el mar, donde las familias llevan a los niños y los mecen en columpios, y los mayores juegan fútbol, básquet, leen o se sientan a conversar. Cada mañana, cuando decidíamos no caminar al centro, compartíamos el trayecto en vaporetto con muchos de los venecianos que salían a trabajar en los vecindarios más concurridos (San Marco, Cannaregio, Dorsoduro, Castello Ovest), en negocios que dependen casi por completo del turismo. Fue refrescante conocer ese lado tan humano de la ciudad, que a veces parece inundada no ya sólo de agua sino de gente. Y palomas.
 Fue muy agradable perdernos por su callecitas estrechas y encontrar canales desiertos, donde el agua parece haberse detenido y, pulida en un verde lechoso, reflejaba las paredes opulentas de balcones y los puentes - ¡tantos puentes! - de arcos altos, pequeños, enormes, por donde fluyen las góndolas oscuras, casi fúnebres, como Caronte por el río Aqueronte al encuentro del Can Cerbero. Los restaurantes de Venezia sirven comida muy variada, no sólo con respecto al menú sino también en términos de precio y calidad. Tuvimos suerte escogiendo lugares pequeños pero bonitos, donde degustamos desde funghi porcini hasta la más sabrosa carbonara. Por eso no nos importó haber perdido nuestro tren a Firenze. Dos horas más en Venezia fueron dos horas más en una ciudad fuera del tiempo. A veces me pregunto si la ciudad de verdad existe o si no es más que un deleznable artificio, como de cristal. Y como el vidrio soplado de Murano, Venezia reposa en una frágil encrucijada donde se encuentran la ciudad y sus pocos residentes con los millones de turistas que la visitan y, económicamente, la sostienen, y con las cuatro estaciones, las de Vivaldi y las otras, las que bañan, secan, refrescan, sofocan, cubren e inundan.
Canal y gondola

Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyNovember 27, 2008 9:55 am

 En Europa el tren deja de ser una simple metáfora, un mero cómplice poético, y regresa a ser un medio de transporte concreto e indispensable. Nuestra primera dósis de realidad la recibimos temprano en el viaje, literalmante. Tomar el tren desde el aeropuerto Malpensa hasta Milano costaba 11 € por persona y, en ese momento, apenas pasadas la ocho de la mañana, sólo estaban aceptando efectivo, “cambio exacto, signore”. La media hora que dura el viaje la pasé estudiando a los milaneses que viajaban a la ciudad. Iban impecablemente vestidos – los hombres de traje siempre oscuro y corbata, y las mujeres de pantalón o falda, botas, lentes de marca y chaqueta – , y, si no leían el periódico, sus conversaciones, fueran con otro pasajero o por celular, eran siempre sobre trabajo o dinero. Era fácil delatar a los otros turistas en el vagón, mirando sin parpadear los suburbios grafiteados de Milano, perdidos en mapas enormes con calles que aprendían a pronunciar, o enumerando en alemán, español o inglés el itinerario que tenían planeado. Ni hablar de las ropas, que, en realidad, era lo que primero nos diferenciaba de los milaneses. Al llegar, la estación de Milano Centrale, como tantas otras construcciones en Italia, estaba en remodelación. Se respiraba un polvillo de concreto que, mezclado con las nubes de humo de cigarro, conformaban el perfumen perfecto para una ciudad que no defraudaba a su fama de gris y acelerada. Fuera de la estación esperaban los africanos, que a esa hora no vendían carteras y bolsos de imitación sino “pulseras de la amistad” o de la “buena suerte”, y, un poco más allá, un grupo de cinco o seis muchachos que parecían de Bangladesh o de Sri Lanka vendían helicópteros con luces y robots de baterías. Afuera, Milano resultó ser muy interesante, una ciudad a ratos moderna pero sacrificada y a otros grandiosa, con Il Duomo y La Scala, aunque reconozco que no tan especial, visualmente, como otras ciudades del circuito turístico italiano. De regreso a la estación de Milano Centrale, compramos los billetes del próximo tren y recogimos las maletas del servicio de custodio de equipaje. La noción del tren como un espacio idealizado se iba desvaneciendo, dando paso a la vera vita italiana. Próxima estación: Venezia - Santa Lucía…

