“Verde que te quiero verde”. Verde mundo. Carro verde.
Daddy Yankee casi acierta cuando hace un tiempo aseguró que “a ella le gusta la gasolina”, pero el puertorriqueño se quedó corto porque lo cierto es que la gasolina nos gusta a todos. Y mucho. Tuvo que ser el periodista argentino Andrés Oppenheimer quien, también varios años atrás, en la columna que publica semanalmente en El Nuevo Herald de Miami, lo dijera con mayor juicio, aunque – hay que sincerarse - con menos ritmo. No recuerdo sus palabras exactas pero sí su tono fatalista y deseoso vaticinando la pronta subida del precio de la gasolina hasta sobrepasar los $4 por galón, alegando que esta marca sería el punto de reacción para que nosotros, los que vivimos en los Estados Unidos, comenzáramos a cambiar esa mentalidad derrochadora de comprar enormes e ineficientes Hummers, por ejemplo, y de malgastar recursos y energía. Años después, en este 2008 que del que ya hemos vivido casi la mitad, se ha roto la marca de los $4, y las acertadas predicciones de Oppenheimer comienzan a cobrar poco a poco una mayor visibilidad, aunque aún sea en casos aislados o, muchas veces, meramente experimentales.
El mayor cambio se presiente en la industria del automóvil. Gigantes como Ford y General Motors, por ejemplo, se han visto duramente afectados por la caída en la demanda de vehículos grandes como los camiones pick-up, símbolo de estos fabricantes norteamericanos, que, aunque son autos potentes, consumen demasiada gasolina, una característica a evadir por el actual comprador. Pero mientras Ford y General Motors despiden a miles de empleados y se dedican a recalcular sus inversiones, estos últimos doce meses han visto un auge en la aparición de fabricantes de carros eléctricos e híbridos. En varios casos con equipos liderados por ingenieros conversos de empresas como la alemana Volkswagen o la inglesa McLaren, estas nuevas compañías que durante este último año han abierto sus puertas en los Estados Unidos y en Europa fabrican exclusivamente lo que en inglés se ha llegado a conocer como green cars, vehículos de poco consumo de combustible y considerablemente menos contaminantes que los automóviles convencionales. Llenas de optimismo y entusiasmo, compañías como Mindset, Gordon Murray Design, y Fisker Automotive esperan poder aprovechar esa ola de rechazo hacia el carro de alto consumo de gasolina, y pelear así una porción del dificilísimo mercado del automóvil, en el que nombres como Toyota, Lexus, y Honda, entre otros, también han apostado con sus propias versiones de autos híbridos.
La diferencia entre Toyota y Honda, por ejemplo, y las nuevas compañías que se han formado durante este último año, es que estas compañías jóvenes han aprendido de los errores y aciertos del pasado sin las pérdidas económicas sufrió la Honda con su modelo Insight o la Volkswagen con su Golf Ecomatic, modelos que fueron costosísimo de diseñar y producir y que, una vez en el mercado, no supieron despertar suficiente interés en el consumidor. Pero, por supuesto, en esos días no estaba la gasolina a $4.29, como lo está hoy, ni tampoco se había premiado con un Oscar el documental An inconvenint truth, de Al Gore, que ayudó a que se difundiera la discusión de la contaminación y las terribles consecuencias del calentamiento global. Para Mindset, Gordon Murray Design, y Fisker Automotive, este parece ser un momento oportuno para ingresar al mercado con sus nuevos e innovadores, y a veces lujosos, veloces, y costosísimos, modelos de green cars, pero aún es demasiado temprano para mayores conclusiones. Por ahora, sigue subiendo el precio de la gasolina, pero para muchos de nosotros la inversión para adquirir un automóvil green sigue siendo demasiado costosa. La pregunta es, ¿qué nos saldrá más caro a la larga, el costo a nuestro bolsillo o el costo a nuestro abatido planeta? Tuve la oportunidad de preguntárselo a Daddy Yankee y su respuesta, que me pareció bastante sensata, fue “un millón de copias obliga’o, oh-ah…”
Y como está de moda lo green, ¿qué más verde que el Romance sonámbulo de García Lorca? Aquí se los dejo.
Romance sonámbulo
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?
Ella sigue en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
–Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
–Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
–Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre resuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
–Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas;
¡dejadme subir!, dejadme,
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Donde está, dime?