Siempre es hoyOctober 1, 2008 6:19 am

Arandanos

Arándano azul, arándano dulce, mora azul, o, simplemente, arándano… Al parecer no existe un consenso respecto al nombre de la baya que en inglés es conocida como blueberry. Algo similar sucede con el cranberry, el cual se puede encontrar en algunos mercados de Latinoamérica y Europa (Chile, Argentina, España…) con el nombre de arándano agrio, arándano rojo, o, de nuevo, simplemente, arándano. El caso del arándano azul, inclusive en inglés – blueberry -, en francés – bluetes – y en otros idiomas europeos, es más especial por ser causa de mayor confusión, ya que es común que se les de ese nombre, por razones de ignorancia o conveniencia, a otras especies de bayas en general menos conocidas o codiciadas – bilberry, huckleberry - que el arándano azul, que, aparte de todo, tiende más bien al color índigo y no al azul como tal.
El arándano azul es nativo de la costa este de América del Norte, de donde la planta, en sus variaciones un arbusto entre los 10 cm y los 4 m de alto, de hojas verdes que en muchas de las subespecies soportan con firmeza los embates del otoño y del invierno, fue poco a poco introducida a otras regiones de los Estados Unidos y Canadá. Así llegó al estado de Washington, donde hoy en día se cultiva modestamente en varias regiones del oeste del estado. Muchos de esos cultivos ofrecen la fruta directamente al consumidor por precios muy por debajo de los que se encuentran en los supermercados, con el añadido de la deliciosa experiencia que puede resultar pasarse un par de horas bajo el entrañable sol del noroeste comiendo y recogiendo arándanos azules. Además, la relativa facilidad con que se cosecha, al menos en comparación con otras bayas como la mora, con sus terribles espinas, hace del arándano azul un cultivo más agradable y relajante, al menos para quienes lo hacen como un pasatiempo de fin de semana.
La mayoría de las plantas de arándano azul que se encuentran en Washington son de la especie highbush o “arbusto alto”. Se reconocen, por supuesto, por la altura de la planta y por el tamaño de la fruta, que puede llegar a tener hasta 16 mm de diámetro. Probablemente este es el tipo de arándano azul que ya conoces, que has probado y visto en esas cajitas de plástico en el supermercado, y que son de un color oscuro más bien opaco. Esta es la especie de arándano azul que más se cultiva porque produce más fruta que la otra subespecie principal de arándano azul, la llamada wild lowbush o “salvaje de arbusto bajo”, también conocida, simplemente, como wild o “salvaje”. Esta subespecie de arándano azul puede llegar a tener apenas unos cuantos centímetros de altura y crece como una enredadera que va asfixiando planicies y colinas, convirtiéndolas, a veces, en inmensas praderas de arándanos salvajes. Su fruto es más pequeño que el de su primo, el arbusto alto, y de un color y un sabor mucho más intensos, podría decirse que concentrados. Estas plantas, además, son inmunes al fuego, lo que contribuye a que aumente aún más su dominio en lugares donde ha ocurrido algún incendio, natural o provocado. Los indígenas de la zona valoraron y aún valoran a esta planta por su propiedad de indestructible, por su inmunidad natural a muchas pestes agrícolas, por su color y sus usos más allá de la alimentación y la gastronomía, y, por supuesto, como medicina, por los numerosísimos beneficios que el arándano azul trae a quienes lo consumen. Beneficios que sólo hasta hace relativamente poco la ciencia ha podido confirmar…
Su altísimo contenido de antioxidantes y micronutrientes, por ejemplo, de los más altos en el reino vegetal, le otorga cualidades anticancerígenas y recomendables en la prevención y tratamiento de otras enfermedades del tipo cognitivas, como el Alzheimer. El arándano también ayuda a controlar los niveles de colesterol y de lípidos en la sangre, reduciendo el riesgo de enfermedades cardíacas y de la presión sanguínea.
El problema del arándano azul es sólo uno: en América del Norte su producción se limita a los meses comprendidos entre mayo y septiembre. Y aunque durante este tiempo se producen en la región miles de toneladas, la demanda por el arándano azul, intensificada por los recientes hallazgos científicos, ha creado una industria global, extendiendo su producción a países de Europa y del hemisferio sur como Nueva Zelanda, Australia, Chile y Argentina. De este modo, aunque a precios muchas veces exorbitantes, es posible conseguir durante prácticamente todo el año que muchos supermercados del mundo tengan en venta arándano azul.
Solo, como acompañante, o preparado en forma de postres, el arándano azul es una fruta que nunca empalaga o repugna… Algo que ya sabían los indígenas americanos desde hace mucho tiempo, cuando empezaron a secar y a ahumar los arándanos azules para consumirlos como pasas cuando llegaba el siempre duro invierno. Arándano azul, arándano dulce, mora azul, o, simplemente, arándano… ¿Qué más da? Mejor llamarle como lo que realmente es, la “súper fruta”.

 

Arandano

Mansas quimeras, Nostalgias y otros harakiris, Siempre es hoyJuly 2, 2008 5:01 pm

El señor X y yo nos saludamos siempre que nos cruzamos por un pasillo o coincidimos en la línea para llenar la taza de café. A veces, cuando no podemos evitarlo, las circunstancias nos obligan a extender la amabilidad del buenos-días con preguntas sobre cómo se pasó el fin de semana o si se había notado que afuera un sol inesperado lo calentaba todo, “y, a veces, hasta el volante del carro quema”. Pero no siempre fue así de cordial mi relación con el señor X. Aunque desde que empecé a trabajar aquí lo veo andar de un lado al otro del edificio, hace sólo un par de semanas que se rompió el hielo del saludo. Antes, por ejemplo, yo sólo le aguantaba la puerta y esperaba a que cruzara el umbral con su eterna tacita de café, mientras me lo agradecía con su acento sureño, “thank ya”. Y siempre, mientras se alejaba, yo no podía evitar especular la razón de su pierna coja… ¿Un accidente? ¿Una enfermedad? ¿Habría nacido así? Lo cierto es que al señor X nunca lo he visto sonreír pero tampoco he visto que alguna vez se le derrame ni una gota de café de su taza tambaleante. Una mañana, hace un par de semanas, le saludé con un “good morning” mientras le aguantaba la puerta. Él, que estaba sacando de su bolsillo el paquete de cigarrillos, me miró a la cara y me respondió, “good mornin’, young man”, y siguió caminando, lenta y torpemente. Desde ese momento siempre que nos encontramos nos saludamos, y cada día me parece estar más cerca de conocer el misterio de su pierna coja… ¿Habrá sido en alguna guerra? ¿Será que eso es lo que pasa cuando se toma tanto café y se fuman tantos cigarrillos? No, ni siquiera con buen humor se aplaca esta cruda curiosidad, una curiosidad que aumenta en los días en que el trabajo se torna aburrido y la imaginación, como los papagayos* en la película The Kite Runner, se alza en vuelo.

Papagayo

*Cometas, papalotes, etc. en “venezolano”.

Mansas quimeras, Siempre es hoyJune 21, 2008 4:50 pm

A pesar de haber sido yo quien ha abierto las cortinas, mis ojos no están aún preparados – suficientemente entornados, quizás – para el golpe de luz. Afuera, en frente y siete pisos más abajo, San Diego va cobrando forma a medida que mis pupilas se adaptan a la nueva luz; lomas de un verde pálido y seco – casi marrón, piel de cascabel -, calles emparchadas y autopistas complicadas y anchas, viento con rastros de salitre, y el graznido errático de una o dos gaviotas siempre hambrientas que revolotean por las alturas del hotel. El calor – me doy cuenta - va trepando por mi piel. Es un calor que confirman mis manos al apoyarse en la baranda metálica del balcón, mientras voy sopesando las opciones que me depara el día. Las posibilidades turísticas que ofrece San Diego están bien ilustradas en una guía que encuentro en la mesita de noche de la habitación. El Downtown parece un buen punto de encuentro entre buenos restaurantes y tiendas pero lo descarto porque no he venido a San Diego a comer o hacer compras. Al noroeste del centro, en una ciudad satélite llamada La Jolla, encuentro parte de la respuesta de por qué he venido a California. Desde las cornisas de esta ciudad me enfrento a un Océano Pacífico vasto, elegante de olas y surfistas, con sus leones marinos enfilándose sobre la arena…
Nada queda quieto en el recuerdo. San Diego, en el mío, sólo se ha sabido agrandar.