¿Donde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
Federico García Lorca

Sucedió el viernes pasado, durante una de las funciones en las que estrenaban la tercera y, por ahora, útima entrega de la saga Pirates of the Caribbean. (Sobre la película prefiero no opinar en este momento). Ya habían apagado las luces, aunque no todas, y se escuchaba el rumor indefinible de la expectativa. Ajustando las metáforas, bien se podría decir que en aquel mar de sillas cómodas y replegables la audiencia estaba repartida en pequeños grupos harto conocidos: la familia, los amigos, la pareja, el solitario, la cita a ciegas, los coleados, y… los piratas. Estos últimos, vestidos de la misma forma que lo haríamos tú o yo, se habían sentado justo en la fila detrás de la mía, en la que me acompañaban unas amistades. El azar o una broma de mal gusto, de esas que destacan los peores rasgos de un estereotipo, quiso que los piratas que nos acompañaban esa noche, perfectamente camuflageados, fueran mexicanos. En fin, “latinos”. Sus palabras, lo único entendible proveniente del ámbito de la sala, se escuchaban entre el crujir de cotufas* y los sorbidos de algunos labios cerrados sobre pitillos queriendo beber hasta la última gota. Sin embargo nada de lo que dijeron les delataba como piratas. Hablaban más bien de música, me pareció, y de una muchacha llamada Jimena o Ximena que había sido “muy mala con Fernando”. Por supuesto, instantáneamente también me pusé del lado de Fernando, a quien me imaginé flaco y alto, llevándole desgarradas serenatas a una mujer de mirada fuerte y que sonreía sólo cuando una cortina naranja le tapaba esa boca de labios marcados. Se trataba, pues, de piratas que conocían de las batallas del amor, por lo que en algún momento pensé que hubiéramos podido haber sido amigos, como narrara alguna canción de Vicente Fernández. La película empezó a tiempo y pronto me dejé llevar por la trama fantasiosa: una extraña hermandad de piratas se reunía en el Mar Caribe para derrotar a la armada inglesa, entre otras cosas sobrenaturales. O sea, el crímen, al menos esta vez, pagaba. Pero no para todos, me temo, porque de repente irrumpieron en la sala seis policías completamente armados y subieron a trote por las escalerillas iluminadas. Se detuvieron justo al lado de nosotros y alumbraron con insistencia la fila de arriba, buscando a los buenos amigos de Fernando. Hubo un forcejeo de palabras hasta que uno de los mexicanos se levantó y caminó, lento y con las manos arriba, hasta los policías, quienes le arrestaron al instante. Antes de comenzar el descenso hacia la salida de la sala, el muchacho, de cara morena y ovalada, se volteó y le pidió en castellano a sus compañeros piratas que le avisaran “a Nick” para que lo sacara. En su voz no había miedo ni arrepentimiento. Yo pensé que iba a tropezarse, pero lo vi salir esposado de la sala sin haber pisado la maraña de cables que colgaban de su suéter y con los que, momentos antes, había estado filmando ilegalmente la película ‘Piratas del Caribe 3’. Sólo entonces entendí al capitán Jack Sparrow (personificado por Depp) y vi claramente esa línea que enlaza los días de los piratas asaltando Cartagena o Curazao con la piratería contemporána, como la gestada en las salas de cine de Seattle (Bellevue). Todos, alguna vez, con razón o sin ella, y por el argumento que fuera, le hemos querido ganar a la armada inglesa… Sólo espero que Fernando se olvide pronto de Jimena o Ximena, porque algo me dice que ella guarda su corazón en la oscuridad inalcanzable de un cofre sin llave. Y allí, amigos, no hay pirata que entre.


Probablemente nunca habías escuchado o leído su nombre hasta el pasado mes de octubre, si acaso. Sin embargo, el nombre de este prestigioso y recién galardonado escritor, Orhan Pamuk (Estambul, 1952), autor de Nieve y La maleta de mi padre, entre otros, llegó a los periódicos mucho antes, hace más de un año, cuando unas declaraciones suyas sobre el genocidio armenio y la matanza de otros miles de kurdos fueron publicadas en un medio suizo, en 2004. Meses luego fue detenido y enjuiciado en su natal Turquía por disidente, por haber denunciado a voz suelta un tema que él acusa de “tabú”, de sesgado. Los cargos: traición y “denigrar públicamente la condición turca”, en palabras del fiscal del distrito de Sisli, en Estambul. Fue absuelto, pero su absolución fue motivada por una fuerte presión por parte de una élite cultural mundial y por parte de la Unión Europea, que por entonces – y aún ahora – se encontraba en pleno debate sobre si aceptar o no a Turquía dentro de la Unión. Recuerdo haber leído una carta escrita por Mario Vargas Llosa para la ocasión, que hablaba de la libertad y de los derechos humanos, y que contó con el apoyo de otros escritores de gran influencia, como Carlos Fuentes, José Saramago, Günter Grass, García Márquez, Juan Goytisolo, Humberto Eco, y John Updike.