Siempre es hoyMay 13, 2008 5:12 pm

  Pude haberlo imaginado o soñado, qué importa, pero luego de nacer, hace, de hoy, veintiséis años exactos, estuve varios días sin nombre porque mi papá y mi mamá no se ponían de acuerdo en cómo nombrarme. Mientras tanto me llamaban, simplemente, “el niño”, como si hubiera sido yo un fenómeno de lluvias, mareas, temperaturas y vientos. Por fin, luego de consultar todos los libros de nombres en las librerías de Caracas, dieron con un calendario de santos católicos que decía que el 13 de mayo, aparte de ser el día de la Virgen de Fátima - aquella que se le apareció a tres pastorcitos portugueses y les reveló las tres profecías de Fátima - era también el día de San Roberto. Fue así que se decidió mi primer nombre, supongo que con la escondida esperanza de que, también yo, tuviera un poco de santo. Sin embargo, revolviendo un poco la Internet, no he encontrado ninguna página que diga que el 13 de mayo es el día de San Roberto. Este es un cruel descubrimiento, sin duda, porque me hace pensar que lo de mi santo fue sólo una artimaña de mis padres para que me portara bien durante mi infancia… "Para que seas como San Roberto", me invitaban. Tal vez es por eso que de ahora en adelante voy a enfocarme en el significado, de origen anglosajón, de mi nombre: “Robert: of wide fame, bright, shining”. Un poco como el mismo San Roberto di Bellarmino, un franciscano que llegó a ser Cardenal y que hasta el día de su muerte, a pesar de su amplia fama, nunca dejó de vestir harapos por honrar sus votos de pobreza. Yo, que pienso votar por Hillary, no sé cómo habré de vestirme…
 Mi segundo nombre, en cambio, estaba ya sellado por los vínculos de la sangre, ya que soy el cuarto o quinto de los Asprino en llevar el nombre Luís en alguna parte de su cédula. Mi abuelo Luís, a quien le decían “Bebeto”, fue, si no me equivoco, el primero, y de él nos hemos derivado un tío y dos primos con el mismo nombre, hasta el último conteo. El origen germano-francés del nombre significa “guerrero famoso”,
aunque cabe recordar que fue Louis XVI el rey francés atrapado, enjuiciado y guillotinado por la revolución francesa en 1793. Así que a nosotros los Luis no nos gustan muchos las revoluciones. Ninguna… Excepto la de The Beatles, al menos por mi parte.
 Así, mis nombres me han acompañado durantes estos veintiséis largos pero cortos años. Y con ellos la historia de ellos mismos, fuera de mi identidad. Cada Roberto un santo a su manera, y cada Luís con sus virtudes y su fertilidad. No hay manera de separarme de ellos. Un nombre deja de ser sólo un nombre cuando se asocia con un rostro, unos gustos, una historia, un cumpleaños…

Siempre es hoyMarch 20, 2008 9:34 pm

 Nos conocimos en su blog. Ella llevaba un post de verbos encendidos, ceñido a la altura del tercer párrafo y explayándose, a medida que iba cayendo, hasta abrirse por completo con unos irresistibles puntos suspensivos. Se protegía del frío con la fotografía surrealista de un sol que, en su ocaso, iba cayendo dentro de una boca de amplios labios rojos y dientes blancos. Demasiado blancos, recuerdo. Me quedé viendo su trasfondo celeste, ocupado con su Century Gothic de negritas subrayadas, itálicas perfectas y comillas traviesas que voloteaban entre sus tildes, aún jóvenes y puntiagudas. Sólo luego reparé, con cierto sonrojo, en el contador que había delatado mi presencia: número 2666.
 Llegué allí por casualidad; conducía el ratón con el descuido de un jueves por la tarde luego del trabajo. Me detenía con desgano en la intersección de cada hyperlink y, con unos pocos golpes de dedos, cambiaba de rumbo para visitar esos lugares comunes donde de vez en cuando me siento a conversar con los amigos. Llovía y no tenía que dejarme alcanzar por las gotas que golpeaban suavemente el vidrio para saber que era una lluvia desmenuzada y fría. Me cansé de andar. Pero justo cuando aceleraba el cursor y giraba hacia home, vi, en el fondo de un párrafo poco transitado, un nombre que brillaba como un local de azul neón en lo negro de la noche. Era la Embajada de un País Desconocido; entré sin tocar antes la puerta.
 Le hablé. Le dije, superando cualquier asomo de vergüenza, que me gustaba y que quería que nos viéramos de nuevo. “Eres mi favorita”, le aseguré. Ella permaneció en silencio, pero yo presentía que había alguien más en la Embajada, ese amplio aposento de historias y habitaciones, muy distintas una de la otra y decoradas por alguien sin escrúpulo. La noche se fue llenado de más noche y en cierto momento me dije basta, es hora de regresar. Escogí una pared limpia y alta de lo que parecía la sala principal para dejarle un mensaje citándola con mi dirección. En el camino a home decidí detenerme en el Miami para ver qué se hablaba de la vida. Confirmé que la vida seguía siendo la misma, urgente y desolada, y regresé a lo mío, con el corazón ardiendo, esperando que ella viniera pronto a encontrarme con sus palabras. Sigo aquí, desde entonces, en la esquina de siempre, Entre el Lenguaje y La Anécdota, mientras se acumulan la intriga y los voquibles, el combustible de esta inmensa esperanza.

Mouse

Siempre es hoyFebruary 26, 2008 6:50 pm

Rutina

 Por encima, todo parece en orden en la ciudad. La gente que la habita, exceptuando al puñado de desajustados que protagonizan las noticias, da la impresión de llevar una vida estructurada, de rangos predecibles. En las ciudades más grandes las personas terminan por resignarse a la idea de que el tiempo nunca alcanza, que las distancias son demasiado largas, y que, probablemente, hay algo - un evento, una experiencia, algún lugar - en alguna otra parte del ámbito urbano de lo que se están perdiendo. Quienes no se resignan terminan por padecer de esas patologías urbanas que tanto aquejan al citadino moderno: el estrés, la depresión, la ansiedad… La ciudad, lo que tendría que verse como un gran hogar compartido, se termina percibiendo como el inevitable escenario de la rutina, la gran enemiga. A ella se le atribuyen matrimonios rotos, familias separadas, problemas laborales, adicciones y perversiones, pensamientos indebidos… Quien habita en la ciudad sabe lo implacable que puede llegar a ser esa rutina, y en muchos casos está dispuesto a arriesgar la comodidad de la vida predecible sólo por romperla, sea por varios días o por unos pocos minutos. Así se acumulan muchas deudas, por ejemplo, cuando se recurre desesperadamente a la ayuda de tarjetas de crédito para escapar y tomarse unas vacaciones fuera. En Lynnwood, al norte de Seattle, mientras se hacían perforaciones en un terreno donde se planea construir un complejo residencial, se descubrió un manantial subterráneo que ahora fluye hacia la superficie y mana hasta llegar al borde de la autopista, donde se ha ido acumulando hasta formar un pequeño pozo de agua helada. Allí se detienen ahora los carros y la gente se baja con sus contenedores vacíos para llenarlos con esta agua natural, “orgánica”, si se quisiera comercializar. Pero no es que el agua en un supermercado, al dólar por galón, sea imposible de costear, es que vivir en la ciudad ha roto cualquier comunicación con el mundo salvaje y restaurarla es otra manera más de romper la rutina. Buscar agua de este manantial se ha convertido en una especie de peregrinación*. Pero basta que llegue a la ciudad una tormenta y falle el suministro eléctrico, que el automóvil se descomponga en medio de una autopista, que se desborde un río por las lluvias, o que te cortes la yema del índice con la hoja de algún documento y fluya la sangre y te acuerdes que todos llevamos la muerte por dentro… Entonces sí que añorarías la rutina. Porque, por encima, todo parece en orden en la ciudad, y en el fondo todos queremos que así sea.

* Recuerdo que en Caracas, en la Cotamil, los carros también se detenían y la gente llenaba sus botellones con los riachuelos que bajaban de las quebradas del Ávila, pero creo que esa gente no lo hacía sólo por romper la rutina sino más bien por necesidad.

Circo negro, Siempre es hoy, The Robert ReportFebruary 7, 2008 12:23 am

 Si la película Ratatouille, de Disney, hubiera sido ambientada en algún suburbio de Vietnam y no en París la suerte de Remy, la simpática e inspirada rata-chef que cocina escondida en el sombrero de Linguini, hubiera sido, probablemente, muy diferente. En ambos países se le hubiera perseguido de igual manera pero por razones radicalmente distintas: en Francia querían liquidar a Remy por cuestiones de higiene y sacarla en una bolsa negra del restaurante, mientras que en Vietnam la hubieran matado, pero para meterla, justamente, en la cocina del restaurante – o de la casa, cafetería, etc. -, y esta vez no como chef sino como otro ingrediente más, uno que el Vietnam actual ha adoptado como uno de los principales a la hora de la creación culinaria.
 (Superado el antiperistaltismo, conocido comúnmente como “reflejo del vómito”, proseguir la lectura…)
 El éxito mundial de la ratica de Disney y, hace unos años ya, del libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, en el que se exaltaba la habilidad de la rata de seguir buscando comida mecánicamente mientras se despreciaba descaradamente la capacidad pensante del ser humano, hicieron de excelente prólogo a lo que comienza mañana, 7 de febrero, según el Calendario Chino: el año de la rata. Pero en Vietnam, que como la gran mayoría en Asia sigue el calendario gregoriano para su día a día y el calendario chino sólo para las fiestas tradicionales, el tiempo de la rata lleva mucho más de un año. Aunque hay recetas vietnamitas con carne de rata que datan desde hace más de 150 años, el auge que hoy en día tiene la rata en sus menús tiene, tristemente, menos de tradicionalista y mucho más de circunstancial. Basta con hacer una búsqueda en algún motor de cualquier periódico internacional para recordar los malos ratos que pasó Vietnam en el 2004, cuando la fiebre aviar (SARS*) cobró en ese país suficientes vidas como para que la gente desterrara casi por completo de sus dietas la carne avícola; sólo el pollo importado, mucho más caro que el nacional, se consumía, si acaso. Y como no sólo de arroz vive el hombre, ni siquiera los asiáticos, la gente comenzó a aumentar su consumo de serpiente y gato, este último llamado en los menús como “pequeño tigre”. Pero pronto las autoridades vietnamitas y la realidad capitalista – oferta y demanda – hicieron que los precios de estos “alimentos” subieran rápidamente; la carne de serpiente, considerada en China como una exquisitez, comenzó a exportarse a gran escala, cortando el suministro local, y la carne de gato comenzó a moverse mayormente en el mercado negro porque desde 1998 existe una ley que prohíbe su comercialización.
 En el zodíaco chino uno de los grandes atributos que se da a la rata es su facilidad para la reproducción, su fertilidad, y su habilidad para encontrar alimento en los lugares más insospechados. Son, principalmente, un sinónimo de abundancia. Y fiel a su fama, estos roedores no hicieron sino multiplicarse exponencialmente cuando el número de sus dos grandes depredadores, la serpiente y el gato, fue disminuyendo a medida que los vietnamitas los utilizaban como reemplazo de las aves que ya no se atrevían a comer por temor a la fiebre aviaria. La rata comenzó a aumentar de población rápidamente, lo cual también ha ayudado a que su precio siga siendo más barato que el de cerdo, por ejemplo. Así, estos roedores han ido invadiendo cultivos y ciudades, hasta que el hambre y la creatividad humana – esa espeluznante capacidad de adaptación que nos caracteriza -, comenzó a ocupar el puesto de los depredadores naturales de las ratas, y las ratas, a su vez, dejaron de ser parte de recetas antiguas y rurales y comenzaron a ser parte de la dieta convencional del vietnamita del campo y el citadino.
 Para el conocedor, o si algún día te encuentras en un mercado vietnamita sin saber qué rata llevar, las ratas más “apetitosas son las más gorditas, con una fina capa de grasa” que le da “más sabor” a la carne a la hora de cocinarla, sea en cuadritos y frita o en trozos más grandes como parte de un asopado, “perfecto para los fríos días de invierno”, como asegura la señora Thanh, la cocinera de un respetado restaurante de Ho Chi Minh, otrora Saigón. Con la misma naturalidad con que una abuela italiana diera la receta para una lasagna, la señora Thanh comienza citando los ingredientes:

- Dos ratas silvestres grandes, limpias y destripadas, cortadas en cuatro.
- Dos dientes de ajo machucados.
- Media taza de lemongrass.
- Media taza de semillas de pimiento rojo picante.
- Cuatro tazas de caldo de pescado.
- Sal al gusto.

 “El truco está en machacar muy bien las semillas de pimiento, agregándoles un poco de caldo de pescado para hacer una pasta que se va agregar al caldo junto con las hojas de limón cuando el caldo haya hervido. Ah, bueno, ponga primero a hervir el caldo, por supuesto, con el ajo y un poco de sal. Luego le pone el picante y las hojas de limón y las ratas. Tápelo y deje cocinar por media hora. A partir de ahí es cuestión de ir probando y ajustar la sazón. A mí me gusta con mucho picante y poca sal pero hay que tener consideración con los turistas que vienen al restaurante, ya una vez mandé a uno al hospital porque la comida estaba muy picante”, se ríe. “Por eso, aunque es rico comer la rata en un restaurante, no hay nada más sabroso que cocinar la rata en casa y comerla en la familia. Sobre todo ahora que comienza el año de la rata.” Entonces yo le pregunto, “¿cuándo es el año del perro?”, pero ella no parece entender el chiste.

Rata china 

 * Severe acute respiratory síndrome.

 

Siempre es hoy, Politik, The Robert ReportNovember 7, 2007 9:25 pm

 Hay un capítulo* de Los Simpsons en el que el Señor Burns – para quienes vemos el programa en inglés, “Mr.” – hace unas malas inversiones y termina en la bancarrota, perdiendo la planta nuclear. La trama hace que Lisa y Mr. Burns – fijándose éste en el entusiasmo, inteligencia y potencial de la niña, y ella confiando en la promesa del viejo de que se ha vuelto un hombre de bien - se asocien en un proyecto de reciclaje. Les va muy bien; Lisa convence al pueblo de Springfield de los beneficios para el medio ambiente que trae consigo el reciclar y Mr. Burns no para de recoger latas al irse dando cuenta de que la empresa comercial es, sobre todo, muy lucrativa. Mr. Burns, así, recupera su fortuna y abre su propia planta de reciclaje. Invita a Lisa y le da un tour del lugar para que ella vea que cumple con todos los requisitos para ser una planta amable con el medio ambiente. Lisa se impresiona y confía en que Mr. Burns se ha rehabilitado, hasta que éste decide enseñarle “la mejor parte” de la fábrica. Se trata de una especie de red modificada con contenedores de aluminio para atrapar todo tipo de vida marina, con la cual el maléfico empresario piensa hacer toneladas de “Lil’ Lisa Slurry”, un químico industrial que planea poner en venta y ganar millones de dólares. Lisa, horrorizada, se da cuenta de que Mr. Burns sigue siendo el mismo empresario malvado, insensible y egoísta de siempre, y que la usó a ella y al ideal del reciclaje para acumular su nueva fortuna. La niña, oprimida por el peso de conciencia, decide salir corriendo por las calles de Springfield rogándole a la gente que ya no recicle, que reciclar ahora es algo malo…
 Aunque se trata de un capítulo que salió al aire hace más de diez años, su vigencia podría ser importada al escenario mundial que hoy en día se radicaliza en cuanto al calientamiento global. Por supuesto, hay muchos más puntos de contraste que de comparación entre Mr. Burns y Al Gore, pero esos puntos donde sí son comparables no dejan de dar qué pensar. Conozco a varias personas que, por ejemplo, atacan el perfil contra el caliento global por ser Gore su - ni siquiera digamos líder – vocero, valiéndose de esta imagen de político sensibilizado con la causa de una naturaleza convaleciente para restaurar un desprestigio que sólo se había acentuado desde que perdió las elecciones presidenciales en el año 2000 de manera escandalosa. Y la verdad es que ver el galardonado documental ‘An inconvenient truth’ le deja al espectador ese sabor nostálgico de un Gore que nunca podrá superar del todo el haber estado tan cerca de la Oficiana Ovalada en la Casa Blanca. Pero regresando al episodio de Los Simpsons y viendo la reacción de Lisa al descubrir cómo Mr. Burns usaba el dinero ganado mediante una empresa tan noble como el reciclaje, uno no deja de pensar que también ella está equivocada al renegarlo. El reciclaje, igual que ahora lo es el combatir la catástrofe del calentamiento global, es un ejercicio cívico que trasciende, que va más allá del egoísmo y el orgullo de ciertos individuos. Desconozco si Al Gore crea con sinceridad en la causa a la que tanto tiempo y esfuerzo ha dedicado, o si en un futuro utilizará esta fama renovada para lanzarse de nuevo en pos de la presidencia de los Estados Unidos. Lo que es innegable es que con su documental y con sus viajes predicando alrededor del mundo ha creado una moda, un despertar que ha puesto en la boca de todos el triste futuro que le espera a nuestro planeta si no actuamos pronto y con decisión contra el calentamiento global. Aplaudo la concesión del Premio Nóbel a Gore y su equipo de las Naciones Unidas. La supervivencia de la Tierra nunca ha sido una cuestión de derechas o de izquierdas, sino de ponerse de acuerdo entre lo que vale la pena salvar hoy para garantizarle a la vida un mañana sostenible y, por qué no, hermoso.
 Por cierto, el capítulo de Los Simpsons termina con Homero en el hospital, luego de sufrir múltiples ataques cardíacos al enterarse de que Mr. Burns, después de haber vendido la planta de reciclaje, le ofreció a Lisa, por haber sido su consejera, un 10% de sus ganancias de $120 millones. Ya en la cama del hospital un Homero fuera de peligro le dice a Lisa, luego de haberla perdonado, que seguramente Mr. Burns habrá gastado “esos $12 mil” que le había ofrecido. Era de esperarse que cuando Lisa le terminó de explicar a su padre cuánto es el 10% de $120 millones Homero sufrió un código azul…
 

* The Old Man and the Lisa (20/04/1997)

Mr. Burns and Lisa

Siempre es hoy, The Robert ReportOctober 22, 2007 5:43 am

 Aunque no soy abogado ni he jamás cursado clase alguna en el ámbito del derecho o de las leyes, considero que la justicia – con su maquinaria y todos sus precedentes -, tantas veces ridícula, tarada y hasta abusiva, debería ser en gran medida reformada. Habría que empezar por sus legisladores, personas que, como en las películas, es de suponer que alguna vez tuvieron sueños de limpios ideales - ¿qué puede ser más noble que trabajar, en democracia, al servicio de la gente? -, pero que fueron rotos por los altibajos de la vida. Hoy en día es algo normal enterarse que aquel o esta senadora aceptaron importantes sumas de dinero para aprobar una nueva ley que beneficie a tal empresa o negocio. Estos legisladores también tienen la potestad de cambiar o abolir las leyes inútiles o desconsideradas que existen, para así evitar que venga un juez a interpretarlas como mejor o peor pueda. Es en esta estapa, la de la interpretación, en la cual se incurre en las mayores atrocidades. Ejemplos de jueces que admiten demandas absurdas se encuentran todos los días en los periódicos, como el caso de un estudiante de la University of Massachussetts en Amherst que demandó a la institución porque un profesor le calificó con una C en un examen de filosofía política, causándole “daños y traumas pscicológicos, y pérdida del auto estima”. Otro caso reciente es el del senador de Nebraska, Ernie Chambers, quien demandó nada más y nada menos que a Dios por ser el causante de “terror” y de la “muerte y detrucción de millones de millones de habitantes de la tierra”.  A este tipo de demandas estúpidas – que aparte de lo infundadas se comen un vergonzoso porcentaje del dinero del fisco – se les suma las resoluciones extravagantes a divorcios, no sólo los de alto perfil sino muchos otros, en los cuales se le obliga al cónyugue mejor dotado a pagar enormes cantidades de dinero proporciales al tiempo que ha durado el matrimonio. Mi encono al respecto es por el hecho de que exista alguien que, usando una calculadora, sea capaz de cuantificar y cifrar el tiempo que dos personas compartieron, supuestamente partiendo de una voluntad común de apoyo mútuo, respeto, fidelidad, sexo y hasta amor en el mejor de los casos. Entiendo que existan responsabilidades de padre o de madre, pero partiendo de que ambos cónyugues consintieron a dejar atrás una vida de más amplias libertades personales para unirse en matrimonio a otra persona es injusto decir que una de las partes, a la hora de un divorcio, ha salido en desventaja.

 Si bien es comprensible que muchas de las demandas que año tras año llenan las cortes no sólo de los Estados Unidos sino del mundo entero son necesarias, opino que el ponerle un precio a la vida o al sufrimiento humano es una falta de respeto a la vida misma y a su calidad de irrepetible. Los ejemplos de juicios y demandas insensatas es larga y patética. Lo mismo la lista de leyes absurdas y necias. Tanta ineptitud merece que la justicia y sus protagonistas sean demandados, pero no seré yo quien lo haga. Supongo que ya alguien lo habrá hecho.

Visiten www.dumblaws.com y www.dumb-lawsuits.com para más - tristes - ejemplos.